Emma Cohen: Asuntos interiores

 

 

Emma Cohen en sus últimos tiempos se había retirado del mundanal “ruido de sables” de la cultura española. Se fue a la Luna, un chalet que era un estudio gigante. Ahora Helena que es por quien sé lo que os cuento, vive allí. A Emma no la conocí, cuando Helena hizo Negrablanca, que a mí me pareció una proeza, Emma, que ahí supe que era su abuela postiza, le aconsejó que hiciera cine “de verdad” y se dejara de perder el tiempo con Cine sin Autor. Concluí rápido: otra más que renuncia a hacer desde la cultura algo más que quejarse y cobrar. Luego llegó la noticia de su enfermedad y su muerte y se me hizo tarde. A ratos, me arrepiento porque Emma supo hacer lo que para mí es más importante. Supo morirse. Escogió cómo y así lo hizo: murió sola, “soñando que volaba”.

Que estaba escribiendo una novela, Helena lo sabía, porque le iba contando Emma cuando pasaban días juntas en esa casa, de la que Emma no se movía, y en la que ahora Helena se ha quedado entre otras cosas archivando la obra constante, producida por Emma y su pareja de hogar, Fernando Fernán Gómez. En su ordenador Helena encuentra una novela, llamada Asuntos interiores y terminada en un guión de diálogo,  esperando a ser publicada. Emma había pensado en algunas editoriales, no en esta, para la que yo edito. Ninguna, sin embargo, quiso publicarla.

Entre tanto Helena, animada por mi interés renovado hacia Emma, me pasó otra novela. Justo la primera Toda la casa era una ventana. Lo cierto es que me desagradó. Estaba bien escrita pero el asunto de la belleza, de cómo hacían uso de esa belleza sus protagonistas me repelía. Problemático para mí ser mujer y poder ejercer la belleza. Ser preciosa sin ser objeto de deseo. No imaginaba otra posibilidad que la de despertar codicia y haber de responder con pasividad. ¿Cómo lograr ser generosamente preciosa? ¿Cómo producir belleza activa? A eso responde Emma Cohen en sus Asuntos interiores que, finalmente, editamos en la “Oveja Roja”. Vital, desafiante, impúdica -como esa Emma de las fotos- su protagonista Carmela Kilcoyne, es una mujer bellísima, entregada con todo su valor, a poner en juego toda cosa, por perturbadoramente bella que fuera.

asuntosinteriores.jpg

Quizá Emma no funcionó como narradora porque como respondió en una entrevista  “los mitos eróticos no escriben novelas”. En esa Españota suya, efectivamente así fue. No la leyeron apenas. Emma pudo hacerse Gallina Caponata además de musa del underground. Y “res més”, que diría en su catalán natal, Emmanuela.

Pienso ahora, que lo bueno de morirse y dejar obra escrita es que si esa Españota da para más, cabrá averiguarlo. Recién editados esos Asuntos Interiores, justo dos instancias de mujeres preciosas, la Tetera y la Unifeminista, han escogido leer juntas, “Asuntos interiores”. La novela que Emma dejó de escribir, al tiempo que dejó este mundo, con un guión de diálogo. Claramente, el final nos invita a seguir escribiendo. Yo, por ahora lo dejo. Esperaré a estas lecturas para decir más. Como el caracol “Misterio Republicano”, protagonista final de Asuntos Interiores, mi cultura española va lenta, pero brillará con un fulgor inaudito.

 

Anuncios

No estamos mal

A veces mi vida me emociona. Me llena de lágrimas, me pone a llorar, me desconcierta. Mi corazón late, me recuerda que existo. Me sucede que ahí me asusto, como anoche, porque llorar, si no estás viendo una película, parece indicar que tienes un problema. Lo normal no es que tu vida haga latir tu corazón, si no que lata sin que tu vida se entere. Lo normal no es llorar, ni sentirte de los pies a las orejas con la tapa del cerebro a punto de levantarse.

Querer esa experiencia extraordinaria, me cuesta hasta a mí. Y eso que llevo años empeñada en hacer de mi especificidad un centro, por si sirvo para algo. De niña, estos días, hubiera querido ser la buza que salva a esos niños tailandeses encerrados en una cueva. Hoy por hoy acepta que esa cueva, esos niños que me miran desde la tele de mis padres, constituyen mi corazón. Un corazón que no se supone infalible para poder seguir viviendo. Por eso cuanto vivo, lo celebro.

Esta “forma de vida” mía es rara. Hasta yo, me extraño de ese “a flor de piel”, de esta manera tan intensa en sentimiento suscitado desde lo más anodino. A veces me cuesta querer cuidar eso que más soy. Cuidar esa forma mía, que a veces aprecio como un don que tengo y a veces como una disfuncionalidad.

No por capricho, hace ya años me bajé de los telediarios –solo los veo cuando estoy con mis padres-, y también, me bajé de toda meritocracia. Cada día lo vivo como si ordenar las bragas de mi madre, escuchar atentamente a mi hija, o darme un oficio mereciera tener, exactamente, la misma importancia conmovedora.

Por eso cuando llegué esta semana a estar con mis padres, y mi madre, nada más llegar, me lleva corriendo a la ventana y me cuenta que una joven de trece años se tiró de un piso alto del edificio de enfrente a la derecha, he tardado días en encajarlo. Miro una y otra vez ese, también, anodino edificio, esa ropa colgada que no cambia, y busco la noticia en google y no la encuentro.

IMG_8166

Esa muerte no ha sido noticia. Pregunto a mi vecindario y me dicen que es una plaga, incluso ironizan con esa finca y el peligro de que te caiga un suicida encima si pasas por debajo. Reírse es necesario. También llorar el silencio de después. Y escucharlo, oír ese silencio tan atentamente que acabe resonándote el tórax, en lo que podría llamarse ataque de ansiedad.

En pleno llanto, anoche, sin embargo, me calmó recordar a mi madre, que últimamente, mete a todos sus muertos en la cama. Mi abuela Carmina, mi abuelo José ocupan ese lecho, son invitados a entrar con la misma cariñosa ternura que nos mete a Laia y a mí misma. Opto por no nombrarla demente, o enferma de alzhéimer. Me resulta más bien pura sabiduría de quien ya está más allá que aquí. Me calma el llanto, finalmente, y escribir este texto que me sirve para imaginar a mi madre invitando en unas noches a esa adolescente, que ya no vive en el barrio, a su cama. Para ella, todos mis respetos y el amor de mi madre. Muchas personas atesoramos suicidas cercanos. Quiero creer que no tener miedo por inútiles, fracasadas y anodinas que se presenten nuestras vidas, pueda servirnos, en este aquí, que, a menudo, es tan bonito poder vivir.

¿Libro político o idiota?

 

Con Alfonso Serrano sostengo una librería en Madrid que se llama Contrabandos y que anunciamos defiende la edición “política” y una cultura “materialista”. En este texto, escrito hace tiempo, aún manejaba la idea de que lo contrario a la política era el mercado. Ya no. Alfonso, a raíz de la celebración de la Feria del Libro Político de Madrid, me recordó que en Grecia quien no se preocupaba de la política era un idiota. La etimología resguarda el saber de los pueblos a lo largo de la historia. Es maravillosa. Y sí, no me cabe duda, es una idiotez no producir, conscientemente, nuestros bienes culturales. Publico pues este texto para pasar a otros.

 

flpm_cartel_v2-724x1024.gif

Relacionamos cultura[1] con compromiso y desde la producción de libros, nos ponemos en el horizonte la palabra «bibliodiversidad». Me pregunto: ¿cuál sería la contracara? Respondo «la bibliomonoforma». Me inspira ese concepto la «monoforma»[2] acuñada por Peter Watkins, director de La comuna, una película a la que recurriré al final de esta charla-texto para impugnar con imágenes un universo de sentido.

¿Qué libro sería monoforme? Contesto: uno con finalidad mercantil, masivo, perpetrado para un público al que hay que «enganchar» con libros pues seductores, persuasivos, narcotizantes. Libros clónicos y perfectamente funcionales a ese pacto incuestionado de ensalzar la lectura. Un modo de la lectura, inaugurado en la modernidad, individualizante, que otorga al que lee categoría superior, que señala que leer es leer y que un libro es bueno.

Ese pacto, «contrato cultural», que deviene mercantil y que pingües beneficios a minorías por el consumo masivo de «sus» productos. Un pacto favorecido también por regímenes de poder que son/y necesitan ser regímenes de sentido. Ejemplo: el Grupo Prisa vendiéndonos un modelo de transición democrática, mientras con una Santillana auspiciada en el final del franquismo, conquista en América Latina desde las escuelas a los medios de comunicación de masas.

Me interesa sin embargo averiguar las posibilidades de reversión. Y para eso voy a reivindicarme como una materialista extrema. ¿Qué significa esto? Que me voy a prohibir ampararme ni en el comunismo, ni en el capitalismo como paradigmas. Agradezco las formulaciones que como la de David Becerra[3], evidencian cómo la literatura española tras la dictadura naturaliza formas de vida «capitalistas» como únicas posibles. Ahora bien insisto, cómo rompemos con esa realidad «obvia».

¿Y si no aceptáramos la propiedad y uso y disfrute de los medios de producción de la cultura por un grupo muy reducido de personas? ¿Podríamos tomar por parte del pueblo (sirva la gente, las cualquieras, agentes excluidos) los medios de producción de la cultura, en este caso de los libros y por tanto de la palabra, el discurso y la edición? Esa es la pregunta sobre la que me he montado –con algunas personas– los últimos diez años.

Podemos una y otra vez hacer el ejercicio descriptivo de la «patología»: que si la posmodernidad y su sofisticación, que si los nichos de mercado, que si el lector adicto a una cadena de productos, que si el autor que puede profesionalizarse y su condena a producir ciertas obra por periodo, sin salirse de su marca, de su capital simbólico que debe nutrir como un especie de Gollum verduzco, envilecido, velando por su anillo.

