Escribir para vivir mejor.

Mañana nos vamos a encontrar varias mujeres para hacer un libro. Escribirlo, decirlo, llenarlo. Desde nuestra experiencia y nuestro saber.

Nos unirá haber luchado y estar luchando para poder tener una vida.

Nos unirá ser en muchos casos esas “naides” que sostenemos todo, a menudo contra el funcionamiento del mundo. Y por eso seguramente más que trabajadoras, igual hay que acabar llamándonos luchadoras.

Soy féliz porque de nuevo vamos a usar las palabras para merecernos lo mejor. Escribir para vivir mejor porque:

 

Versión 2
“Es mi potestad política ser un sujeto y es algo que debo proteger”

 

  1. Las palabras nos permitirán pasar de ser un cliché (la parada, la pobre, la obrera, la vieja, la chacha, la puta), de ser un pozo sin fondo, un alienado (que etimológicamente es alguien que da sin retorno) a conseguir “ser sujetos”.
  2. Lograr ser sujeto. Sujetarnos. Sos-tenernos. Darnos auxilio.
  3. ¿Qué más derroche que no darnos? ¡Y qué frustrante es cuando no nos dejan darnos, nos dicen que no servimos. Nos derrochan o nos desprecian!
  4. Me pregunto una y otra vez: ¿si usar nuestro talento no es nuestra tarea, entonces para qué vivimos?
  5. La vida podemos cuidarla o no cuidarla. Si queremos cuidarla: necesitamos ponernos a la tarea. Cada segundo. Cualquier tarea merece que, como decía Picasso, la inspiración, nos pille, trabajando.
  6. No muchas veces nos pasa que lo que tenemos para dar, podemos darlo. Necesitamos de la oportunidad precisa y del talento exacto. En ese momento la genialidad está al alcance de cualquiera.
  7. Nada me pone más triste que entregarme a la alienación y la desesperanza. Nada más alegre que atreverme a la potencia de  la vida “inédita”.
  8. Cualquier sujeto que no acepta el sometimiento, deja de ser objeto.
  9. ¡Necesitamos dejar de ser objeto derrochado para consentirnos regalo, abrazo, horizonte, suelo!
  10. Gran parte de nuestra impotencia deriva de que no sabemos para quién o cómo obrar. Saber con quién obrar es prioritario.
  11. A menudo buscar a las iguales nos con-siente. Aunque lo bueno es hacerlo, no para presumir de identidad. (Tan ridículo es presumir de ser rico, como de ser obrera).
  12. Solo asumiéndonos, podemos desbordarnos. Solo siendo la obrera más obrera del mundo descubres -y contigo el resto- que es imposible ser solo obrera, o solo vieja, o solo enfermo terminal.
  13. Las obras que nos real_izan: desbordan lo real. (No se trata de tener la verdad, se trata de serlo. Es mi mantra desde que lo leí por vez primera, se lo atribuían a Kafka).
  14. Si nos real_izamos: lo real deja de ser “lo que hay” y va siendo, lo que vamos siendo. Eso es revolucionario.
  15. De repente, un buen soplido, atinado y preciso, derrumba el castillo (de naipes) porque ya no lo queremos sos-tener.
  16. Mañana -lo iremos contando- quizá iniciemos un libro, habrá muchas mujeres allí de las que ya lograron que ciertos señores tuviera que ir a El Corte Inglés a comprar “Somos Cocacolaenlucha”.
  17. De repente un libro (de esos que tanta gente dice que ya nadie lee, o nada dicen y nada logran…) consigue que un/a empresaria tenga que aprender de su plantilla. Algo, cuanto menos, profundamente democrático. Y que el empresariado valioso, sabe aprender a hacer.

(Retomo mis notas para la reunión desde este texto y este otro).

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Y sí, hermana, dan ganas de quemar gasolineras.

Sonia y yo suscribimos un contrato en agosto. Ella me sostiene para que yo le haga escribir. Le llamamos “autor_izar_nos”. Esta conversación es un balance de  lo que vamos aprendiendo.

Sonia:

Desde que hemos empezado esta relación de acompañamiento en la escritura, entiendo mucho más tu determinación cuando afirmas que nos han robado la potencia del lenguaje y que, con ese robo, han mermado mucho de lo que somos. Quien dicta qué es literario y qué no, sustrae vida. Y sí, hermana, dan ganas de quemar gasolineras.

Pienso en el padre de H., causa de sus problemas, obsesionado por el trabajo y el dinero, antípoda viviente de lo que ella significa, diciendo torpe pero certero: “Hija, ¿por qué no escribes…?”.

Sin saberlo, al valorar su palabra, la está por fin legitimando, después de más de tres décadas. Magia…o justicia universal.

Vuelvo a nosotras y a nuestro pacto: con él firmo, implícitamente, un compromiso conmigo y con la vida que quiero. Sabes que como cláusula del contrato incluí: “Hablarle a Eva, siendo Eva el mundo al que quiero hablar porque es el que amo”.

Qué estamos consiguiendo: a ver…¿puedes imaginarme desnuda y saltando sobre una enorme piscina, los brazos abrazados a las rodillas, ojos cerrados y rizos voladeros? Hazlo; así estoy.

Dialogando con todas las voces que albergo, amistándome y riendo con ellas; así estoy. Desdoblándome en varias Sonias unas veces, otras convocando a mis iguales para que escribáis conmigo, siendo un nosotras que abriga y me da fuerza.

No sé de dónde han sacado que la escritura es un acto solitario; a mí se me llena esto de gente cuando me pongo a teclear; las que estáis y las que no, las que se fueron pero renacen en este limbo curioso que es el negro sobre el blanco.

Y todo esto va sucediendo de tu mano, en textos que vuelan semanalmente hacia ti y de los que no recibo más que aliento cuando regresan leídos y felices.

Creo, además, que el lenguaje también se mastica, puede dar vueltas en la cavidad bucal como un caramelo (o hueso de aceituna, que nos gusta más) y luego tragarse, o no. Pluf….fuera.

Degusto pues mis propias palabras; algunas acaban en el texto que tú finalmente lees, otras caen por la mesa como canicas y ruedan por el suelo.

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Eva:

Recuerdo que cuando iba a lanzar el taller de escritura en la librería de Madrid, colgué un vídeo de una persona hablando en alemán, mirada de lado, grabada desde un aparato de rayos x, sin carne. Impresiona ver todo su aparato fonador, afinando el sonido preciso que conforma cada palabra. Marvin Minsky hablaba de todas las destrezas que no apreciamos poseer tras años y años de esfuerzo. Tanta maravilla de la potencia humana que, oye, nos la sopla cada día que despreciamos la maravilla de hablarnos. Sin embargo, como monos torpes, nos empeñamos en lo que no vale, en lo que yerra, en lo que no logramos.

Un puro instinto de supervivencia desde niña me impidió atender a todas aquellas personas que me decían que no debía hablar sola. Lo seguí haciendo, y ahora de vieja, más. Hablo para comprender lo que me pasa, para simularme en conversaciones que no habitaría o habitaré, hablo para hablar con quien no pude. Todas las vidas que quise materializar, las imaginé detalladamente y las hablé… Recuerdo mis conversaciones con Latoya Jackson, preocupadas ambas por el rumbo doloroso que cobraba la vida de Michael. Cuánto y qué plenamente amé a Michael Jackson y cuánto pude pensar en qué suponía eso de triunfar y que abusen de tu talento y ames la niñez y los árboles. Hasta ahí, jajajaja… Dejo este recuerdo.

Es comprensible que luego, cuando al fin escupí una novela, y me dijeron que las novelas se hacen así y así, y para que funcionen es así y así, yo no pudiera entenderlo. Se me quedaba enano eso del análisis sobre lo que triunfa, funciona, da dinero de la escritura. Como dijo H. -la misma a la que su padre le ha sugerido que escriba- “Tiene que haber algo que quiera decir, porque querer decir algo es como querer vivir”. Yo sé bien, sé perfectamente cuando hablo lo que quiero decir y cuándo no puedo. Sé también cómo me sienta no hacer lo que necesito. En general, de hecho, me cuesta diferenciar la acepción “querer”, de la de “necesitar”. Es claro que no siempre puedo hacer lo que quiero, pero desde luego o lo hago de cuando en cuando, o creo firmemente que no sería una persona que mereciera vivir. Me mataría o habría de ser erradicada del planeta. Diría incluso, ya puesta a tomarme las palabras para discernir, que necesitar es simplemente una acción más cortoplacista. Pero querer, es vital. Si no queremos nada, no vivimos y podemos de tanto no beber, hasta olvidar la sed de agua y volverá a ser un “querer vivir” lo que nos haga beber, y no la propia sed. Lo que quiero, pues, lo necesito. Eso también se nos ha olvidado, porque razonamos poco con el lenguaje común y corriente que ha de servirnos para la vida. Sin más.

Total que sí, que esto de “autor_izar_nos”, “izar a lo real”, “real_izar_nos”, jugar con las palabras, ponerlas al servicio de la vida, quizá haya sido mi voluntad más constante desde la infancia. Lo sé ahora.

Por eso, aunque me gusta escribir y que me lean y lloren o rían quienes lo hacen, eso de escribir y que al lado de que yo lo haga, ocurra que otras no lo puedan hacer, o no deban o parezca que no merecen hacerlo, me parece una aberración. Pero sucede que la gente no habla apenas, y menos escribe. La gente no hace uso de su lengua para vivir, para soñarse, para disfrutarse más que apenas como una receptora pasiva. Y yo siempre lo digo, ¿qué derecho tengo a pedirle a la gente que se haga cargo de sus palabras, de sus campos semánticos? Pues el mismo que a pedirle que se hagan cargo de su alimento y anden y dancen y construyan su hogar. En cuanto puedan y cuanto puedan. Me he alargado con esto pero me parece vital aclararlo.