Portada-febrero_EDIIMA20180514_0597_8

En mi caso, entro en cortocircuito cuando «se»[4] me impone pensar en la cultura como el lugar donde los autores atesoran un capital simbólico, como tesoro de barco pirata. Me declaro insurrecta a esa semántica del tesoro (victoriano, de la pura lógica calvinista). Desierto. No. Otras cosmovisiones saben que el tesoro del mundo es el mundo. No el oro. El tesoro es la vida, no esquilmarla.

La cultura, nos demos o no cuenta, es socialmente sostenida, es el resultado de la obra de la gente sobre el mundo. Y podría por tanto hacer crecer el tesoro del mundo, si logra poner en juego un talento de lo humano que nos realiza. O puede no hacerlo y entonces la cultura “se” presenta como escasa, usurpable, robable. Así pues, no lo olvidemos, tanto hace cultura quien cada fin de semana va a un gran centro comercial a comprarse palomitas y ver una película de Hollywood, como quien gestiona un centro social para hacer obras de teatro colaborativo abiertas a la gente del barrio. La cultura no es que sea un derecho, es que sobre todo es un hecho social. Eso no lo ignoremos. Y por eso la cultura no deberíamos aceptar que pertenezca a nadie, porque la mantenemos todo el mundo. De hecho, sostener un modelo cultural es un prerrequisito de pertenencia a una sociedad. Véase sin ir más lejos las pruebas para la obtención de nacionalidad en diferentes sociedades porque, a diferencia del arte, la cultura sí debe «tenerla» la gente corriente.

Ahora bien ¿cómo tenemos la cultura? ¿La tenemos impuesta, la poseemos de algún modo, la hacemos? Insisto en que mi apuesta es hacerla. Intervenir el mundo con nuestro hacer. Y yo ahí evoco a mi tío que fue pescador y tuvo una huerta en Asturias y añoro su «cultura» de la pesca y la huerta. Y traigo a mi mente también pasajes de la película de La Comuna y la algarabía del pueblo de París autogestionándose la representación y hago presente y honro a mi abuelo materno y su participación en un grupo de alfabetización y teatro, en Pedralba, en la II República.

IMG_1077

Les 451, un grupo de franceses que organizaron unas jornadas con agentes de la cadena de producción de un libro (desde un tipógrafo, a un trabajador de Amazon o una librera) y que también escribieron un «Llamamiento»[5] señalan que «existe un paralelismo sorprendente entre la historia de la producción agrícola y la del libro». El mismo modelo produce un tomate transgénico y el libro electrónico. El mismo se cepilla la sustantividad del tomate de verdad que ha tenido que pasar a llamarse tomate ecológico. Les 451 lo advierten: el libro electrónico «es un archivo informático», nunca debió llamarse libro. Y entonces se preguntan: «¿por qué parece tan accesorio el hacer que medio y mensaje sean coherentes a la hora de producir un libro?»

Y sí, me digo, ¿por qué no nos cuestionamos el modelo de producción material de la cultura? ¿En qué medida ese modelo imposibilita un libro que –como desean Les 451- sea un «objeto social, político y poético[6]»? Sigo pues con el tomate para poder seguir averiguando ¿qué necesitaba ese tomate «de verdad»? Y contesto: del campesinado que cogía unas semillas y las guardaba y las intercambiaba. Requería de una comunidad agrícola cuyo beneficio consistía en comer ricos tomates cosechándolos. Necesitaba de una puesta en juego de saberes y mundo, que permitía a esa comunidad, quemar todo el campo y volver a empezar.

Así pues sin despegarme de las condiciones materiales de producción defiendo que la «bibliodiversidad» sólo es posible desde una comunidad que produce sus libros. Libros a los que aportan sus saberes, de los que es soberana, y que ponen en el mundo para mejorarlo. Una comunidad que activada permitiría un concepto de la autoría como riqueza infinita. Así pues frente al autor-marca condenado a repetirse para corresponder a su nicho de mercado, reivindico el oficio de «autor» que muta, se desdice, cambia.

Ahora bien, y ahí un meollo, ¿cuántas academias permiten la disidencia real con el paradigma dominante? ¿Cuántos poderes consienten «autores» que no les conserven? Una tensión insoslayable, pues, la que la cultura debe sostener con el poder. De ahí la necesaria irreverencia del autor a la autoridad. Porque la autoridad no construye; conserva (y así el constante desprecio que el poder ejerce sobre toda cultura que no controla o no le da beneficio). Sabe el poder que es desde la cultura desde donde puede ser impugnado. De ahí la potencia que para Cine sin Autor tuvo el gesto de nombrar la «sinautoría» como gesto fundante frente a la potencia neutralizadora del autorizador cultural o del «autor».

La mejor manera, yo lo he vivido, de desposeer a un pueblo es hacerle la cultura. Imponerle un cultura que le deja impotente. Contarle cuentos para dormitarlo. Restada la potencia de la gente de actuar sobre el mundo, usurparte la vida es una carrerilla. En este Estado español nuestro eso lo hemos comprobado. Como nos vendían un modelo de crecimiento que era puro endeudamiento. En lo inmobiliario es clarísimo.

Necesitamos, me atrevo a conjugarlo en plural, revisar nuestro contrato “pueblo-cultura”, que no es siquiera un contrato social sino un contrato entre élites no plebiscitado, lejos de cualquier democracia real, aún apenas acontecida. Democracia  cuya sustantividad exigiría suspender esa concepción de la cultura eurocéntrica, socioclasista, étnico-racial, patriarcal, plutocrática y derrochadora de gente.

Difícil, porque esa concepción lleva fraguándose desde la modernidad. Nada más lejos del «encuentro social» que alegra a los 451 que lo que supuso el libro, vía imprenta. Incluso puestas a reconsiderar habría que revisar la propia escritura.

Ana R. Mayoragas, en su libro Arqueología de la palabra[7] asegura que la escritura contribuye a distanciarnos de la realidad y de la solidaridad de grupo que define al individuo y su lazo social. Moragas nos insta a dejar por un rato de creer en la dicotomía entre un pensamiento primitivo y mítico frente a otro evolucionado, racional y lógico. Así nos permite apreciar que en entornos ágrafos el conocimiento necesita ser sostenido por la comunidad. Es la memoria colectiva la que olvida y actualiza un conocimiento en un permanente reajuste entre pasado y presente. Lo define como pensamiento homeostático, frente al que se abre el horizonte hipoléptico permitido por la escritura que facilita un pensamiento abstracto, general, escéptico y crítico y polémico al que le basta un individuo, el autor.

Recoge Platón en un diálogo de Fedro en referencia a Sócrates[8] «el descubrimiento del alfabeto creará el olvido en el espíritu de los que aprenden porque no usarán la memoria, confiarán en los caracteres escritos externos y no se acordarán de sí mismos… No les dais a los discípulos la verdad, sino solo la apariencia de verdad…». La escritura, pues como un obstáculo epistemológico, en tanto autonomiza el objeto de pensamiento fuera de la persona y la sociedad, dándole valor afuera de las sociedades que permitieron que se fraguara, que fueron su referente de realidad, de verdad, de materia. Un valor, más allá y desvinculado, esencialmente, de sus productores.

Describe bellamente MacLuhan en El medio es el masaje[9] cómo la escritura antepone el ojo al oído. El ojo es distancia y no inclusión. La escritura, nos dice, necesita ser mirada y esa mirada exige linealidad, progreso. No me puedo detener pero sí quiero, como señala Tiqqun en la «Hipótesis cibernética» reconocer su apreciación sobre que el poder es «logístico y reside en las infraestructuras». Aparentemente neutras, esas infraestructuras. La escritura, sin ir más lejos, como señala Almudena Hernando[10], «contribuye a distanciarse de la realidad y en cierto sentido a dominarla mediante la representación y ésta es una de las claves de la identidad individual». ». La escritura pues congela lo creado por el pensamiento en un objeto autorreferente destinado a un sujeto que «discrimina y selecciona individualmente entre creencias».

Todo ello, volviendo al arranque de esta intervención, supone al menos tres obstáculos para esa toma de los medios de producción de los libros por parte de la gente. En primer lugar, la cultura parece no necesitar de los saberes de quienes la sostienen. En segundo lugar, la modernidad nos hace creer que el saber no está en la gente; está en los libros que los escribe la intelectualidad, con una prole de intercambiables expertos, intelectuales o literatos. Y por último, como hemos visto, el poder escoge a sus productores culturales que son a sí mismo el producto, tanto como sus obras. En ese contexto productivo, la gente habrá perdido su «poder» para hacer la cultura, y se dedicará a consumir autores, encerrados en su cárcel del capital simbólico y sus mercancías.

commune1-7edc1

Sé que me he metido en un barro grande para lograr considerar el libro (físico) como receptáculo insuperable de un pensamiento complejo y defenderlo; pero lo haré. Aunque aún me lo voy complicar más añadiendo que no ante todo libro manifiesto mi complacencia. Sospecho del libro «transgénico», sea éste un betseller que coloniza las librerías, sea la última investigación universitaria patrocinada por Monsanto. Mi nula admiración para todas esas obras ante las que como mínimo reivindico mi perplejidad. Con María Zambrano[11] me atrevo a anteponer mi denuncia ante un «mal de una cultura» que nos enmudece porque pareciéramos deber saberlo todo para hablar.

Como buena parte de la subalternidad: por obrera, por mujer, por haberme aliado con perdedores de toda pelambre, también colonizada, identifico un pensamiento positivista, occidental, ecocida, patriarcal y narcisista que si bien ha generado el marcapasos que permite a mi madre seguir viviendo; provocó también Chernóbil. ¿Ante ese pensamiento, pregunto, qué daño al mundo supondrá un lugar de no retorno para cuestionar su abrumadora altivez? Auswitch, Ruanda, todos las especies animales y vegetales extinguidas, cuánta hambre en cuántos estómagos.

Desde luego en mí reconozco esa hegemonía derrotada. Frente a ese conocimiento consiento mi balbuceo, como paso anterior al derecho que me arrogo no sólo a ignorar; también a no saber lo que «se debe saber». Y ahí vuelvo al pueblo. Y al libro, y de qué tipo de pensamiento complejo debe ser depositario. Y ruego que no contengan los libros pensamientos que naufraguen la comunidad, asfixien a la gente cualquiera, devasten el mundo.

Toda mi vida la he pasado rebelándome contra el desprecio al pueblo, a los y las cualquieras; asqueada por una concepción de la cultura como mérito o conquista excluyente; obsesionada éticamente con mi propia responsabilidad y la de quienes me rodean con las cosas que nos pasan. No me he resignado a ver en mi padre un obrero, idiota, enajenado y manipulado. Me he roto la cabeza y he truncado mi biografía, para habilitar otro modelo de hacer cultura, que llamamos «sinautoría» justo para poner los saberes de la construcción cultural en pie de igualdad y como posibilitadores de autorías de cualquieras –sinautorizadas del mundo–. Hubo que empezar con un gesto muy desafiante: el «suicidio autoral»[12]. Dejar de ser para poder ser de nuevo. Para mí, venía tratándose de no tener la verdad, sino de serlo[13]. Con el tiempo eso lo pude casar con una potencia de la sinautoría que pudimos descubrir al comenzar a investigarla[14] y que asimilamos con la parresia[15] foucaultiana: «la posibilidad de la veridicción, el coraje de decir la verdad –en la forma singular de las personas y las situaciones– poniendo en juego una determinada relación de poder, como práctica política, para la constitución del sujeto y de la comunidad».

Watkins_La_comuna_ml

Ser verdad, no tenerla, ésa ha sido para mí vida una agarradera, la otra usar del pensamiento, como del arte, como de la vida en la entrega a esa pura potencia del «encuentro» –como señala Tiqqun en «La hipótesis cibernética»[16]– ese «poder no ser», como condición de posibilidad del ser que por tanto desierta de ser dispositivo de gobierno.

Esto que parece poético, es real. Ese habitar como un «percibir el mundo poblado no de cosas sino de fuerzas, no de sujetos sino de potencias, no de cuerpos sino de vínculos»[17]. Ser verdad, o lo que es lo mismo poner la verdad a prueba, porque no la detentamos, porque la verdad no pertenece a nadie, solo puede hacerse. Desde una traducción de pura materialidad, apuesto solo por la verdad que la gente se responsabilice de vivir. Porque para mí de eso se trata, de que nos hagamos cargo del mundo que producimos. Que no consintamos Auschwitz, que no veamos –como vemos– las noticias como la penitencia necesaria de una condición de «infrahumanidad» que hemos aceptado, mientras Spielberg ya está financiando el conocimiento tecnológico para su próxima ficción que él sueña la veamos «con los ojos cerrados».

Y es que desde Cine sin Autor venimos tiempo advirtiéndolo, mientras la distopía de Spielberg ya se está desplegando con todos sus medios para realizarse[18] seguimos muy lejos de un contrato cultural de altura democrática. El dilema representación-participación, es impostergable y lo tecnológico, también, podría estar de nuestro lado. Volviendo al texto de El medio es el masaje recordemos que ya hace años McLuhan nos hizo saber que la red nos podría volver a hacer aldea. Así pues abogo porque los libros que tenemos que hacer, más que libros críticos que cuestionen al capitalismo, nos procuren una edición política. Libros que produzcan polis, ciudadanía. Una producción cultural que suscite comunidad. Impugnando ese modelo de producción cultural que hizo de la política espectáculo y no lugar para la autorepresentación soberana de la ciudadanía.

En el Estado español podemos repetir la exclusión para generar una nueva élite o podemos poner en marcha políticas que impidan que tanto en la cultura como en el arte a la gente nos sigan diezmando (a la gran mayoría) la posibilidad de corresponsabilizarnos con nuestro momento histórico.

En mi caso, como escritora, eso es lo que he hecho. Poner en pie de igualdad mi saber con el de quienes no escriben y colaborar a que una lucha obrera, encarnada en cada una de sus personas autoras, haya escrito Somos Coca-Cola en lucha. Y por otro lado, en una editorial de la que soy parte La oveja roja, sostenemos una librería en Madrid, Contrabandos, desde la que planteamos dos cosas: que un pueblo culto es el que no hace dejación de su cultura y que leer no es solo leer, es también sostener un mundo. Y que la escritura no se inventó para la lectura, se inventó para organizar unas formas de vida (que anteponen el ojo que separa y aísla, sobre el oído que une). Y por eso queremos que el mundo del ojo cohabite con el del oído. Nuestra apuesta es que el libro del futuro sea sostenido por comunidades que construimos entre esos libros. Devolver el oído, sin restar al ojo, y ahí la tecnología puede ser nuestra aliada. Tanto por la tecnología digital que posibilita programas de edición asequibles como por tiradas escaladas, como por la potencia del vínculo virtual que amplifique el social. Cada vez más ateneos, más grupos de lectura. Eso deseamos: lugares que nos recuerden que el libro es un objeto profundamente liberador. Imagino que no tanta gente ha podido leer un libro en común, entonces seguro tampoco habrá podido comprobar por qué los estructuralistas hubieron de cuestionar la idea de autor. Esa pérdida de riqueza en la interpretación, es una de tantas cosas que nos estamos perdiendo. También ignoramos ¿qué pensamiento complejo suscitarán esos saberes situados, heterodoxos, encarnados? Y es lo que necesitamos descubrir. Sin miedo, redistribuyendo los recursos culturales para no tenernos que matar y hacernos falta. El arte, la cultura, los libros son sin duda el lugar donde nos podemos hacer falta. Eso exijo yo a un mundo que ha logrado alargar tanto la esperanza de vida al tiempo que nos condena a un estado de paro estructural. No aceptarlo, entrar en sedición, como en La Comuna. Yo manejo un símil, poco sistémico, de equiparar arte a mar. A la creación artística le cabe el mundo. Así de grande debe ser el arte, así de necesario el mundo.

 

Como dice Doris Lessing, «talento nos sobra, lo que nos falta es constancia». Y más bien, añadiría yo, lo que nos falta es un contrato social que consienta que el talento se haga constante. En Somos Coca-Cola en Lucha[19] no hemos escrito la obra que hubiéramos deseado escribir. Hubiéramos necesitado para eso una sociedad de rentas básicas, una que remunerara el trabajo cultural para la autorepresentación de una gente que defiende su derecho de equiparar trabajo con derecho humano y riqueza social. Por hacer eso este colectivo de trabajadores reconoce estar en guerra, solo por antes que coger el dinero y salir corriendo, decidió pararse y hacer valer sus derechos laborales.

Cuando desde La Oveja Roja fuimos a proponerles escribir y/o leer en común, para el colectivo en lucha fue muy rápido secundar el deseo de Juan Carlos de hacer “un museo”. Querían representarse, dad la poca atención que los medios habían prestado a su lucha. Querían dar cuenta de lo hecho, de su valor. Desde las primeras asambleas, pronto la asamblea generada para crear obra vio innecesario sostener a ningún autor. No era el primer acto estético que este colectivo protagonizaba: toda la nomenclatura «espartana», sus alfombras rojas al reconquistar la fábrica, demostraban la necesidad de este colectivo de construir su representación y este libro ha sido otra prueba de la no aceptación de que la representación les haya sido confinada. Ya las redes sociales les dieron eco como sujeto colectivo en el cada identidad individual logra contarse dentro de ese @cocacolaenlucha que les identifica en twitter. De hecho, pronto se hizo confluir en ese libro –y en las reuniones de su comité de redacción– a toda la gente que lo quiso ocupar. Testimonio tras testimonio nos atrevimos juntos a la «sinobra», una obra no parecida a ninguna que conociéramos.

¿Que escribimos en este libro: un ensayo, una novela? No me inquieto y evoco la tapa de mi libro de Voces de Chernóbil: crónica del futuro[20]. A su izquierda, en la parte superior puedo leer, «Ensayo»; siguiente línea, Premio Nobel de Literatura. Claro, puesto que si algo da sentido a crear, es justo no conformarse con lo ya conocido. Animo pues, en la producción de la cultura a ser desafiantes con el canon dominante. En nada me preocupa lo «resentida» que quede la cultura por la intervención de los y las cualquieras. Y vuelvo a La comuna de Watkins que evoqué al principio. No le temo al pueblo. No le desprecio. En nada me asusta el caos, ni presupongo su desorden, ni permito que operen en mí sentimientos contra obreros y obreras, locas, o desahuciados o indígenas o negros. Soy todas esas clases subalternas.

Y lo que en ningún caso admito es que nos resten nuestra responsabilidad de construcción de mundo. De generar obra. Ni la imposición de la avaricia, la mezquindad y el empequeñecimiento de nuestras posibilidades. Detesto a esos inmensos confiscadores, censores, reyes del canon que nos fuerzan a repetirnos una y otra vez, que nos clasifican, que nos seleccionan, que nos pinchan esqueléticos sobre el corcho que será colgado en la pared. Maldigo también todos los usos narcisistas de la cultura y el arte, y sus bibliomonoformas, onanismo o mercancía, entre las que el tesoro del arte, se torna escaso, tesoro de ná de ná, de piratas de tres al cuarto.