Hemos de saber qué nos dicen las palabras que tenemos en la cabeza. Qué nos hacen decir, y qué queremos decir. Nombrar nuestra percepción del mundo, apreciar nuestro entendimiento, nuestra voluntad, es completamente imperioso.

Me quedo aquí, y aún no he mencionado eso, que mediante este contrato nuestro he descubierto, de que entre tus palabras adivino tus gestos, incluso las formas de tu cuerpo. Algo que me llena de gozo, aunque lo cierto es que aún no entiendo qué significa.

Sonia:

Te leo y no puedo dejar de pensar en tu expresión aquella tarde, debe de hacer ya diez años: presentabas en la FNAC tu novela “Inmediatamente después”. Arriba, en la tarima, creo que te acompañaba tu editor y Quique Falcón, que hizo un bonito análisis del libro. Iba a decir que este último y tú desentonabais en ese espacio, pero lo tuyo no era desentono, era tristeza, algo como “por qué estoy aquí arriba, qué oficio y qué poder me colocan en este lugar”.

Ese día, por si había dudas, supe que tú no serías una “escritora” al uso, que te ibas a bajar de ese carro de “nuevas promesas” de aquella editorial. Pulpa en garaje intelectual, rebelde de la literatura rebelde.

Esta escena se me presenta como ejemplo de ese malestar que nombras cuando sientes que no estás haciendo lo que necesitas hacer. Cuando estás siendo forzada a ser -en ese caso una “escritora” de la manera que hay que serlo- y ves que tu potencia se apaga, que la niña deja de hablarle a la vida.

Hablar. Me fijo en que utilizas este verbo como sinónimo de escribir. Quiero pensar que también leer, nombrar, cantar, pueden ser sinónimos en este empeño del decir.

Ya sabes, porque te lo dije, que yo escribiendo estaba por fin aprendiendo a cantar.

Cantas sin convicción”, me dijo una persona muy querida hace casi veinte años. Veníamos de una de aquellas sesiones en Matisse en las que versioneábamos temas, y yo era algo así como la segunda voz oficial, la que inventaba armonías para, como decía mi profe de canto, embellecer a las voces principales. No está mal la tarea de embellecer, para nada lo leas como algo negativo, y el cantar con otrxs me ha proporcionado placeres enormes. No tanto el hacerlo sin convicción, oculta o con miedo.

Por eso quizá yo hablo ahora de voz al nombrar mi escritura, porque quizá es el resultado de haber querido cantar mucho, cantar fuerte. De haber practicado y formado un aparato fonador como el de la imagen de la que hablas que, años y años después, se permite sonar, se hace oír y lo hace con toda la convicción, al menos con toda la que puedo lograr. Una voz que se sigue resistiendo a ser solista y convoca a quien se acerque para formar coro, pero ya por militancia, no tanto por miedo.

Y sí, cantar contigo, de tu mano, está siendo un placer enorme. Imagino que el que se siente cuando se hace lo necesario.

Eva:

Jajajaja…. Hablar por escribir. Pues sí. Charlatana y charlarina, charlatodo, bocachancla. Laia cuando vamos por ahí con otra gente, o solas, suele cogerme la mano fuerte y cerca de mi pierna. Y cuando digo lo que no debo, o lo que no quiere que diga o lo que no sé ni qué digo, jejejeje, me pega en la pierna y sonríe. He aprendido a divertirme con mi bocachanclez. Lo que pasa es que a veces digo unas cosas que me dejan completamente perpleja, iluminada, maravillada, plena. Y me atiendo. Me comprometo con eso que digo, eso que sé, porque es verdad para mí, porque lo he de hacer.

Me encanta hablar y en general sé que emociono haciéndolo, pero lo hago raro, lo de hablar en público. Hablo bajito en las charlas (la mitad no se me oye, desvarío) y es que no me puedo preparar qué decir, porque no creo en tener nada que decir que no tenga que ver con a quién lo digo. Y luego, con la palabra, soy impúdica, presente puro, F5 actualizar, cada segundo es el primero y el último, pone en juego el sentido de mi vida y claro a menudo produzco un estupor que necesita generar una intimidad o una disrupción…

Tú y yo hemos conversado tanto. Como dos loquitas a la orilla de la playa, vuelta y vuelta. Comiquísimas, maravillosas. Y sí, tras mi novela me dijiste eso que yo tampoco olvidé nunca de que no querías que se la pudiera leer todo el mundo. Me marcó. Claro que sí. No todo el mundo merece todas las palabras que tenemos para decir. Ni muchísimo menos. Claro que yo creo en las palabras como en el amor, como posibilidad de desarmar nuestras previsiones de alcance. Quijotas at the power.

Y sí, yo quiero que la gente escriba porque creo que no hay nada que deteste más que el desperdicio, el me guardo por si no sirve, el derroche de talento, la falta de arrojo y la medianía. Porque además juro que no creo en nada que no sea lo porvenir que desconozco y a lo que estoy abierta y entrego mi vida.

Hablar por escribir, escribir por cantar, he leído que antes fue la música que la palabra. El ritmo. Sonarnos. Olernos. Escucharnos. Decirnos. Nombrarnos… Pues sí querida mía, soy feliz porque escribes lo que soñé leer y de paso te quiero, aún más que te he querido toda la vida -menos cuando nos enfadamos, y no te hablé hasta que me emplazaste a hacerlo o perderte- y entonces hablamos tanto que aún recuerdo a la Chauxi, Santa Chauxi, bendita Chauxi, odiándonos. Por cierto ¡qué bueno nos fue ese silencio! Porque después de ese silencio y ese atiborre de reproches, ¿recuerdas?, me escribiste por primera vez ese texto que me ha enseñado más de mi funcionamiento en relación que ningún otro… el “Desnudo y desiderata”. ¡Qué maga! ¿Oye no seremos las dos unas autoras colectivas… tremebundas… ? ¿Y qué opina H? Pasáselo…

Sonia:

Hoy quiero tirar de un hilo que has lanzado: escribir lo que siempre hemos querido leer. Porque pienso que realmente solemos hacer lo contrario: leer lo que nos hubiera gustado escribir, buscar en letras ya legitimadas algo de nosotras, algo que nos defina o al menos que nos encuentre. Y nosotras ahí, agazapadas, buscándonos con una lupa. De vez en cuando, pum, un destello, un instante que convierte el papel en espejo, magia.

¿Y qué podemos escribir que siempre hayamos soñado leer…? Empiezo yo:

– Que a esto le queda poco, que quejarse no es suficiente y que tenemos propuestas viables de vida mejor.

– Que el mar no lo cura todo, ni es cierto que la belleza nos vaya a salvar, pero tenemos palabras para nombrarla. Leí a Tania Ganitsky:

“El mundo va a acabarse antes que la poesía

y habrá nombres para diferenciar

el olvido de la fauna

del olvido de la flora

(..)

Y habrá un léxico de adioses,

porque se dirán de tantas formas

que llenarán un libro entero,

que es lo que quedará del amor,

de la literatura.”

– Que vamos a empezar a cambiar los términos: no más deconstruir, más ponerse en valor. No esperar sino reconocer, no más el reflujo de la actualidad de redes y medios; testimonio de lo que ya es vida vivible y apenas se ve debajo del puré con grumos que se nos impone.

Retomo: yo aquel viaje de vuelta después de nuestro último desencuentro hace casi diez años, Evita, lo pasé llorando; habíamos perdido la palabra, yo ya no encontraba las mías y tú ya no eras mi espejo con gafotas. Al llegar escribí de un tirón el Desnudo y desiderata y lo lancé como botella al mar, esperando que el lenguaje nos salvara, como tantas veces. Así fue, y es que tantas veces el desamor es no poder decir…

Eva:

Y no poder decir, es no poder amar. Así de simple.

Sin embargo temo que esto que nos decimos, como mi empeño en “hacer escribir”, sea situado en la lista de las cosas menores. Me aventuro a ser puesta donde el macramé o el patchwork. O aún peor situada, porque es tal la devaluación de nuestra íntima responsabilidad de producir sentido en nuestras vidas, que efectivamente acabamos con el mundo antes, y también y sobre todo porque no somos poesía.

Orangutanes, fieros repetidores del estruendo y la idiocia. Pensamos que nos podemos pasar la vida sin decirnos, contarnos, escribirnos. Que es un lujo. Cosa de quienes valen para las palabras que renunciamos a usar. Me da mal. Que decía mi abuela. Por eso yo sigo en mi rinconcito. Ahí, bien marginada, encontré una libreta de mi abuelo recién encarcelado tras perder la guerra. Leyendo su “Pensamiento del 4 de febrero de 1941” supe lo más importante que he aprendido sobre la guerra civil desde que la vengo estudiando: que quienes nombraron a mi abuelo derrotado, fueron quienes creyeron haber ganado. Pero que mi abuelo no perdió jamás. “Ahora que aún estamos a tiempo” repetía en esa carta mi abuelo lleno de pasión por vivir y esperanza.