Me dispongo con poder tocar apenas la vida que se hace cargo del mundo. En los testimonios de CocaColaenLucha hay uno maravilloso en que Jesús Maestro evoca las movilizaciones contra el ERE extintivo que Coca-Cola aún no ha podido imponer a su plantilla de Casbega en Fuenlabrada: «No pensé nunca que se podían tener tantas emociones juntas: nervios, ansiedad, inquietud, indignación, tristeza, euforia. En manifestaciones, marchas y actos de protesta, las he tenido todas. Uno de los momentos más emotivos fue cuando el Tribunal Supremo confirmó la nulidad del ERE, la emoción de alegría, abrazos, besos… te besabas con los compañeros, compañeras, abrazabas a todo el que se te ponía por delante. No lo olvidaré nunca».

Bibliodiversos serán pues los libros que no violenten ni humillen al mundo. Ni todas las variedades de tomates que hay en el mundo, ni las más bellas palabras las inventó ningún listo. Las supo, las pudo, mucha gente cualquiera interviniendo el mundo.

IMG_4460 (1)

Bibliodiverso será un ecosistema cultural que produzca libros que no «violenten, ni humillen al mundo[21]». Un ecosistema que permita hacerse cargo a las sociedades de los libros que produce, no como derecho meramente enunciado, sino como hecho socialmente producido. Más nos vale –si de riqueza se trata- permitir que la gran mayoría de la gente pueda aportarle al mundo. Porque convendremos que ni las variedades de tomates, ni las más bellas palabras se las inventó ningún listo. Las supo, las pudo, mucha gente cualquiera, interviniendo el mundo.

 

[1]  Este texto lo escribí a raíz de la invitación por parte de David Becerra a un Congreso sobre Cultura Crítica.

[2]      Monoforma: «Es la forma interna de lenguaje (montaje, estructura narrativa, etc.) utilizada por el cine y la televisión comerciales para representar sus mensajes. (…) La Monoforma en todas sus variedades está basada en la convicción de que el público es inmaduro, que necesitas formas previsibles de representación para “engancharlo” es decir, manipularlo. Por eso muchos profesionales se sienten cómodos con la Monoforma: su velocidad, su montaje impactante y la escasez de tiempo/espacio garantizan que los espectadores no pueden reflexionar acerca de lo que está sucediendo de verdad». Peter Watkins en el MACBA. Recuperado el día (20 mayo 2016) de http://blogs.macba.cat/peterwatkins/2010/05/26/monoforma/

[3]    David Becerra Mayor, La novela de la no-ideología. Introducción a la producción literaria del capitalismo avanzado en España. Madrid, Tierra de Nadie, 2013.

[4]      Tiqqun, La hipótesis cibernética, Madrid, Acuarela Libros, 2015. Tomo esta forma de escritura de “Nota editorial. Léxico Tiqquniano”. En referencia a Heidegger y a la llamada existencia impropia, inauténtica y banal. «El hombre vive bajo el imperio impersonal del “se”».

[5]      Les 451, escribieron un «Llamamiento de los 451 para la constitución de un grupo de acción y reflexión en torno a los oficios del libro» y una «Querella de los modernos: respuesta a las críticas y desarrollo del argumentario del “Llamamiento de los 451”» disponibles on-line en www.contrabandos.org.

[6]   Ibíd.

[7]    Ana Rodríguez Mayoragas, Arqueología de la palabra: oralidad y escritura en el mundo antiguo, Bellaterra, Barcelona, 2010.

[8]      Ibíd.

[9]      Marshall McLuhan y Quentin Fiore, El medio es el masaje: Un inventario de efectos, Buenos Aires, La marca editora, 2010.

[10]    Almudena Hernando, Arqueología de la identidad, Madrid, Akal, 2000.

[11]   A quien agradezco haberme acercado tras los generosos comentarios de Jesús Olmo que pueden consultarse en mi blog personal http://www.evalazcanocaballer.wordpress.com.

[12]    Gerardo Tudurí, Manifiesto del Cine sin Autor: realismo social extremo en el S. XXI (versión 1.0), Madrid, Centro de Documentación Crítica, 2008.

[13]    Eva Fernández. Destello paciente de un escape: Notas para una literatura española contemporánea que se fuga, Hispanic review, nº 4, 2012, págs. 631-649

[14]    Para saber más consultar la web www.sinautoria.org que da cuenta de la investigación realizada con María Bella y Gerardo Tudurí en el MNCARS.

[15]    Michael Foucault. El coraje de la verdad. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2010.

[16]    Tiqqun. La hipótesis cibernética. Madrid, Acuarela Libros, 2015.

[17]    Ibíd.

[18]    Esteve Riambau , Hollywood en la era digital. De ‘Jurassic Park’ a ‘Avatar’, Madrid, Cátedra, 2011. Cita de Spielberg en la introducción. «Nunca vamos a desprendernos de nuestra necesidad adolescente de pintar las paredes de las cavernas, eso nunca nos abandonará. La tecnología puede proporcionarnos herramientas mucho mejores para comunicar nuestras historias. La tecnología también puede desarrollar un teatro de la mente. Llegará el día en que toda la película transcurrirá en el interior de la mente y será la experiencia más interna que cualquiera puede desarrollar. La historia nos será explicada mientras tengamos los ojos cerrados, lo cual no impedirá que podamos verla, olerla, sentirla e interactuar con ella. Ciertamente creo que si actualmente disponemos de una tecnología, debemos usarla. Jamás dejaremos de contar historias».

[19] Somos Cocacola en Lucha. Una autobiografía colectiva. Madrid, La Oveja Roja, 2016.

[20] Svetlana Alexiévich. Voces de Chernóbil. Crónica del futuro. Barcelona, DeBolsillo, 2015.

[21] Vid, nota 5.

Mi mariposa blanca, la mía.

Abandoné mi libreta de mariposas, la que inicié para contarle cosas a Laia y a quien quiera leerlas. Demasiado “drama” me hizo creer que no era digna de regalar(me) palabras. Me afané en “formular proyectos” disparada, nuevamente, por la alarma dineraria. Las cuentas incalculables, el impertérrito alquiler, los impuestos directos y una invitación a un sitio relevante… me despistaron. Hasta tal punto me enajené que una tarde me puse a ver a Évole –no veo su programa, sé que no debo–. Escogí un tema que pareció interesarme, un señor comenzó a contar por debajo de cuántos grados centígrados un hogar se sume en la pobreza energética. De repente un depresor se instaló en mi alma.

He tardado varias semanas en volver. Me trajo una mariposa, nuevamente de Laia. Tiene costumbre esta pequeñita de leerme en mis libretas y me dejó cortada y pegada en mi minidiario esta nota-mariposa.

 

IMG_7917
Mami en las páginas 25 y 26 lo que as escrito es muy bonito y tienes razón en todo lo que has escrito en esas páginas. Laia.

 

Las páginas, 25 y 26 en las que mi hija apunta que tengo “razón en todo” referían a esta resolución personal, pensando en eso de si tengo derecho a escribir o no, y qué cosas. Me escribí a mi misma: “Las respuestas no van antes que la vida. ¿Qué significa funcionar? Atormentarse por estupideces como dónde y cómo vivir; por ahí no va mi vida. Amo y amaré a quien puedo querer. Y lo que tengo que hacer es más que evidente: seguir cuidando de mi vida y la de las demás personas. Cada día. Y eso lo logro hacer también escribiendo. No permitas –me escribía a mi misma- que nadie te oprima con sus denominaciones. No consientas que nadie te nombre (…) No hay en tu escasez, derrota alguna. No hay error. Hay dureza. Pero no va a pasarte nada que no puedas encarar sin convertirte en una mierda de persona. Ama sin permitir que te desprecien y todo irá bien”.

Así pues vuelvo a la libreta que me regaló mi hija. Falta hace que escribamos tozudamente a las que nos podrían nombrar pobres energéticas. Falta hace para recordar que pobreza viene de párvulo, parco, poco; y que –añado– más nos valdría que no escriban quienes de tanto temer la pobreza, se han convertido en mierdas de personas que no pueden amar.

Ven, seremos.

pruebaswordpress

taller #escrituras_para_autor_izar_nos

¿Decimos lo que queremos decir?

¿Qué palabras nos han hecho y qué nos han hecho las palabras?

Usa tu lengua. Toma las palabras. En voz alta y sobre el papel, sé.

Convocatoria Mayo en la Librería Contrabandos (C/Amparo, 76, Madrid).
4 sesiones de 2 horas que puedes realizar en dos horarios:
Lunes (7, 14, 21 y 28 de mayo) de 19.30 a 21.30
Grupos pequeños y posibilidad de reprogramar sesiones perdidas individualmente.
Precio del taller:
(en dinero completo 75€/sesiones individuales 25€xsesión
o en trueque de trabajos)

 

1ª sesión. Nuestras palabras como “irrupción del ser”.

Tendemos a adelgazar la potencia de las palabras: las de otras, las nuestras, las tuyas. “Se dice” que todo lo importante está ya escrito. Sostengo que no: nos queda por escribir todo lo que aún no ha acontecido. Lo que está escrito, responde a un mundo que ya fue; no al nuestro, ahora. Somos, también, nuestras palabras y yo apuesto por un uso del lenguaje “conmemorativo” para la vida.

Escoge un texto (poema, fragmento de novela, relato) tuyo o de otras que crees que te han constituido. Vamos a compartirlos al empezar. Leeremos fragmentos al comenzar la sesión. Después, nos pondremos a la altura de nuestra página en blanco y comenzaremos a escribir acompañadas.

(Me encanta el arranque de Ana Frank. Ella estaba convencida de que nadie la leería. A quién iba a interesar el diario de una niña de 13 años. Aún así, antepuso su necesidad a su virtud, nombró a su diario como Kitty. Su diario sería la mejor amiga que no podía tener. Pronto Ana comenzó a celebrar la posibilidad de contarse: “Estoy contenta de tenerte (…) de escribir en ti”)

2ª sesión. Escribir en ti.