Cuando llamo a escribir y dejar archivo llamo a eso. A darnos vida. La nuestra. La que vendrá. La que aún no sabemos. Y que nadie nos puede nombrar, explicar. Porque hemos de dárnosla. Comiendo, respirando, hablando. Escribir es retener el habla. No tiene más valor. Es bastante pero no es para tanto. De hecho, lo del vértigo ante el papel en blanco, no es ni más ni menos que un síntoma de la eficacia en la expropiación de la potencia de la lengua que estamos sufriendo las personas más que cultivadas, arrasadas, diría yo…

¿Lo dejamos aquí a ver como le resuena esto a H, F, MJ? Hoy a MJ le he metido un repaso para que escriba, pero es que yo necesito que escriba la autora de la frase: “la vida empieza en cualquier segundo, en ese que te despierta dándole su sentido y no tiene más duración”.

Nosotras además sabemos lo que nos va a suceder, tú ya nos imaginaste “Bandada de pájaras”. Amo ese texto tanto. Lo copio.

Cómo sucedió.

Siempre lo supimos: aquella forma de vivir podía terminar en cualquier momento y nosotras estaríamos preparadas; más que preparadas, lo estábamos esperando.

No conozco ya a nadie que no escriba lo que piensa, o lo que no llega a pensar pero brota igual de sus manos como fuente. Y así nos vamos reconociendo: olfateamos cuadernos, hojas cuadriculadas, gusanillos, minas de lápices cansados ya pero felices.

A mí me sigue gustando jugar con las palabras; hoy quiero que las cosas no duren, sino que blanden. Río con la blandación recién inventada, como una niña. Ando también cambiando odio por oído, por opio…

El resto de pájaras me mira, me lee y ríe conmigo. Empezamos despidiéndonos y eso nos acercó más y más; ya no recuerdo el tiempo aquel en que expresarse no tenía valor, en el que separábamos vida de palabra como quien pela una naranja. Qué lejano todo.

Y quién me iba a decir que finalmente aprendería a cantar escribiendo. Que emito sonidos infinitos y que no solo me define aquel que se escucha: también y sobre todo el que se lee y se mira. Y que, al final, todos son la misma voz.

Todo aquello…los empeños por ser, las identidades, las exigencias, las cápsulas personales, la admiración por eso que llamábamos cultura, se deshizo un día; justo cuando decidimos no verlo y ponernos en su lugar, con miedo al principio pero con determinación de bandada.

Ahora nos falta espacio para recibir a toda esta gente…mujeres que quieren ocupar blandamente una silla en el círculo. Pájaras que llegan atraídas por las corrientes y se sacuden las alas en la puerta, sonriendo. Algunas se quedaron y escribieron con nosotras, otras se dejaron leer como quien se abandona a una caricia, otras solo se sentaron y respiraron hondo.

Ahora queremos escribir entre todas cómo fue aquello; cómo sucedió que nos quitaran el valor y les dejáramos hacerlo, durante tantos y tantos siglos.

Hacer escribir

Desde que inicié el pasado año el taller #escrituras_para_autor_izar_nos  he defendido mi propósito de sostenerme, darme un oficio, haciendo escribir a quien lo desea y necesita. Suena raro, eso de recibir bienes (intercambiados en trueque o en dinero) y encima “hacer escribir”. Con todo estoy empeñada en “real_izar” escrituras de personas que gustarían de escribir y no escriben, porque no se han atrevido, porque no se han sentido autor_izadas, porque se han creído que no merecía la pena, o que no merecían ellas disfrutar de ese bien.

Insisto porque somos nuestra lengua. Y del mismo modo que no dejaríamos de comer, ni de pasear, no debemos renunciar a hablar, leer y escribir. He escrito muchísimo para dinamitar todo aquello que cuestionó la potencia de mi lengua para vivir mejor. Finalmente he acabado haciéndome una vida alrededor de la producción cultural y los libros. La relación entre nuestro obrar y nuestra vida, me obsesiona. Necesito, cuanto puedo, hacer aquello que creo hacer mejor. No me asusta equivocarme, no me fío de la culpa, solo disfruto cuanto puedo de mi derecho a ser responsable con mi propia vida.

Es por eso que me abro a acompañar procesos de autor_ización, real_ización de escrituras. Acompañar de una en una, me interesa especialmente, suscribiendo “contratos” con quienes quieran escribir, lo que sea, durante un tiempo. A su ritmo, desde su más preciso y precioso talento y valor, con todas sus vidas por delante, detrás, y a los lados.

El resultado de todo esto, será además de la obra producida, también un “cuaderno de campo” que dará cuenta de nuestra relación. Ofrezco leer detenidamente y conversar cuanto sea necesario -por escrito (conversaciones en messenger, whastapp, o telegram) o hablado (por skype y grabado)- alrededor del proceso de producción que quien va a escribir, me irá compartiendo. El principal objetivo de mi oficio será hacer_escribir, y que lo hagas hasta que la obra que produzcas esté preparada para independizarse de ti e ir hacia el mundo.

Guardar registro de lo que nos decimos, detenernos en nuestras palabras, retomar nuestra biografía literaria, autoetnografiarnos… será gran parte de lo que haremos. Hacer(te) escribir contra la impotencia, la expropiación de tu capacidad de producir tu lengua para comunicarte, imaginarte, para ser como eres poesía y mundo. Producir obra(s),  reapropiándonos de lo que podemos ser, y darlo.

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Emma Cohen: Asuntos interiores

 

 

Emma Cohen en sus últimos tiempos se había retirado del mundanal “ruido de sables” de la cultura española. Se fue a la Luna, un chalet que era un estudio gigante. Ahora Helena que es por quien sé lo que os cuento, vive allí. A Emma no la conocí, cuando Helena hizo Negrablanca, que a mí me pareció una proeza, Emma, que ahí supe que era su abuela postiza, le aconsejó que hiciera cine “de verdad” y se dejara de perder el tiempo con Cine sin Autor. Concluí rápido: otra más que renuncia a hacer desde la cultura algo más que quejarse y cobrar. Luego llegó la noticia de su enfermedad y su muerte y se me hizo tarde. A ratos, me arrepiento porque Emma supo hacer lo que para mí es más importante. Supo morirse. Escogió cómo y así lo hizo: murió sola, “soñando que volaba”.

Que estaba escribiendo una novela, Helena lo sabía, porque le iba contando Emma cuando pasaban días juntas en esa casa, de la que Emma no se movía, y en la que ahora Helena se ha quedado entre otras cosas archivando la obra constante, producida por Emma y su pareja de hogar, Fernando Fernán Gómez. En su ordenador Helena encuentra una novela, llamada Asuntos interiores y terminada en un guión de diálogo,  esperando a ser publicada. Emma había pensado en algunas editoriales, no en esta, para la que yo edito. Ninguna, sin embargo, quiso publicarla.

Entre tanto Helena, animada por mi interés renovado hacia Emma, me pasó otra novela. Justo la primera Toda la casa era una ventana. Lo cierto es que me desagradó. Estaba bien escrita pero el asunto de la belleza, de cómo hacían uso de esa belleza sus protagonistas me repelía. Problemático para mí ser mujer y poder ejercer la belleza. Ser preciosa sin ser objeto de deseo. No imaginaba otra posibilidad que la de despertar codicia y haber de responder con pasividad. ¿Cómo lograr ser generosamente preciosa? ¿Cómo producir belleza activa? A eso responde Emma Cohen en sus Asuntos interiores que, finalmente, editamos en la “Oveja Roja”. Vital, desafiante, impúdica -como esa Emma de las fotos- su protagonista Carmela Kilcoyne, es una mujer bellísima, entregada con todo su valor, a poner en juego toda cosa, por perturbadoramente bella que fuera.

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Quizá Emma no funcionó como narradora porque como respondió en una entrevista  “los mitos eróticos no escriben novelas”. En esa Españota suya, efectivamente así fue. No la leyeron apenas. Emma pudo hacerse Gallina Caponata además de musa del underground. Y “res més”, que diría en su catalán natal, Emmanuela.

Pienso ahora, que lo bueno de morirse y dejar obra escrita es que si esa Españota da para más, cabrá averiguarlo. Recién editados esos Asuntos Interiores, justo dos instancias de mujeres preciosas, la Tetera y la Unifeminista, han escogido leer juntas, “Asuntos interiores”. La novela que Emma dejó de escribir, al tiempo que dejó este mundo, con un guión de diálogo. Claramente, el final nos invita a seguir escribiendo. Yo, por ahora lo dejo. Esperaré a estas lecturas para decir más. Como el caracol “Misterio Republicano”, protagonista final de Asuntos Interiores, mi cultura española va lenta, pero brillará con un fulgor inaudito.

 

No estamos mal

A veces mi vida me emociona. Me llena de lágrimas, me pone a llorar, me desconcierta. Mi corazón late, me recuerda que existo. Me sucede que ahí me asusto, como anoche, porque llorar, si no estás viendo una película, parece indicar que tienes un problema. Lo normal no es que tu vida haga latir tu corazón, si no que lata sin que tu vida se entere. Lo normal no es llorar, ni sentirte de los pies a las orejas con la tapa del cerebro a punto de levantarse.

Querer esa experiencia extraordinaria, me cuesta hasta a mí. Y eso que llevo años empeñada en hacer de mi especificidad un centro, por si sirvo para algo. De niña, estos días, hubiera querido ser la buza que salva a esos niños tailandeses encerrados en una cueva. Hoy por hoy acepta que esa cueva, esos niños que me miran desde la tele de mis padres, constituyen mi corazón. Un corazón que no se supone infalible para poder seguir viviendo. Por eso cuanto vivo, lo celebro.