Déjate escribir, siente el desafío de decir eso que tienes que decir y encuentra tú misma el modo de hacerlo. No estamos simulando ser literarias. Estamos habitando el lenguaje que es nuestra casa. En talleres de escritura, nos enseñan técnicas, como si la técnica fuera antes o aparte de aquello que necesitamos construir escribiendo. No querremos “parecer” literarias. ¡Queremos vaciarnos para ser de nuevo las niñas que escriben para dibujar unas letras en el mundo!

En nuestro mandato de escribir, haremos un borrado de toda autorización. Quiero que apagues esa vocecita que se ríe de ti, que te dice que así no “se” hace, así no “se” puede, no vale la pena. Te aseguro que el papel es paciente y acogedor. Nacimos para brillar como las niñas. Y no hay nada iluminador en encogernos para que otras se sientan inseguras en nuestra presencia.

(La escritura, como civilización, la inventamos para vivir mejor. Las palabras nos cuentan lo que somos, aventuran lo que seremos y relatan lo que fuimos. Y las palabras de cada una de nosotras son completamente únicas y tienen una única manera de ser escritas que es tuya. Lo único que merece la pena si quieres escribir, es que escribas eso que solo tú puedes escribir y cómo solo tú, puedes escribirlo).

 3ª sesión. Soltar un párrafo sobre la inmensa mayoría.

Blas de Otero tiene un poema en que desea ser ese “mar” que suelta un párrafo sobre la inmensa mayoría. A mí me gusta pensar el arte como el mar, así de inmenso, de forma que no le sobra nadie, ni obra alguna. No importa que consideres que lo que escribes no es bueno. Juan Ramón afirmaba “Mi mejor obra es mi constante arrepentimiento de mi Obra”. Lo fundamental es saber qué te permite escribir y si en “lo que viene a tu lápiz” parafraseando a Juan Ramón, encuentras algo bueno para ti y para compartir.

En esta sesión quiero que vayamos haciéndonos cargo del “aura” de nuestros escritos. De sus posibles lectores primeres, remotes, lejanes. Desde un blog a una editorial, el proceso de compartir lo escrito, es un acto menos egoísta que andar escondiendo nuestro talento. Conocer los medios de producción de los libros, comprender la edición es necesario para hacerte cargo de la circulación de tus palabras.

(Nos lo han contado mal, cuentan que es por narcisismo o por dinero que haríamos circular nuestra escritura. Nos dicen que el talento es escaso, que los tesoros hay que esconderlos pero: ¿y si nuestra idea del mundo reconociera que el tesoro del mundo es la vida? La vida toda, abundante, rica).

 4ª sesión. Inventariar nuestras palabras

Mi propósito es generar un repositorio de palabras buenas, que te (nos) haga sentir la potencia de tu decir y tu hacer, de tu escribir. Precisamos hacerlo porque a menudo, vencen los relatos que nos dañan, sobre los que nos sanan. Y no lo vamos a permitir. Gana de Huxley, 1984, frente a La Isla.

Llamo, pues, a un suerte de escritura nos posibilite como deseaba María Zambrano pasar no “de lo posible a lo real, sino de lo imposible a lo verdadero”. Reafirmando el poder de la cultura, de ser tierra fecunda para la abundancia. No para “hacernos preguntas sobre el significado de la vida” sino para “poder pensar en nosotros como seres a quienes la vida requiriera continua e incesantemente”.

(Ven seremos, nos dice la escritura. que reinstaura nuestra potestad política de ser un sujeto y protegerlo. Ser nuestra lengua, producir nuestras palabras, registrarlas, para garantizar la posibilidad del aprecio. Ofrecer nuestros textos, luego al mundo “sin gesto y sin ofrenda”, como nos desafío a hacer María Zambrano, que encontró razón poética al existir).

(+info e inscripciones: evafer70@gmail.com y libreria@contrabandos.org)

 

 

 

 

 

 

Sin foto. Sólo espuma. Un líquido captura el aire. Por unos minutos.

Cafetería Granier. Glorieta de Embajadores. Madrid. Ayer. (Llueve). Las mesas en filas separadas un palmo una de la otra, mirando a la puerta. Como en una prisión. Unas veinte personas. Inevitable chocarse, incluso entrando, nuestros cuerpos no caben. Nos lanzan desde la barra preguntas apresuradas. Nuestros cuerpos encogidos no dejan entran el calor.  Pero si ensanchamos, habremos de tocarnos.

Miro sobre todo a un rumano, más encogido que el resto, pide un café largo, el más barato, presupongo que busca techo por un rato, para salir de nuevo a pedir a la calle, entonces dinero. Está incómodo. Ojos asustados. Cuerpo consumido. (Sigue lloviendo). Yo acabo de salir de la peluquería de al lado, me armé de valor y fui a arreglar el desaguisado de mi último autocorte de pelo. No me han entendido. Nunca me explico bien en las peluquerías. Llevo pelo de mujer mayor, arreglada. No quiero ser una mujer arreglada. Yo lo que quiero es poder sentarme con el rumano y charlar un rato. Sin más parafernalia. Vida corta, tajante.

Mi turno, un grito me apremia desde la barra. ¿Café?. ¡Con leche de soja! A mi lado de inmediato otro señor me sigue. Café con leche, caliente. ¿Y tú? me dice la camarera. De soja, repito. No, aclara, ¿Templado o caliente?. Caliente también. El rumano, ya no está. Quizá no es rumano. Me pregunto si vivirá donde las vías del tren. No quiero que se note que necesito saber donde está, pero me agarro del bolso. Busco si mi cartera sigue allí. me hicieron saber de las kundas, que explican tanta gente flaca por aquí, arremolinándose para subirse a un coche.

Una vez yo logré hacer una web serie con un muchacho que vivió en la calle, y se drogó. Nada superará para mí el humor de Andrés. Y el de Marta. Su talento. Yo no soy una maruja con renta mínima de inserción. El rumano no es un pobre de Dickens.

De repente nos avisan, a mí y al del café con leche caliente. Ya los tenéis, nos desplazamos a penas. Enfrente nuestro, dos bandejas, con dos cafés con leche, en la espuma que los corona late un corazón perfecto. El mío más chiquito, el otro más grande, los dos color tierra claro. Los miro varias veces. Busco los ojos de la camarera, las ojeras embolsadas, no vencen un brillo que calificaría de infantil. ¿Los has hecho, tú? -le pregunto-. Vienen a mi mente sus manos, sosteniendo una jarrita, unos segundos antes, cuando una voz me inquería a decantarme por templado o caliente. ¡Qué preciosidad!, le afirmo rendida a la evidencia de su regalo. ¡20 años detrás de una barra sirviendo cafés…! me afirma entre descreída y alegre. El hombre, a mi lado, se apresura a sumarse al reconocimiento. Yo en toda mi vida de camarero nunca los conseguí hacer. Te lo aseguro. Nos miramos los tres, con sorpresa, nos damos las gracias, la felicitamos.

El corazón corona el café mientras lo voy bebiendo. Es cierto que doy sorbos pequeños, delicados, pero aguanta. Sé que el señor mayor, que antes no aprecié siquiera a mi lado, fue camarero también, sé que seguro está contento. Me he sentado muy cerca del muchacho encogido, le doy la espalda, pero estoy cerca.  Casi al terminar el café sigue ahí, el corazoncito denso, espumoso, mullido. Me lo bebo decidida. Ya es yo.

 

 

Cuidado con el cuidado.

A menudo me encuentro buscando algo. Me acuso también, por lo tanto, de haberlo perdido. Me reprocho la prisa, una energía vana, histérica, desordenada. Suelo también creer que debería estar haciendo otra cosa de la que hago. O estar en otro lugar con otra gente que me valore más o me quiera mejor. Hubo un tiempo en que culpé de ese descentramiento -que reconozco padecer- al capitalismo, al patriarcado; a mis jefes, mis parejas. Culpar, acusar, ¡lo hacemos tanto! Que insaciable empacho produce eso…

IMG_7448

En medio de todo eso logré imponer mi deseo de cuidar la vida. Y una vida, milagrosamente, aconteció pegada a mí. Logré defender, casi a mis 40 años, un saber irrelevante, extraído de mi experiencia de niña y adolescente, que me indicaba que cada vez que cuido de otras personas, mi desasosiego, mi descentramiento desaparecen. Así pues hoy 8 de marzo, a pesar de todas las consignas, he decidido situar en el centro el cuidado. Cuidarme. A mí también. Ponerme en el centro. Y sobre todo no violentarme a tener que por eso dejar de cuidar a nadie.

Puesta en el centro, me ha sido facil detener la búsqueda de un papel donde tomé unas notas sobre Heidegger y tras mucho desasogiego he encontrado el valor de recalar en mi libreta de mariposas. Aunque hoy sea 8 de marzo y quizá poco conveniente publicar nada. Luego, volviendo a ser yo, mi centro, me he preguntado de dónde salía mi necesidad de hacerme con esas notas en las que leer a Heidegger me había hecho evidente la imposibilidad del “ser desinteresada”. Al situarme en el centro, de repente no estoy en falta por no saber dónde está el puto papelito. Es más celebro imaginarlo por ahí tirado. Importante citar a Heiddeger sin regalarle más atención que la que merece lo que me anima a pensar por mí misma. Solita. Citar a Heidegger, mal citarlo, porque Hanna Arendt le tuvo respeto. Y porque tanta gente lo demoniza. Mal citarlo y reivindicar lo atractivo que me resulta poderme querer sin tener que ser desinteresada. Quererme desde mi propio interés.

De repente, esa busqueda vana, histérica y desordenada ha concluido al ponerme a escribir justo las palabras que mi vida requiere ahora mismo. Mi centro es pues mi libreta de mariposas y no la lavadora, y no preguntarme cómo lograr ese dinero que tanto “se” resiste a pagarme por todo lo bueno que pongo en el mundo. Mi centro es mi criterio y no el “movimiento feminista”, entendido como un dogma que me obliga a vivir esta jornada de una manera determinada. Así pues me animo a publicar este texto. Hoy 8 de marzo.

Al tiempo que celebro que mis amigas me manden fotos de sus mandiles colgados en la ventana, pero no colgándolo yo; que dentro de un rato haré la huelga a la huelga de cuidados, feliz de hacer unas lentejas para Laia que ha preferido ir al cole a que le cuiden los profes hombres que quedarse cuidándome a mí. Le di a elegir y es que muchas veces, para mí el cuidado, como yo lo ejerzo es disfrutar del privilegio de poder cuidar respetar y atender la necesidad y el deseo de otras personas, desjerarquizadamente, sin capacitismos que nombran dependientes e independientes ciertas vidas y otras no. Cuidar la vida más allá de esa miopía utilitarista que pierde la posibilidad de celebrarla toda, sea cual sea su condición, porque no quiere que se sepa que hay vidas que teme vivir, que prefiere matar, sin tener siquiera el valor de mirar a la cara el genocidio ocasionado. Celebrar la vida, la flagrante intensidad de la existencia, que se sabe del milagro, que se celebra a cada instante, en cada gesto de cuidado, porque atiende también también toda la muerte, todo el dolor y todo el daño que también nos damos, que también nos hacemos al cuidarnos o no cuidarnos.

Leía también en Heidegger sobre esa diferencia entre cálculo y pensamiento (creo). Calcular ha de hacerse para acertar, no hay mérito en fallar. Sin embargo al pensar no le asusta, no le puede amilanar, el equivocarse. Y sí, yo hoy quiero aunque me equivoque poder decir que no me interesa, apenas, conjurar una brecha salarial, ni demandar puestos de poder que no ocupan las mujeres. Tampoco celebro acríticamente que hoy excepcionalmente “dejemos” los cuidados en manos de cualquieras que no tienen ni puta idea de cuidar. Así del mismo modo que entiendo que no me ofrezca nadie, por un día la tutela de una central nuclear; os digo que no llevaré a mi hija esta tarde a esos puntos de cuidado que se han abierto en la ciudad de Madrid ocupados por personas cuyo mérito para ser cuidador hoy, es el de no cuidar normalmente o el de cobrar por cuidar hoy por ejemplo a Laia.

Me hubiera encantado leer en las demandas de los colectivos de mujeres hoy, una que me animaría a escribir tal que así: la obligación irrevocable de que toda persona limpie alguna vez en la vida el culo de un anciano, al tiempo que le observa atentamente durante una tarde, mirando a la muerte, sin pestañear. Todo el mundo, sin excepción forzado a cuidar la vida que más desprecia o teme, en una llamada a velar por igualdad alguna, sino por todas las diferencias. Por aprender a cuidarlas, a quererlas. Cuidarnos, erotizando la(s) vida(s), toda(s), y sobre todo las que más tememos, ahuyentamos o matamos. Desafiarnos absolutamente a tener que aprender a ser capaces de cuidar la vida, con toda la sabiduría, destreza, potencia que cuidar requiere para darnos vida.

Beso a la valentía

IMG_7301
Postal de Miriam Cameros, autora de “A cuestas conmigo”.

Mi pasado texto, “Esa conexión y Lazo”, apenas conectó. Poquísimas lecturas. Releyéndolo, me pregunto ¿era un texto cobarde? ¿Por ñoño? ¿Por poco expuesto?

Ya sé que hacerse cargo de lo potente, exige inmenso valor. Lo busco, pues.

A Flor, mi hermana le conmovió. Pero Flor sabe bien quién es Carmen. Carmen Abad, que también como Simone de Beauvoir, tiene apellido. Decir que es una espartana de Cocacola en lucha no es suficiente. Como todas y todos esas personas, son mucho más. A poco que la mires, en Carmen encuentras una mujer cuidada y cuidadora; atenta y elegante. A Carmen, hasta una votante del PP la escogería para que le representara (si la política pudiera ser nuestra, de cualquiera).

A Carmen no solo la dejé sin apellido, sustraje, en mi entrada anterior sus palabras. Su testimonio. Respondía ella -y ahí la conexión- a una propuesta que yo lancé a la asamblea del Campamento de la Dignidad a quienes Alfonso, Eddy y yo habíamos escogido para leer y escribir. Mi propuesta, algo rara, fue doble: (uno), tomar la palabra, para que no nos nombren todo el rato desde fuera y,  (dos) hacerlo, poniendo en el centro de nuestros encuentros, nuestro uso y disfrute de narrarnos.

Aquí copio tal cual, la transcripción de lo que Carmen respondió, de corrido, sin un respiro apenas a esa propuesta doble de “toma” de la palabra:

Yo me llamo Carmen Abad, llevaba 28 años trabajando en Casvega. Mi padre también ha sido trabajador de Casvega, osea que toda mi vida prácticamente ha estado vinculada a Coca Cola. Además en aquella época cuando yo era pequeña veníamos aquí a recoger los juguetes porque se vestían de reyes magos los compañeros y te daban unos juguetes, osea que emocionalmente estoy muy vinculada a la empresa. Mi vida en ese momento (del anuncio del cierre de la planta) era una vida muy estructurada, muy tranquila, muy planificada. Parecía que todo ya estuviera en su sitio, hasta que tuviera ochenta, ochenta y cinco noventa, todo lo tenía planeado y no me había pasado nunca por la imaginación que fueran a cerrar Fuenlabrada. Yo cuando oí que iban a cerrar Fuenlabrada no me lo podía creer. No voy a explicar el conflicto que ya ahondaremos en otros momentos. Pero bueno desde entonces se puede decir que mi vida sufrió un vuelco, casi un tsunami, se ha dado a vuelta por completo. De tener la vida estructurada, poder hacer planes, que todo estuviera controlado… de repente pues te falta el salario y te quedas, como nos quedamos los obreros sin salario, te quedas sin planes y casi, casi, sin futuro. Y entonces te das cuenta de que habías vivido en ese letargo que te organizan también; en el que la clase obrera no existe, en el que crees que eres lo que te dicen que eres, en el que no tienes voz y además, bueno, pues estabas ahí tan a gusto y casi ni te lo planteabas, ni lo necesitabas. Y a partir de ese momento, pues en cierto modo estoy contenta porque tomé una decisión libremente. Me sentí avasallada, pisoteada, todos mis derechos como persona y trabajadora, yo sentí que los estaban saltando, casi, casi me trataban como a una niña pequeña y no como a una persona adulta que decide sobre su futuro. Ellos me decían lo que iban a hacer conmigo, tú apúntate aquí y yo te digo si te mando a este sitio, si te echo, porque no das el perfil o no te echo. Tu apúntate que yo veré lo que hago contigo. Y bueno pues a mí eso fue una de las cosas que más me indigno desde el primer momento. Lo que hago con mi vida lo decido yo y no lo deciden ellos y por eso no me apunte al plan voluntario. Luego pues bueno, gracias a los compañeros, tuvimos una asamblea con Enrique Lillo y vi que todos esos sentimientos que yo tenía resulta que es que había leyes, que los legislaban y que estaba todo escrito, y es que sencillamente se estaban saltando todos nuestros derechos y además se sentían con el poder para hacerlo, ¿no? Entonces bueno pues no firmé, estoy contenta de haber tomado esa decisión. Sobre mi vida elijo yo. Además estoy cada vez más convencida, estoy completamente convencida de que tomé la decisión adecuada. He conocido como han dicho mis compañeros a una gente estupenda. Yo creo que el éxito de esta lucha sobre todo radica en que las personas que hemos quedado, por supuesto que nos importa el dinero porque todos veníamos aquí a por dinero cada mes, para tener una vida digna y normal y con algún capricho de vez en cuando, pero por encima de eso a pesar de que veníamos a por dinero, nos hemos quedado a los que además nos importan otras cosas, otros valores. Eso que ahora no se lleva nada. Y yo creo que como todos los 238 que estamos aquí tenemos otros valores, como es la dignidad, el honor, pues cosas que no se llevan nada. Pues por eso seguimos en la lucha, por eso estamos aquí todos tan unidos y por eso, esto va a ser un éxito. Y no voy a decir mucho más. Estoy contenta, en el fondo de que me haya despertado. Y lo que tú decías antes, ahora podemos hablar. Y resulta que casi yo no sé ni hablar, porque he estado tantos años callada, porque no me tocaba; que ahora casi me cuesta hasta hablar. Nada más.

Este testimonio, marcó un punto de inflexión en esa asamblea. En ese (lo que tú decías antes) cifro esa “conexión”. Carmen acogió mi propuesta de “contarnos” agrandándola hasta hacerla enorme. Nuestra conexión detonó otras, JC pudo hasta llorar; Raúl, más allá de si leía o no libros, y cuantos, se puso a editar y montar todos los testimonios. Así pasito a pasito, casi un centenar de personas escribimos ese libro único en que una “lucha obrera”, testimonio a testimonio, compone un libro, que firma una cuenta de twitter.

Es revolucionario.