Esta “forma de vida” mía es rara. Hasta yo, me extraño de ese “a flor de piel”, de esta manera tan intensa en sentimiento suscitado desde lo más anodino. A veces me cuesta querer cuidar eso que más soy. Cuidar esa forma mía, que a veces aprecio como un don que tengo y a veces como una disfuncionalidad.

No por capricho, hace ya años me bajé de los telediarios –solo los veo cuando estoy con mis padres-, y también, me bajé de toda meritocracia. Cada día lo vivo como si ordenar las bragas de mi madre, escuchar atentamente a mi hija, o darme un oficio mereciera tener, exactamente, la misma importancia conmovedora.

Por eso cuando llegué esta semana a estar con mis padres, y mi madre, nada más llegar, me lleva corriendo a la ventana y me cuenta que una joven de trece años se tiró de un piso alto del edificio de enfrente a la derecha, he tardado días en encajarlo. Miro una y otra vez ese, también, anodino edificio, esa ropa colgada que no cambia, y busco la noticia en google y no la encuentro.

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Esa muerte no ha sido noticia. Pregunto a mi vecindario y me dicen que es una plaga, incluso ironizan con esa finca y el peligro de que te caiga un suicida encima si pasas por debajo. Reírse es necesario. También llorar el silencio de después. Y escucharlo, oír ese silencio tan atentamente que acabe resonándote el tórax, en lo que podría llamarse ataque de ansiedad.

En pleno llanto, anoche, sin embargo, me calmó recordar a mi madre, que últimamente, mete a todos sus muertos en la cama. Mi abuela Carmina, mi abuelo José ocupan ese lecho, son invitados a entrar con la misma cariñosa ternura que nos mete a Laia y a mí misma. Opto por no nombrarla demente, o enferma de alzhéimer. Me resulta más bien pura sabiduría de quien ya está más allá que aquí. Me calma el llanto, finalmente, y escribir este texto que me sirve para imaginar a mi madre invitando en unas noches a esa adolescente, que ya no vive en el barrio, a su cama. Para ella, todos mis respetos y el amor de mi madre. Muchas personas atesoramos suicidas cercanos. Quiero creer que no tener miedo por inútiles, fracasadas y anodinas que se presenten nuestras vidas, pueda servirnos, en este aquí, que, a menudo, es tan bonito poder vivir.

¿Libro político o idiota?

 

Con Alfonso Serrano sostengo una librería en Madrid que se llama Contrabandos y que anunciamos defiende la edición “política” y una cultura “materialista”. En este texto, escrito hace tiempo, aún manejaba la idea de que lo contrario a la política era el mercado. Ya no. Alfonso, a raíz de la celebración de la Feria del Libro Político de Madrid, me recordó que en Grecia quien no se preocupaba de la política era un idiota. La etimología resguarda el saber de los pueblos a lo largo de la historia. Es maravillosa. Y sí, no me cabe duda, es una idiotez no producir, conscientemente, nuestros bienes culturales. Publico pues este texto para pasar a otros.

 

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Relacionamos cultura[1] con compromiso y desde la producción de libros, nos ponemos en el horizonte la palabra «bibliodiversidad». Me pregunto: ¿cuál sería la contracara? Respondo «la bibliomonoforma». Me inspira ese concepto la «monoforma»[2] acuñada por Peter Watkins, director de La comuna, una película a la que recurriré al final de esta charla-texto para impugnar con imágenes un universo de sentido.

¿Qué libro sería monoforme? Contesto: uno con finalidad mercantil, masivo, perpetrado para un público al que hay que «enganchar» con libros pues seductores, persuasivos, narcotizantes. Libros clónicos y perfectamente funcionales a ese pacto incuestionado de ensalzar la lectura. Un modo de la lectura, inaugurado en la modernidad, individualizante, que otorga al que lee categoría superior, que señala que leer es leer y que un libro es bueno.

Ese pacto, «contrato cultural», que deviene mercantil y que pingües beneficios a minorías por el consumo masivo de «sus» productos. Un pacto favorecido también por regímenes de poder que son/y necesitan ser regímenes de sentido. Ejemplo: el Grupo Prisa vendiéndonos un modelo de transición democrática, mientras con una Santillana auspiciada en el final del franquismo, conquista en América Latina desde las escuelas a los medios de comunicación de masas.

Me interesa sin embargo averiguar las posibilidades de reversión. Y para eso voy a reivindicarme como una materialista extrema. ¿Qué significa esto? Que me voy a prohibir ampararme ni en el comunismo, ni en el capitalismo como paradigmas. Agradezco las formulaciones que como la de David Becerra[3], evidencian cómo la literatura española tras la dictadura naturaliza formas de vida «capitalistas» como únicas posibles. Ahora bien insisto, cómo rompemos con esa realidad «obvia».

¿Y si no aceptáramos la propiedad y uso y disfrute de los medios de producción de la cultura por un grupo muy reducido de personas? ¿Podríamos tomar por parte del pueblo (sirva la gente, las cualquieras, agentes excluidos) los medios de producción de la cultura, en este caso de los libros y por tanto de la palabra, el discurso y la edición? Esa es la pregunta sobre la que me he montado –con algunas personas– los últimos diez años.

Podemos una y otra vez hacer el ejercicio descriptivo de la «patología»: que si la posmodernidad y su sofisticación, que si los nichos de mercado, que si el lector adicto a una cadena de productos, que si el autor que puede profesionalizarse y su condena a producir ciertas obra por periodo, sin salirse de su marca, de su capital simbólico que debe nutrir como un especie de Gollum verduzco, envilecido, velando por su anillo.

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En mi caso, entro en cortocircuito cuando «se»[4] me impone pensar en la cultura como el lugar donde los autores atesoran un capital simbólico, como tesoro de barco pirata. Me declaro insurrecta a esa semántica del tesoro (victoriano, de la pura lógica calvinista). Desierto. No. Otras cosmovisiones saben que el tesoro del mundo es el mundo. No el oro. El tesoro es la vida, no esquilmarla.

La cultura, nos demos o no cuenta, es socialmente sostenida, es el resultado de la obra de la gente sobre el mundo. Y podría por tanto hacer crecer el tesoro del mundo, si logra poner en juego un talento de lo humano que nos realiza. O puede no hacerlo y entonces la cultura “se” presenta como escasa, usurpable, robable. Así pues, no lo olvidemos, tanto hace cultura quien cada fin de semana va a un gran centro comercial a comprarse palomitas y ver una película de Hollywood, como quien gestiona un centro social para hacer obras de teatro colaborativo abiertas a la gente del barrio. La cultura no es que sea un derecho, es que sobre todo es un hecho social. Eso no lo ignoremos. Y por eso la cultura no deberíamos aceptar que pertenezca a nadie, porque la mantenemos todo el mundo. De hecho, sostener un modelo cultural es un prerrequisito de pertenencia a una sociedad. Véase sin ir más lejos las pruebas para la obtención de nacionalidad en diferentes sociedades porque, a diferencia del arte, la cultura sí debe «tenerla» la gente corriente.

Ahora bien ¿cómo tenemos la cultura? ¿La tenemos impuesta, la poseemos de algún modo, la hacemos? Insisto en que mi apuesta es hacerla. Intervenir el mundo con nuestro hacer. Y yo ahí evoco a mi tío que fue pescador y tuvo una huerta en Asturias y añoro su «cultura» de la pesca y la huerta. Y traigo a mi mente también pasajes de la película de La Comuna y la algarabía del pueblo de París autogestionándose la representación y hago presente y honro a mi abuelo materno y su participación en un grupo de alfabetización y teatro, en Pedralba, en la II República.

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Les 451, un grupo de franceses que organizaron unas jornadas con agentes de la cadena de producción de un libro (desde un tipógrafo, a un trabajador de Amazon o una librera) y que también escribieron un «Llamamiento»[5] señalan que «existe un paralelismo sorprendente entre la historia de la producción agrícola y la del libro». El mismo modelo produce un tomate transgénico y el libro electrónico. El mismo se cepilla la sustantividad del tomate de verdad que ha tenido que pasar a llamarse tomate ecológico. Les 451 lo advierten: el libro electrónico «es un archivo informático», nunca debió llamarse libro. Y entonces se preguntan: «¿por qué parece tan accesorio el hacer que medio y mensaje sean coherentes a la hora de producir un libro?»

Y sí, me digo, ¿por qué no nos cuestionamos el modelo de producción material de la cultura? ¿En qué medida ese modelo imposibilita un libro que –como desean Les 451- sea un «objeto social, político y poético[6]»? Sigo pues con el tomate para poder seguir averiguando ¿qué necesitaba ese tomate «de verdad»? Y contesto: del campesinado que cogía unas semillas y las guardaba y las intercambiaba. Requería de una comunidad agrícola cuyo beneficio consistía en comer ricos tomates cosechándolos. Necesitaba de una puesta en juego de saberes y mundo, que permitía a esa comunidad, quemar todo el campo y volver a empezar.

Así pues sin despegarme de las condiciones materiales de producción defiendo que la «bibliodiversidad» sólo es posible desde una comunidad que produce sus libros. Libros a los que aportan sus saberes, de los que es soberana, y que ponen en el mundo para mejorarlo. Una comunidad que activada permitiría un concepto de la autoría como riqueza infinita. Así pues frente al autor-marca condenado a repetirse para corresponder a su nicho de mercado, reivindico el oficio de «autor» que muta, se desdice, cambia.

Ahora bien, y ahí un meollo, ¿cuántas academias permiten la disidencia real con el paradigma dominante? ¿Cuántos poderes consienten «autores» que no les conserven? Una tensión insoslayable, pues, la que la cultura debe sostener con el poder. De ahí la necesaria irreverencia del autor a la autoridad. Porque la autoridad no construye; conserva (y así el constante desprecio que el poder ejerce sobre toda cultura que no controla o no le da beneficio). Sabe el poder que es desde la cultura desde donde puede ser impugnado. De ahí la potencia que para Cine sin Autor tuvo el gesto de nombrar la «sinautoría» como gesto fundante frente a la potencia neutralizadora del autorizador cultural o del «autor».

La mejor manera, yo lo he vivido, de desposeer a un pueblo es hacerle la cultura. Imponerle un cultura que le deja impotente. Contarle cuentos para dormitarlo. Restada la potencia de la gente de actuar sobre el mundo, usurparte la vida es una carrerilla. En este Estado español nuestro eso lo hemos comprobado. Como nos vendían un modelo de crecimiento que era puro endeudamiento. En lo inmobiliario es clarísimo.

Necesitamos, me atrevo a conjugarlo en plural, revisar nuestro contrato “pueblo-cultura”, que no es siquiera un contrato social sino un contrato entre élites no plebiscitado, lejos de cualquier democracia real, aún apenas acontecida. Democracia  cuya sustantividad exigiría suspender esa concepción de la cultura eurocéntrica, socioclasista, étnico-racial, patriarcal, plutocrática y derrochadora de gente.

Difícil, porque esa concepción lleva fraguándose desde la modernidad. Nada más lejos del «encuentro social» que alegra a los 451 que lo que supuso el libro, vía imprenta. Incluso puestas a reconsiderar habría que revisar la propia escritura.

Ana R. Mayoragas, en su libro Arqueología de la palabra[7] asegura que la escritura contribuye a distanciarnos de la realidad y de la solidaridad de grupo que define al individuo y su lazo social. Moragas nos insta a dejar por un rato de creer en la dicotomía entre un pensamiento primitivo y mítico frente a otro evolucionado, racional y lógico. Así nos permite apreciar que en entornos ágrafos el conocimiento necesita ser sostenido por la comunidad. Es la memoria colectiva la que olvida y actualiza un conocimiento en un permanente reajuste entre pasado y presente. Lo define como pensamiento homeostático, frente al que se abre el horizonte hipoléptico permitido por la escritura que facilita un pensamiento abstracto, general, escéptico y crítico y polémico al que le basta un individuo, el autor.

Recoge Platón en un diálogo de Fedro en referencia a Sócrates[8] «el descubrimiento del alfabeto creará el olvido en el espíritu de los que aprenden porque no usarán la memoria, confiarán en los caracteres escritos externos y no se acordarán de sí mismos… No les dais a los discípulos la verdad, sino solo la apariencia de verdad…». La escritura, pues como un obstáculo epistemológico, en tanto autonomiza el objeto de pensamiento fuera de la persona y la sociedad, dándole valor afuera de las sociedades que permitieron que se fraguara, que fueron su referente de realidad, de verdad, de materia. Un valor, más allá y desvinculado, esencialmente, de sus productores.

Describe bellamente MacLuhan en El medio es el masaje[9] cómo la escritura antepone el ojo al oído. El ojo es distancia y no inclusión. La escritura, nos dice, necesita ser mirada y esa mirada exige linealidad, progreso. No me puedo detener pero sí quiero, como señala Tiqqun en la «Hipótesis cibernética» reconocer su apreciación sobre que el poder es «logístico y reside en las infraestructuras». Aparentemente neutras, esas infraestructuras. La escritura, sin ir más lejos, como señala Almudena Hernando[10], «contribuye a distanciarse de la realidad y en cierto sentido a dominarla mediante la representación y ésta es una de las claves de la identidad individual». ». La escritura pues congela lo creado por el pensamiento en un objeto autorreferente destinado a un sujeto que «discrimina y selecciona individualmente entre creencias».

Todo ello, volviendo al arranque de esta intervención, supone al menos tres obstáculos para esa toma de los medios de producción de los libros por parte de la gente. En primer lugar, la cultura parece no necesitar de los saberes de quienes la sostienen. En segundo lugar, la modernidad nos hace creer que el saber no está en la gente; está en los libros que los escribe la intelectualidad, con una prole de intercambiables expertos, intelectuales o literatos. Y por último, como hemos visto, el poder escoge a sus productores culturales que son a sí mismo el producto, tanto como sus obras. En ese contexto productivo, la gente habrá perdido su «poder» para hacer la cultura, y se dedicará a consumir autores, encerrados en su cárcel del capital simbólico y sus mercancías.

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Sé que me he metido en un barro grande para lograr considerar el libro (físico) como receptáculo insuperable de un pensamiento complejo y defenderlo; pero lo haré. Aunque aún me lo voy complicar más añadiendo que no ante todo libro manifiesto mi complacencia. Sospecho del libro «transgénico», sea éste un betseller que coloniza las librerías, sea la última investigación universitaria patrocinada por Monsanto. Mi nula admiración para todas esas obras ante las que como mínimo reivindico mi perplejidad. Con María Zambrano[11] me atrevo a anteponer mi denuncia ante un «mal de una cultura» que nos enmudece porque pareciéramos deber saberlo todo para hablar.

Como buena parte de la subalternidad: por obrera, por mujer, por haberme aliado con perdedores de toda pelambre, también colonizada, identifico un pensamiento positivista, occidental, ecocida, patriarcal y narcisista que si bien ha generado el marcapasos que permite a mi madre seguir viviendo; provocó también Chernóbil. ¿Ante ese pensamiento, pregunto, qué daño al mundo supondrá un lugar de no retorno para cuestionar su abrumadora altivez? Auswitch, Ruanda, todos las especies animales y vegetales extinguidas, cuánta hambre en cuántos estómagos.

Desde luego en mí reconozco esa hegemonía derrotada. Frente a ese conocimiento consiento mi balbuceo, como paso anterior al derecho que me arrogo no sólo a ignorar; también a no saber lo que «se debe saber». Y ahí vuelvo al pueblo. Y al libro, y de qué tipo de pensamiento complejo debe ser depositario. Y ruego que no contengan los libros pensamientos que naufraguen la comunidad, asfixien a la gente cualquiera, devasten el mundo.

Toda mi vida la he pasado rebelándome contra el desprecio al pueblo, a los y las cualquieras; asqueada por una concepción de la cultura como mérito o conquista excluyente; obsesionada éticamente con mi propia responsabilidad y la de quienes me rodean con las cosas que nos pasan. No me he resignado a ver en mi padre un obrero, idiota, enajenado y manipulado. Me he roto la cabeza y he truncado mi biografía, para habilitar otro modelo de hacer cultura, que llamamos «sinautoría» justo para poner los saberes de la construcción cultural en pie de igualdad y como posibilitadores de autorías de cualquieras –sinautorizadas del mundo–. Hubo que empezar con un gesto muy desafiante: el «suicidio autoral»[12]. Dejar de ser para poder ser de nuevo. Para mí, venía tratándose de no tener la verdad, sino de serlo[13]. Con el tiempo eso lo pude casar con una potencia de la sinautoría que pudimos descubrir al comenzar a investigarla[14] y que asimilamos con la parresia[15] foucaultiana: «la posibilidad de la veridicción, el coraje de decir la verdad –en la forma singular de las personas y las situaciones– poniendo en juego una determinada relación de poder, como práctica política, para la constitución del sujeto y de la comunidad».

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Ser verdad, no tenerla, ésa ha sido para mí vida una agarradera, la otra usar del pensamiento, como del arte, como de la vida en la entrega a esa pura potencia del «encuentro» –como señala Tiqqun en «La hipótesis cibernética»[16]– ese «poder no ser», como condición de posibilidad del ser que por tanto desierta de ser dispositivo de gobierno.

Esto que parece poético, es real. Ese habitar como un «percibir el mundo poblado no de cosas sino de fuerzas, no de sujetos sino de potencias, no de cuerpos sino de vínculos»[17]. Ser verdad, o lo que es lo mismo poner la verdad a prueba, porque no la detentamos, porque la verdad no pertenece a nadie, solo puede hacerse. Desde una traducción de pura materialidad, apuesto solo por la verdad que la gente se responsabilice de vivir. Porque para mí de eso se trata, de que nos hagamos cargo del mundo que producimos. Que no consintamos Auschwitz, que no veamos –como vemos– las noticias como la penitencia necesaria de una condición de «infrahumanidad» que hemos aceptado, mientras Spielberg ya está financiando el conocimiento tecnológico para su próxima ficción que él sueña la veamos «con los ojos cerrados».

Y es que desde Cine sin Autor venimos tiempo advirtiéndolo, mientras la distopía de Spielberg ya se está desplegando con todos sus medios para realizarse[18] seguimos muy lejos de un contrato cultural de altura democrática. El dilema representación-participación, es impostergable y lo tecnológico, también, podría estar de nuestro lado. Volviendo al texto de El medio es el masaje recordemos que ya hace años McLuhan nos hizo saber que la red nos podría volver a hacer aldea. Así pues abogo porque los libros que tenemos que hacer, más que libros críticos que cuestionen al capitalismo, nos procuren una edición política. Libros que produzcan polis, ciudadanía. Una producción cultural que suscite comunidad. Impugnando ese modelo de producción cultural que hizo de la política espectáculo y no lugar para la autorepresentación soberana de la ciudadanía.