  1. Es revolucionario que el lenguaje, que también somos, nos permita trascendernos. Pasar de ser un cliché, de ser un pozo sin fondo, un alienado (que da sin retorno) a conseguir “ser sujetos”.
  2. Lograr ser sujeto. Sujetarnos. Osea hacernos con nuestro talento. Ponerlo en juego. Discriminando, al servicio de quien lo pones, para qué. ¿Qué más derroche que no hacernos cargo de nuestro talento? Es más, me pregunto una y otra vez: ¿si usar nuestro talento no es nuestra tarea, entonces para qué vivimos?
  3. La vida podemos cuidarla o no cuidarla. Si queremos cuidarla: necesitamos ponernos a la tarea. Cada segundo. Cualquier tarea merece que, como decía Picasso, la inspiración, nos pille, trabajando. No muchas veces nos pasa que lo que tenemos para dar al mundo, podemos darlo. Necesitamos de la oportunidad precisa y del talento exacto para poder producir genialidad, para inventar lo nuevo. Yo lo he experimentado.
  4. Nada me pone más triste que entregarme a la alienación. Nada más alegre que atreverme a la potencia de  la vida “insólita”. Potencia que logra cualquier subalternidad que no acepta el sometimiento. ¡Necesitamos dejar de ser desecho para consentirnos regalo, abrazo, horizonte, suelo!
  5. Gran parte de nuestra impotencia deriva de que no sabemos para quién o cómo obrar. Saber con quién obrar es prioritario. Los testimonios de esa ronda que inauguró ese libro “Somos Cocacola en lucha” fueron para nosotras y nosotros, que nos considerábamos obreros y obreras. Puede parecer sectario o ridículo. Lo es presumir de identidad, de cualquiera: de rico o de obrero. Ahora bien solo asumiéndonos, podemos desbordarnos. Solo siendo la obrera más obrera del mundo descubres -y contigo el resto- que es imposible ser solo obrera, o solo viejo, o solo enferma terminal.
  6. Las obras que nos real_izan: desbordan la realidad. (No se trata de tener la verdad, se trata de serlo. Lo repito desde que lo leí por vez primera). Si nos real_izamos: lo real deja de ser “lo que hay” y va siendo, lo que vamos siendo.
  7. De repente, un buen soplido, atinado y preciso, derrumba el castillo de naipes. De repente un libro (de esos que tanta gente dice que ya nadie lee, o nada dicen y nada logran…); de repente, insisto, un libro sobre una lucha obrera es comprado en El Corte Inglés por el empresario que ha de leer lo que su plantilla excendentaria tiene para contarle. A mí, me hace féliz imaginar al empresariado teniendo que aprender de su plantilla.
  8. Y sí, esa “conexión” que tuve con Carmen, devuelve a la existencia su posibilidad de revertirlo todo. Lazo, nuestro perro de peluche, es otra demostración. Carmen, antes de mostrármelo, aún escondido en una bolsita, me advirtió: me pediste que me cuidara y te he hecho caso. Entonces me mostró un muñeco de peluche, que había fabricado de cero a cien. Tenía un lazo de cuadritos en el cuello que ha perdido. Laia tal cual lo vió, lo bautizo como Lazo. Y nos unió.

(Aquí lo dejo, espero en este texto haber sido más clara que en el anterior. En cualquier caso, seguiré insistiendo. Me gusta creer que mi libreta de mariposas congregarán palabras para enseñarme a besar por sorpresa a la valentía. A perder, al fin, miedo y pudor para contar las maravillas que atesoro. Me cerca, ese inmenso campo semántico que incita a esconder “el tesoro”, dada su condición de escasez, de usurpabilidad. No me amilano).IMG_7301

Esa “conexión” y Lazo.

Hace años, cuando hube de escoger una frase para el blog que acompañaría las reacciones a “Inmediatamente después” tomé esta de Simone de Beauvoir “Construiré una fuerza en la que me refugiaré para siempre”. Entonces no alcanzaba a comprender por qué la escogí. Me sucede a menudo, plasmo destellos para retenerlos, estirarlos, para no cerrar los ojos. Poco a poco, voy entendiendo, que sí, que mi aliento normalmente va destinado a hacerme fuerte para poder querer vivir.

Todo el mundo, no puede, ni quiere, ni quiere poder. Es incluso infrecuente. Cuando estudiaba Historia recuerdo que me sorprendí con un libro de George Roux que leí sobre “Mesopotamia” donde aclaraban que esa idea de “vida escogida de la que te haces cargo”, digamos, no existía. Sospeché, entonces, si era una sofisticación en mí ese “querer querer vivir” y no. Desde niña he experimentado la necesidad de celebrar -incluso peleándola- una vida que mereciera las penas. Nunca negaré que la vida puede no merecer la pena en absoluto.

Aclaro pues que sé -y respeto- que hay quienes más allá de sobrevivir, no pueden andar pensando en ningún merecer, ni suyo, ni mío. Pero yo aún puedo. Me cuesta. Conste. Mucho. De ahí esta misión que me asigné en ese blog de sobre todo, construir esa fuerza que me refugiara, y me lograra “fuerte” para poder querer vivir, para no querer morir o matar.

El otro día escribí sobre Mingu y Sonia. En las reacciones a ese texto, a través de su hermana, llegué a Carmen, esa mujer que en la primera ronda de testimonios que otorgó latido al libro “Somos Cocacola en lucha” tal cual comenzó a hablar, de manera inmediata, me hizo llorar. (Llorar para saber, que mi querer vivir, rebosó al escucharla).

Algunas noches raras veo Nashville, es una serie de muchas temporadas sobre cantantes de la música country. El otro día dos personajes, a quienes les cuesta sostener un talento natural, y que están a menudo en filo de la navaja, hablaban de esa conexión que logras cuando obras y das todo lo que tienes. Lo referían a escenarios y canciones… serviría para cualquier obrar que te pone en relación con otras personas. Y sucede, a veces, que los haceres, nos conectan y es tan intenso. Tan conmocionante que no es extraño que haya que ser fuerte, muy fuerte, para poder arriesgarte a conectar. Conectar implica hacerte cargo, estar dispuesto a amar. Lo logrado es inigualable.

IMG_7240

Con Carmen, yo tuve, tengo, tendré (lo aseguro) esa “conexión”. Carmen para cuidarse unos vértigos que le dieron en plena gira de presentaciones de “Somos Cocacola en lucha” nos hizo a Lazo (en la foto) a Laia y a mí. Y el otro día me escribió aquí en este blog este comentario al texto de “Hacerme presente puro” que inauguraba la intención de escribir y esa libreta de mariposas y volcar aquí tal cual lo que allí cuento. Os comparto el comentario -aunque es público-:

“Hola Eva. Sabia Laia!!! Que sabe de lo maravilloso del mundo que crea su madre a su alrededor y no puede ni debe quedar en la intimidad de vosotras dos. Mágica Eva!!! que me transportas con tu relato, a un mundo de pureza, de calma, sanador, del que no quieres salir. Gran acierto Contarte para l@s privilegiados que podamos leerte e inspirarnos. Gracias Eva por tanto. Besos para las dos”.

Carmen desde el gesto de Laia de regalarme ahora esta libreta, me hace saber que construí una fuerza, y que toca dejarme de solo refugiar. Mi maravilloso mundo, Laia, Lazo y Carmen saben que “no puede ni debe quedar” en mí. La sabiduría de Laia hace conmutativa la magia. Los sumandos suman. Carmen advierte: ese maravilloso mundo “no puede ni debe quedar en la intimidad de vosotras dos”.

Gracias Carmen, por tanto.

“Yo soy inocente, yo soy inocente, yo soy inocente. Y tonto y tonto y tonto”.

El jueves pasado prometí en una libreta que me regaló mi hija, escribir hasta llenarla y publicar aquí lo que allí manuscribiera para mí hija y la gente a la que quiero. Tengo que hacer lo que escribo que voy a hacer. En este texto también pretendo aclarar por qué y dicho esto entro en materia.

 

Llevo semanas leyendo “Sumario 3/94”. Una novela “no-creativa” dicen sus autores-editores, dado que la trama que se vuelca en sus páginas no la escribieron personas que reconocerían escribir ficción, sino cuyo oficio -en muchos casos asalariado – es administrar Justicia. Eso no implica que muchas de las personas a las que transcriben (en las declaraciones que conforman este Sumario Judicial que contiene la novela) hablan sin saber lo que dicen, especulan, chismorrean, deliran, inventan o directamente mienten.

Novela “no creativa”, también, porque es real. Real en el sentido, que a mí me importa, porque “real_iza”. No en vano ese Sumario 3/94 mandó a un señor “bueno”, Vicente Arlandis Ruiz, a la cárcel 13 años, 7 meses y 10 días. Entre tanto, la mujer de ese señor Dolores Recuerda y sus cuatro hijos (apellidados Arlandis Recuerda), se quedaron sin él y posteriormente sin casa, dados los cinco millones de pesetas que hubieron también de pagar en concepto de indemnización a los herederos de María Lidia Bornay. Cada palabra, cada espacio en blanco y cada errata de este Sumario formaron parte de un juicio cuyo resultado es una sentencia que acusa a Vicente Arlandis Ruiz de un “delito de robo con homicidio doloso”.

Más de veinte años después de pasar esto, Vicente Arlandis Recuerda, hijo del encarcelado junto a Miguel Angel Martínez, deciden solicitar a la Audiencia Provincial de Alicante todo el “Sumario” y comienzan a producir este artefacto novelado para -entre tantas cosas, otras muchas aunque yo me voy a centrar en una- encausar al “lenguaje”. Arlandis hijo, produce también una obra de teatro, también llamada “Sumario 3/94” en la que actúa con su madre y su padre y que el sábado pasado pude ver en la Casa Encendida en Madrid.

Vicente en la representación teatral abrió, dirigiéndose al público con el libro en la mano, señalando que tras vivir lo vivido una de las cosas que tuvo claro fue que la culpa en última, última, ultimísima instancia es del lenguaje; del lenguaje del procurador, del fiscal, del dactilógrafo, del confidente, del guardia civil, de… Tras decirnos eso, en esa obra maestra de la elegancia y la reconciliación que es esa pieza teatral, comienza a leer términos, palabras sueltas, de ese Sumario. Lee muchas palabras, las arrejunta y luego lee su madre, y escribe su padre. Y eso seguro es la justicia poética, que logra esta obra. Porque yo al leer a su padre al tiempo que escribe, vuelvo a creer en las palabras. Por eso vengo diciendo que esa obra de teatro y esa novela, son para mí, la obra culturalmente más relevante que he habitado. Pura creación de esa que logra el milagro de hacer de la mierda, abono. De la palabra crematorio: palabra fecunda.