En el Estado español podemos repetir la exclusión para generar una nueva élite o podemos poner en marcha políticas que impidan que tanto en la cultura como en el arte a la gente nos sigan diezmando (a la gran mayoría) la posibilidad de corresponsabilizarnos con nuestro momento histórico.

En mi caso, como escritora, eso es lo que he hecho. Poner en pie de igualdad mi saber con el de quienes no escriben y colaborar a que una lucha obrera, encarnada en cada una de sus personas autoras, haya escrito Somos Coca-Cola en lucha. Y por otro lado, en una editorial de la que soy parte La oveja roja, sostenemos una librería en Madrid, Contrabandos, desde la que planteamos dos cosas: que un pueblo culto es el que no hace dejación de su cultura y que leer no es solo leer, es también sostener un mundo. Y que la escritura no se inventó para la lectura, se inventó para organizar unas formas de vida (que anteponen el ojo que separa y aísla, sobre el oído que une). Y por eso queremos que el mundo del ojo cohabite con el del oído. Nuestra apuesta es que el libro del futuro sea sostenido por comunidades que construimos entre esos libros. Devolver el oído, sin restar al ojo, y ahí la tecnología puede ser nuestra aliada. Tanto por la tecnología digital que posibilita programas de edición asequibles como por tiradas escaladas, como por la potencia del vínculo virtual que amplifique el social. Cada vez más ateneos, más grupos de lectura. Eso deseamos: lugares que nos recuerden que el libro es un objeto profundamente liberador. Imagino que no tanta gente ha podido leer un libro en común, entonces seguro tampoco habrá podido comprobar por qué los estructuralistas hubieron de cuestionar la idea de autor. Esa pérdida de riqueza en la interpretación, es una de tantas cosas que nos estamos perdiendo. También ignoramos ¿qué pensamiento complejo suscitarán esos saberes situados, heterodoxos, encarnados? Y es lo que necesitamos descubrir. Sin miedo, redistribuyendo los recursos culturales para no tenernos que matar y hacernos falta. El arte, la cultura, los libros son sin duda el lugar donde nos podemos hacer falta. Eso exijo yo a un mundo que ha logrado alargar tanto la esperanza de vida al tiempo que nos condena a un estado de paro estructural. No aceptarlo, entrar en sedición, como en La Comuna. Yo manejo un símil, poco sistémico, de equiparar arte a mar. A la creación artística le cabe el mundo. Así de grande debe ser el arte, así de necesario el mundo.

 

Como dice Doris Lessing, «talento nos sobra, lo que nos falta es constancia». Y más bien, añadiría yo, lo que nos falta es un contrato social que consienta que el talento se haga constante. En Somos Coca-Cola en Lucha[19] no hemos escrito la obra que hubiéramos deseado escribir. Hubiéramos necesitado para eso una sociedad de rentas básicas, una que remunerara el trabajo cultural para la autorepresentación de una gente que defiende su derecho de equiparar trabajo con derecho humano y riqueza social. Por hacer eso este colectivo de trabajadores reconoce estar en guerra, solo por antes que coger el dinero y salir corriendo, decidió pararse y hacer valer sus derechos laborales.

Cuando desde La Oveja Roja fuimos a proponerles escribir y/o leer en común, para el colectivo en lucha fue muy rápido secundar el deseo de Juan Carlos de hacer “un museo”. Querían representarse, dad la poca atención que los medios habían prestado a su lucha. Querían dar cuenta de lo hecho, de su valor. Desde las primeras asambleas, pronto la asamblea generada para crear obra vio innecesario sostener a ningún autor. No era el primer acto estético que este colectivo protagonizaba: toda la nomenclatura «espartana», sus alfombras rojas al reconquistar la fábrica, demostraban la necesidad de este colectivo de construir su representación y este libro ha sido otra prueba de la no aceptación de que la representación les haya sido confinada. Ya las redes sociales les dieron eco como sujeto colectivo en el cada identidad individual logra contarse dentro de ese @cocacolaenlucha que les identifica en twitter. De hecho, pronto se hizo confluir en ese libro –y en las reuniones de su comité de redacción– a toda la gente que lo quiso ocupar. Testimonio tras testimonio nos atrevimos juntos a la «sinobra», una obra no parecida a ninguna que conociéramos.

¿Que escribimos en este libro: un ensayo, una novela? No me inquieto y evoco la tapa de mi libro de Voces de Chernóbil: crónica del futuro[20]. A su izquierda, en la parte superior puedo leer, «Ensayo»; siguiente línea, Premio Nobel de Literatura. Claro, puesto que si algo da sentido a crear, es justo no conformarse con lo ya conocido. Animo pues, en la producción de la cultura a ser desafiantes con el canon dominante. En nada me preocupa lo «resentida» que quede la cultura por la intervención de los y las cualquieras. Y vuelvo a La comuna de Watkins que evoqué al principio. No le temo al pueblo. No le desprecio. En nada me asusta el caos, ni presupongo su desorden, ni permito que operen en mí sentimientos contra obreros y obreras, locas, o desahuciados o indígenas o negros. Soy todas esas clases subalternas.

Y lo que en ningún caso admito es que nos resten nuestra responsabilidad de construcción de mundo. De generar obra. Ni la imposición de la avaricia, la mezquindad y el empequeñecimiento de nuestras posibilidades. Detesto a esos inmensos confiscadores, censores, reyes del canon que nos fuerzan a repetirnos una y otra vez, que nos clasifican, que nos seleccionan, que nos pinchan esqueléticos sobre el corcho que será colgado en la pared. Maldigo también todos los usos narcisistas de la cultura y el arte, y sus bibliomonoformas, onanismo o mercancía, entre las que el tesoro del arte, se torna escaso, tesoro de ná de ná, de piratas de tres al cuarto.

Me dispongo con poder tocar apenas la vida que se hace cargo del mundo. En los testimonios de CocaColaenLucha hay uno maravilloso en que Jesús Maestro evoca las movilizaciones contra el ERE extintivo que Coca-Cola aún no ha podido imponer a su plantilla de Casbega en Fuenlabrada: «No pensé nunca que se podían tener tantas emociones juntas: nervios, ansiedad, inquietud, indignación, tristeza, euforia. En manifestaciones, marchas y actos de protesta, las he tenido todas. Uno de los momentos más emotivos fue cuando el Tribunal Supremo confirmó la nulidad del ERE, la emoción de alegría, abrazos, besos… te besabas con los compañeros, compañeras, abrazabas a todo el que se te ponía por delante. No lo olvidaré nunca».

Bibliodiversos serán pues los libros que no violenten ni humillen al mundo. Ni todas las variedades de tomates que hay en el mundo, ni las más bellas palabras las inventó ningún listo. Las supo, las pudo, mucha gente cualquiera interviniendo el mundo.

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Bibliodiverso será un ecosistema cultural que produzca libros que no «violenten, ni humillen al mundo[21]». Un ecosistema que permita hacerse cargo a las sociedades de los libros que produce, no como derecho meramente enunciado, sino como hecho socialmente producido. Más nos vale –si de riqueza se trata- permitir que la gran mayoría de la gente pueda aportarle al mundo. Porque convendremos que ni las variedades de tomates, ni las más bellas palabras se las inventó ningún listo. Las supo, las pudo, mucha gente cualquiera, interviniendo el mundo.

 

[1]  Este texto lo escribí a raíz de la invitación por parte de David Becerra a un Congreso sobre Cultura Crítica.

[2]      Monoforma: «Es la forma interna de lenguaje (montaje, estructura narrativa, etc.) utilizada por el cine y la televisión comerciales para representar sus mensajes. (…) La Monoforma en todas sus variedades está basada en la convicción de que el público es inmaduro, que necesitas formas previsibles de representación para “engancharlo” es decir, manipularlo. Por eso muchos profesionales se sienten cómodos con la Monoforma: su velocidad, su montaje impactante y la escasez de tiempo/espacio garantizan que los espectadores no pueden reflexionar acerca de lo que está sucediendo de verdad». Peter Watkins en el MACBA. Recuperado el día (20 mayo 2016) de http://blogs.macba.cat/peterwatkins/2010/05/26/monoforma/

[3]    David Becerra Mayor, La novela de la no-ideología. Introducción a la producción literaria del capitalismo avanzado en España. Madrid, Tierra de Nadie, 2013.

[4]      Tiqqun, La hipótesis cibernética, Madrid, Acuarela Libros, 2015. Tomo esta forma de escritura de “Nota editorial. Léxico Tiqquniano”. En referencia a Heidegger y a la llamada existencia impropia, inauténtica y banal. «El hombre vive bajo el imperio impersonal del “se”».

[5]      Les 451, escribieron un «Llamamiento de los 451 para la constitución de un grupo de acción y reflexión en torno a los oficios del libro» y una «Querella de los modernos: respuesta a las críticas y desarrollo del argumentario del “Llamamiento de los 451”» disponibles on-line en www.contrabandos.org.

[6]   Ibíd.

[7]    Ana Rodríguez Mayoragas, Arqueología de la palabra: oralidad y escritura en el mundo antiguo, Bellaterra, Barcelona, 2010.

[8]      Ibíd.

[9]      Marshall McLuhan y Quentin Fiore, El medio es el masaje: Un inventario de efectos, Buenos Aires, La marca editora, 2010.

[10]    Almudena Hernando, Arqueología de la identidad, Madrid, Akal, 2000.

[11]   A quien agradezco haberme acercado tras los generosos comentarios de Jesús Olmo que pueden consultarse en mi blog personal http://www.evalazcanocaballer.wordpress.com.

[12]    Gerardo Tudurí, Manifiesto del Cine sin Autor: realismo social extremo en el S. XXI (versión 1.0), Madrid, Centro de Documentación Crítica, 2008.

[13]    Eva Fernández. Destello paciente de un escape: Notas para una literatura española contemporánea que se fuga, Hispanic review, nº 4, 2012, págs. 631-649

[14]    Para saber más consultar la web www.sinautoria.org que da cuenta de la investigación realizada con María Bella y Gerardo Tudurí en el MNCARS.

[15]    Michael Foucault. El coraje de la verdad. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2010.

[16]    Tiqqun. La hipótesis cibernética. Madrid, Acuarela Libros, 2015.

[17]    Ibíd.

[18]    Esteve Riambau , Hollywood en la era digital. De ‘Jurassic Park’ a ‘Avatar’, Madrid, Cátedra, 2011. Cita de Spielberg en la introducción. «Nunca vamos a desprendernos de nuestra necesidad adolescente de pintar las paredes de las cavernas, eso nunca nos abandonará. La tecnología puede proporcionarnos herramientas mucho mejores para comunicar nuestras historias. La tecnología también puede desarrollar un teatro de la mente. Llegará el día en que toda la película transcurrirá en el interior de la mente y será la experiencia más interna que cualquiera puede desarrollar. La historia nos será explicada mientras tengamos los ojos cerrados, lo cual no impedirá que podamos verla, olerla, sentirla e interactuar con ella. Ciertamente creo que si actualmente disponemos de una tecnología, debemos usarla. Jamás dejaremos de contar historias».

[19] Somos Cocacola en Lucha. Una autobiografía colectiva. Madrid, La Oveja Roja, 2016.

[20] Svetlana Alexiévich. Voces de Chernóbil. Crónica del futuro. Barcelona, DeBolsillo, 2015.

[21] Vid, nota 5.

Mi mariposa blanca, la mía.

Abandoné mi libreta de mariposas, la que inicié para contarle cosas a Laia y a quien quiera leerlas. Demasiado “drama” me hizo creer que no era digna de regalar(me) palabras. Me afané en “formular proyectos” disparada, nuevamente, por la alarma dineraria. Las cuentas incalculables, el impertérrito alquiler, los impuestos directos y una invitación a un sitio relevante… me despistaron. Hasta tal punto me enajené que una tarde me puse a ver a Évole –no veo su programa, sé que no debo–. Escogí un tema que pareció interesarme, un señor comenzó a contar por debajo de cuántos grados centígrados un hogar se sume en la pobreza energética. De repente un depresor se instaló en mi alma.

He tardado varias semanas en volver. Me trajo una mariposa, nuevamente de Laia. Tiene costumbre esta pequeñita de leerme en mis libretas y me dejó cortada y pegada en mi minidiario esta nota-mariposa.

 

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Mami en las páginas 25 y 26 lo que as escrito es muy bonito y tienes razón en todo lo que has escrito en esas páginas. Laia.

 

Las páginas, 25 y 26 en las que mi hija apunta que tengo “razón en todo” referían a esta resolución personal, pensando en eso de si tengo derecho a escribir o no, y qué cosas. Me escribí a mi misma: “Las respuestas no van antes que la vida. ¿Qué significa funcionar? Atormentarse por estupideces como dónde y cómo vivir; por ahí no va mi vida. Amo y amaré a quien puedo querer. Y lo que tengo que hacer es más que evidente: seguir cuidando de mi vida y la de las demás personas. Cada día. Y eso lo logro hacer también escribiendo. No permitas –me escribía a mi misma- que nadie te oprima con sus denominaciones. No consientas que nadie te nombre (…) No hay en tu escasez, derrota alguna. No hay error. Hay dureza. Pero no va a pasarte nada que no puedas encarar sin convertirte en una mierda de persona. Ama sin permitir que te desprecien y todo irá bien”.

Así pues vuelvo a la libreta que me regaló mi hija. Falta hace que escribamos tozudamente a las que nos podrían nombrar pobres energéticas. Falta hace para recordar que pobreza viene de párvulo, parco, poco; y que –añado– más nos valdría que no escriban quienes de tanto temer la pobreza, se han convertido en mierdas de personas que no pueden amar.

Ven, seremos.

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taller #escrituras_para_autor_izar_nos

¿Decimos lo que queremos decir?

¿Qué palabras nos han hecho y qué nos han hecho las palabras?

Usa tu lengua. Toma las palabras. En voz alta y sobre el papel, sé.

Convocatoria Mayo en la Librería Contrabandos (C/Amparo, 76, Madrid).
4 sesiones de 2 horas que puedes realizar en dos horarios:
Lunes (7, 14, 21 y 28 de mayo) de 19.30 a 21.30
Grupos pequeños y posibilidad de reprogramar sesiones perdidas individualmente.
Precio del taller:
(en dinero completo 75€/sesiones individuales 25€xsesión
o en trueque de trabajos)

 

1ª sesión. Nuestras palabras como “irrupción del ser”.

Tendemos a adelgazar la potencia de las palabras: las de otras, las nuestras, las tuyas. “Se dice” que todo lo importante está ya escrito. Sostengo que no: nos queda por escribir todo lo que aún no ha acontecido. Lo que está escrito, responde a un mundo que ya fue; no al nuestro, ahora. Somos, también, nuestras palabras y yo apuesto por un uso del lenguaje “conmemorativo” para la vida.

Escoge un texto (poema, fragmento de novela, relato) tuyo o de otras que crees que te han constituido. Vamos a compartirlos al empezar. Leeremos fragmentos al comenzar la sesión. Después, nos pondremos a la altura de nuestra página en blanco y comenzaremos a escribir acompañadas.

(Me encanta el arranque de Ana Frank. Ella estaba convencida de que nadie la leería. A quién iba a interesar el diario de una niña de 13 años. Aún así, antepuso su necesidad a su virtud, nombró a su diario como Kitty. Su diario sería la mejor amiga que no podía tener. Pronto Ana comenzó a celebrar la posibilidad de contarse: “Estoy contenta de tenerte (…) de escribir en ti”)

2ª sesión. Escribir en ti.

Déjate escribir, siente el desafío de decir eso que tienes que decir y encuentra tú misma el modo de hacerlo. No estamos simulando ser literarias. Estamos habitando el lenguaje que es nuestra casa. En talleres de escritura, nos enseñan técnicas, como si la técnica fuera antes o aparte de aquello que necesitamos construir escribiendo. No querremos “parecer” literarias. ¡Queremos vaciarnos para ser de nuevo las niñas que escriben para dibujar unas letras en el mundo!

En nuestro mandato de escribir, haremos un borrado de toda autorización. Quiero que apagues esa vocecita que se ríe de ti, que te dice que así no “se” hace, así no “se” puede, no vale la pena. Te aseguro que el papel es paciente y acogedor. Nacimos para brillar como las niñas. Y no hay nada iluminador en encogernos para que otras se sientan inseguras en nuestra presencia.

(La escritura, como civilización, la inventamos para vivir mejor. Las palabras nos cuentan lo que somos, aventuran lo que seremos y relatan lo que fuimos. Y las palabras de cada una de nosotras son completamente únicas y tienen una única manera de ser escritas que es tuya. Lo único que merece la pena si quieres escribir, es que escribas eso que solo tú puedes escribir y cómo solo tú, puedes escribirlo).

 3ª sesión. Soltar un párrafo sobre la inmensa mayoría.

Blas de Otero tiene un poema en que desea ser ese “mar” que suelta un párrafo sobre la inmensa mayoría. A mí me gusta pensar el arte como el mar, así de inmenso, de forma que no le sobra nadie, ni obra alguna. No importa que consideres que lo que escribes no es bueno. Juan Ramón afirmaba “Mi mejor obra es mi constante arrepentimiento de mi Obra”. Lo fundamental es saber qué te permite escribir y si en “lo que viene a tu lápiz” parafraseando a Juan Ramón, encuentras algo bueno para ti y para compartir.

En esta sesión quiero que vayamos haciéndonos cargo del “aura” de nuestros escritos. De sus posibles lectores primeres, remotes, lejanes. Desde un blog a una editorial, el proceso de compartir lo escrito, es un acto menos egoísta que andar escondiendo nuestro talento. Conocer los medios de producción de los libros, comprender la edición es necesario para hacerte cargo de la circulación de tus palabras.

(Nos lo han contado mal, cuentan que es por narcisismo o por dinero que haríamos circular nuestra escritura. Nos dicen que el talento es escaso, que los tesoros hay que esconderlos pero: ¿y si nuestra idea del mundo reconociera que el tesoro del mundo es la vida? La vida toda, abundante, rica).

 4ª sesión. Inventariar nuestras palabras

Mi propósito es generar un repositorio de palabras buenas, que te (nos) haga sentir la potencia de tu decir y tu hacer, de tu escribir. Precisamos hacerlo porque a menudo, vencen los relatos que nos dañan, sobre los que nos sanan. Y no lo vamos a permitir. Gana de Huxley, 1984, frente a La Isla.

Llamo, pues, a un suerte de escritura nos posibilite como deseaba María Zambrano pasar no “de lo posible a lo real, sino de lo imposible a lo verdadero”. Reafirmando el poder de la cultura, de ser tierra fecunda para la abundancia. No para “hacernos preguntas sobre el significado de la vida” sino para “poder pensar en nosotros como seres a quienes la vida requiriera continua e incesantemente”.