Sigo intentando explicarme: hay quien dice que la obra interpela a la justicia de este país. Al lenguaje judicial. Pero yo me sentí interpeladísima. Me quedé pensando en ese culpable: el lenguaje. Escribo mi cadena de razonamientos: pensé ¿qué es el lenguaje? Sin buscar en la wikipedia, me respondí: ¿un sistema de signos escritos, de sonidos que comparte una sociedad? ¿Una sociedad, un grupo de gente, o de quién es el lenguaje? ¿El lenguaje es de alguien y/o lo sostenemos entre mucha gente? ¿Lo importante es de quién es o cómo nos hace y qué nos hace el lenguaje?

No os engaño, en mi vida trabajo con las palabras y en esto he reparado más veces. Y lo más atinado que he encontrado para pensar vitalmente en esto, es lo escrito por un lingüista, Moreno Cabrera, que insiste que una lengua es sus hablantes. Un lenguaje lo producen un conjunto de personas de una en uno, al usarlo. El lenguaje, insistió él un día que conversamos varia gente con él, es una competencia humana. Si no habláramos no habría lenguaje. Y bueno es fácil concluir que si todas fuéramos sordomudas, el lenguaje no sonaría. Moreno Cabrera añadía de hecho que una lengua no muere mientras queda alguien que la habla. Y sí, yo creo en este razonamiento, pero entonces si la culpa es del lenguaje, cosa que no dudo, la culpa es también de hablantes y escribientes cualquiera seamos.

Es evidente que al padre de Vicente todo ese lenguaje judicial, chismoso, irresponsable, falso, deshonesto, le desvalió radicalmente. Ahora bien, al terminar la obra de teatro en la Casa Encendida, contó a viva voz, que vista la chapuza judicial que en el Sumario puede leerse, el Supremo le propuso pedir perdón para sacarlo de la cárcel y que él dijo que no. Que no tenía perdón algún que pedir, que él era inocente, le echarán encima cuantos sentencias quisieran. Y así lo escribe en una libreta grandiosa -en esas palabras que leídas me vuelven a hacer creer en la palabra-. “Soy inocente, soy inocente, soy inocente…”. Podemos leer al tiempo que escribe en un video que le grabó su hijo. Lo escribe, lo dibuja, lo baila con la mano diría yo, en ese pasaje bello hasta donde la belleza alcanza. Tras haber escrito una lista como de castigo escolar con eso, al lado añade “y tonto, y tonto, y tonto, y tonto”… Os ruego que procuréis ver esta obra de teatro, que la busquéis… porque es pura poesía. Flor desde el estercolero. Que para eso poetizamos, para liberarnos con nuestro más gran esfuerzo lingüistico de tanto daño y tanto mal que nos hace el lenguaje, ese que también, somos.

Y es a ese lenguaje al que Arlandis vence. Todas y cada una de esas palabras que hablaron ese montón de gentes que no saben pero hablan, que no saben, pero dicen. Y todo está registrado, y eso es lo impresionante, comprobar como la comunidad judicial, la policial demuestran qué palabras hacen valer. Policías y jueces demotrando cómo les valen más las palabras de confidentes y chismosos cuyo único fin -y eso lo lees con claridad meridiana en la novela- fue detener, encausar, juzgar y no absolver a un inocente. La inquietante trama, confidente mediante, vecina chismosa mediante, dactilógrafo mediante, se arma para caracterizar a Vicente Arlandis Ruiz como asesino. Así pues en ese Sumario, un montón de lenguas incautas, mentirosas, vendidas y compradas, parlotean y son transcritas por unas personas que cobran salarios del Estado Español por hacer este trabajo. Fiscales, policías, guardias civiles, escogen el relato cuyo resultante crea un culpable. Sumario 3/94 es, pues, un montón de lenguas ejerciéndose, para hacer el mal y hacerlo mal. Por eso leerla es tan inquietante. Pero necesario. Necesario saber que hemos naturalizado, que nos socializamos en una relación con el lenguaje cuyo motor principal es un puro parloteo mortífero.

A mí me parece gravísimo. Y gravísimo, ya no porque el padre de Vicente estuviera en la cárcel tanto tiempo, ni tan siquiera porque su familia se quedara sin casa. Me parece terrible que tanta gente, tantísima gente estemos usando nuestra lengua, nuestra competencia humana para mentir, chismorrear, acusar sin pruebas a otras personas. Gravísimo que otra tanta gente considere su trabajo hacer eso, transcribir la declaración de un confidente solícito o la de una vecina chismosa. Y que como me comentaba Raquel Taranilla, que ese supuesto agente judicial imaginario, tras transcribir textos así, cierre la carpeta y se vaya a casa con sus hijas e hijos a comerse un filete de pescado y a escandalizarse viendo en el telediario lo mal que va el mundo. Obviando que un ratito antes tuvo la oportunidad de usar el lenguaje, de cobrar para usar las palabras con el fin de encarcelar a un inocente. Y que no se puede dejar en la silla del juzgado su lenguaje porque somos nuestro lenguaje.

De este modo, quienes “no tenemos palabra” estamos peor que Vicente Arlandis. Porque no “tener palabra”, va parejo con no poder ser, que es una manera más de hacer el mal. Y lo digo así porque parto de que la minoría la gente que hace el mal, lo hace porque lo quiere hacer o es consciente de estar haciéndolo. Ardent lo nombró como la vanalidad del mal. Fácil, demasiado fácil, sencillísimo hacer el mal. Convendría reconocerlo.

Y volviendo a eso de “no ser”, llego a lo crucial para mí de todo este asunto. Y es que esos usos del lenguaje, tan nefastos, ocultan que en su discurrir acaban convirtiendo nuestras alternativas vitales en no hacer o hacer el mal. Si lo que decimos no importa, si da igual lo que somos, nos dará igual también no hacer nada o hacerlo el mal, sin ni tan siquiera recapitular. Y eso es lo que el Sumario también recoge, como, hasta qué punto, hacer el mal o no hacer nada, es normativo. Porque Vicente lo que una y otra vez nos cuenta es que a esa mujer, a la que acusan de haber matado, él lo único que hacía era cuidarla. Cuidarla, sin más, porque sí, por humanidad. Porque ella no era de su familia, pero estaba muy despistada, y muy sola y muy mayor, y le cortaban dos por tres la luz y la pilló un día buscando comida en la basura, y ese día empezó a ayudarla. Y esa ayuda es, en realidad, el nudo argumental de toda la trama. Es demasiado raro, demasiado sospechoso, insólito que un señor ayude, sin tener por qué, a alguien. Y ahí es donde quería llegar.

Luego resulta que la Justicia tiene también tipificada como delito, la ausencia de auxilio o socorro… que es un delito social constante, porque y eso lo evidencia Sumario 3/94, el sentido común, en sociedades como la nuestra nos indica que no debemos ayudarnos, así como así, a bote pronto… sin más ni más. Por eso el padre de Vicente escribe en ese papel, manuscrito, de manera grandiosa, en la obra de teatro: yo soy inocente, yo soy inocente, yo soy inocente… y tonto y tonto y tonto y tonto. Tonto -interpreto- por no enterarme de que quien atiende y cuida a personas cualquiera, sin mayores explicaciones, corre importantísimos riesgos de tener problemas en esta sociedad.

Por ahora lo dejo ahí porque quiero que, quien pueda de quien me lea, preste atención para ir a ver esa obra de teatro que es el Sumario 3/94, que la vea y auspicie que se represente y/o lea el libro. Para que así pueda leer o ver escrito de la mano de ese señor esa carta que nos escribe para dejarnos más claro, meridiano, que en esta sociedad nuestra, ser listo es ser culpable. Y que esta sociedad está llena de listos metiendo en la cárcel a personas buenas. Mientras, afuera, estamos haciendo sociedad quienes permitimos que este señor esté en la cárcel por cometer la imprudencia incauta de atender a una mujer sola y desasistida, de esas que esta sociedad suele abandonar. Inocente-tonto. Culpable-listo. Mundo de mierda.

Ahora bien, sabéis, en realidad que seamos “unos monos con escopeta” en el fondo me da cierta ternura, cierta esperanza. Como en los documentales de animales, nos comemos unos a otros porque aún no hemos aprendido a hacerlo mejor. La gran mayoría no hemos aprendido, aunque hay algunos que se nombran “tontos” y en notas muy cortas nos escriben y nos explican, cómo funciona nuestro mundo… Insisto id, buscad, comunicar con Vicente Arlandis e id a ver su obra de teatro. Y/o leer ese Sumario. Yo sé que para junio esa obra de teatro se estrenará en el pueblo donde todo esto sucedió, que el libro se puede comprar en la papelería de ese mismo pueblo, de Ibi. Y sí, no tengo dudas que es la novela más relevante de cuantas he leído. Y como acontecimiento cultural, me parece el culmen de la conjugación exacta que necesitamos que decline la cultura. Un “YO OBRO PARA LA VIDA MAYÚSCULO, GIGANTE” que por mi parte haré crecer cuanto pueda… para que nos deje de pasar que cuando a una mujer (enlazo noticia) a la que han violado en una playa, maltrecha y destrozada pide auxilio a unos que corren de mañana antes de ir a su trabajo, no pase que no la auxiliamos, atendiendo a sentido común que vital y culturalmente nos estamos construyendo y que nos advierte: sé listo, tú a lo tuyo, no te metas en líos, algo habrá hecho, mierda de vida. ¡Vayan a ver esa obra de teatro para que no nos pase más eso! Si no que sepamos que podemos asistir a esa mujer, cuidarla, como Vicente Arlandis y su familia cuidaron a la vieja de Ibi, y que nos pase lo que nos pase, eso nos hará mejores personas. Las mejores.