(Ven seremos, nos dice la escritura. que reinstaura nuestra potestad política de ser un sujeto y protegerlo. Ser nuestra lengua, producir nuestras palabras, registrarlas, para garantizar la posibilidad del aprecio. Ofrecer nuestros textos, luego al mundo “sin gesto y sin ofrenda”, como nos desafío a hacer María Zambrano, que encontró razón poética al existir).

(+info e inscripciones: evafer70@gmail.com y libreria@contrabandos.org)

 

 

 

 

 

 

Sin foto. Sólo espuma. Un líquido captura el aire. Por unos minutos.

Cafetería Granier. Glorieta de Embajadores. Madrid. Ayer. (Llueve). Las mesas en filas separadas un palmo una de la otra, mirando a la puerta. Como en una prisión. Unas veinte personas. Inevitable chocarse, incluso entrando, nuestros cuerpos no caben. Nos lanzan desde la barra preguntas apresuradas. Nuestros cuerpos encogidos no dejan entran el calor.  Pero si ensanchamos, habremos de tocarnos.

Miro sobre todo a un rumano, más encogido que el resto, pide un café largo, el más barato, presupongo que busca techo por un rato, para salir de nuevo a pedir a la calle, entonces dinero. Está incómodo. Ojos asustados. Cuerpo consumido. (Sigue lloviendo). Yo acabo de salir de la peluquería de al lado, me armé de valor y fui a arreglar el desaguisado de mi último autocorte de pelo. No me han entendido. Nunca me explico bien en las peluquerías. Llevo pelo de mujer mayor, arreglada. No quiero ser una mujer arreglada. Yo lo que quiero es poder sentarme con el rumano y charlar un rato. Sin más parafernalia. Vida corta, tajante.

Mi turno, un grito me apremia desde la barra. ¿Café?. ¡Con leche de soja! A mi lado de inmediato otro señor me sigue. Café con leche, caliente. ¿Y tú? me dice la camarera. De soja, repito. No, aclara, ¿Templado o caliente?. Caliente también. El rumano, ya no está. Quizá no es rumano. Me pregunto si vivirá donde las vías del tren. No quiero que se note que necesito saber donde está, pero me agarro del bolso. Busco si mi cartera sigue allí. me hicieron saber de las kundas, que explican tanta gente flaca por aquí, arremolinándose para subirse a un coche.

Una vez yo logré hacer una web serie con un muchacho que vivió en la calle, y se drogó. Nada superará para mí el humor de Andrés. Y el de Marta. Su talento. Yo no soy una maruja con renta mínima de inserción. El rumano no es un pobre de Dickens.

De repente nos avisan, a mí y al del café con leche caliente. Ya los tenéis, nos desplazamos a penas. Enfrente nuestro, dos bandejas, con dos cafés con leche, en la espuma que los corona late un corazón perfecto. El mío más chiquito, el otro más grande, los dos color tierra claro. Los miro varias veces. Busco los ojos de la camarera, las ojeras embolsadas, no vencen un brillo que calificaría de infantil. ¿Los has hecho, tú? -le pregunto-. Vienen a mi mente sus manos, sosteniendo una jarrita, unos segundos antes, cuando una voz me inquería a decantarme por templado o caliente. ¡Qué preciosidad!, le afirmo rendida a la evidencia de su regalo. ¡20 años detrás de una barra sirviendo cafés…! me afirma entre descreída y alegre. El hombre, a mi lado, se apresura a sumarse al reconocimiento. Yo en toda mi vida de camarero nunca los conseguí hacer. Te lo aseguro. Nos miramos los tres, con sorpresa, nos damos las gracias, la felicitamos.

El corazón corona el café mientras lo voy bebiendo. Es cierto que doy sorbos pequeños, delicados, pero aguanta. Sé que el señor mayor, que antes no aprecié siquiera a mi lado, fue camarero también, sé que seguro está contento. Me he sentado muy cerca del muchacho encogido, le doy la espalda, pero estoy cerca.  Casi al terminar el café sigue ahí, el corazoncito denso, espumoso, mullido. Me lo bebo decidida. Ya es yo.

 

 

Cuidado con el cuidado.

A menudo me encuentro buscando algo. Me acuso también, por lo tanto, de haberlo perdido. Me reprocho la prisa, una energía vana, histérica, desordenada. Suelo también creer que debería estar haciendo otra cosa de la que hago. O estar en otro lugar con otra gente que me valore más o me quiera mejor. Hubo un tiempo en que culpé de ese descentramiento -que reconozco padecer- al capitalismo, al patriarcado; a mis jefes, mis parejas. Culpar, acusar, ¡lo hacemos tanto! Que insaciable empacho produce eso…

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En medio de todo eso logré imponer mi deseo de cuidar la vida. Y una vida, milagrosamente, aconteció pegada a mí. Logré defender, casi a mis 40 años, un saber irrelevante, extraído de mi experiencia de niña y adolescente, que me indicaba que cada vez que cuido de otras personas, mi desasosiego, mi descentramiento desaparecen. Así pues hoy 8 de marzo, a pesar de todas las consignas, he decidido situar en el centro el cuidado. Cuidarme. A mí también. Ponerme en el centro. Y sobre todo no violentarme a tener que por eso dejar de cuidar a nadie.

Puesta en el centro, me ha sido facil detener la búsqueda de un papel donde tomé unas notas sobre Heidegger y tras mucho desasogiego he encontrado el valor de recalar en mi libreta de mariposas. Aunque hoy sea 8 de marzo y quizá poco conveniente publicar nada. Luego, volviendo a ser yo, mi centro, me he preguntado de dónde salía mi necesidad de hacerme con esas notas en las que leer a Heidegger me había hecho evidente la imposibilidad del “ser desinteresada”. Al situarme en el centro, de repente no estoy en falta por no saber dónde está el puto papelito. Es más celebro imaginarlo por ahí tirado. Importante citar a Heiddeger sin regalarle más atención que la que merece lo que me anima a pensar por mí misma. Solita. Citar a Heidegger, mal citarlo, porque Hanna Arendt le tuvo respeto. Y porque tanta gente lo demoniza. Mal citarlo y reivindicar lo atractivo que me resulta poderme querer sin tener que ser desinteresada. Quererme desde mi propio interés.

De repente, esa busqueda vana, histérica y desordenada ha concluido al ponerme a escribir justo las palabras que mi vida requiere ahora mismo. Mi centro es pues mi libreta de mariposas y no la lavadora, y no preguntarme cómo lograr ese dinero que tanto “se” resiste a pagarme por todo lo bueno que pongo en el mundo. Mi centro es mi criterio y no el “movimiento feminista”, entendido como un dogma que me obliga a vivir esta jornada de una manera determinada. Así pues me animo a publicar este texto. Hoy 8 de marzo.

Al tiempo que celebro que mis amigas me manden fotos de sus mandiles colgados en la ventana, pero no colgándolo yo; que dentro de un rato haré la huelga a la huelga de cuidados, feliz de hacer unas lentejas para Laia que ha preferido ir al cole a que le cuiden los profes hombres que quedarse cuidándome a mí. Le di a elegir y es que muchas veces, para mí el cuidado, como yo lo ejerzo es disfrutar del privilegio de poder cuidar respetar y atender la necesidad y el deseo de otras personas, desjerarquizadamente, sin capacitismos que nombran dependientes e independientes ciertas vidas y otras no. Cuidar la vida más allá de esa miopía utilitarista que pierde la posibilidad de celebrarla toda, sea cual sea su condición, porque no quiere que se sepa que hay vidas que teme vivir, que prefiere matar, sin tener siquiera el valor de mirar a la cara el genocidio ocasionado. Celebrar la vida, la flagrante intensidad de la existencia, que se sabe del milagro, que se celebra a cada instante, en cada gesto de cuidado, porque atiende también también toda la muerte, todo el dolor y todo el daño que también nos damos, que también nos hacemos al cuidarnos o no cuidarnos.

Leía también en Heidegger sobre esa diferencia entre cálculo y pensamiento (creo). Calcular ha de hacerse para acertar, no hay mérito en fallar. Sin embargo al pensar no le asusta, no le puede amilanar, el equivocarse. Y sí, yo hoy quiero aunque me equivoque poder decir que no me interesa, apenas, conjurar una brecha salarial, ni demandar puestos de poder que no ocupan las mujeres. Tampoco celebro acríticamente que hoy excepcionalmente “dejemos” los cuidados en manos de cualquieras que no tienen ni puta idea de cuidar. Así del mismo modo que entiendo que no me ofrezca nadie, por un día la tutela de una central nuclear; os digo que no llevaré a mi hija esta tarde a esos puntos de cuidado que se han abierto en la ciudad de Madrid ocupados por personas cuyo mérito para ser cuidador hoy, es el de no cuidar normalmente o el de cobrar por cuidar hoy por ejemplo a Laia.

Me hubiera encantado leer en las demandas de los colectivos de mujeres hoy, una que me animaría a escribir tal que así: la obligación irrevocable de que toda persona limpie alguna vez en la vida el culo de un anciano, al tiempo que le observa atentamente durante una tarde, mirando a la muerte, sin pestañear. Todo el mundo, sin excepción forzado a cuidar la vida que más desprecia o teme, en una llamada a velar por igualdad alguna, sino por todas las diferencias. Por aprender a cuidarlas, a quererlas. Cuidarnos, erotizando la(s) vida(s), toda(s), y sobre todo las que más tememos, ahuyentamos o matamos. Desafiarnos absolutamente a tener que aprender a ser capaces de cuidar la vida, con toda la sabiduría, destreza, potencia que cuidar requiere para darnos vida.