Medio siglo

Vengo diciéndome que no morimos. Imagino obsesivamente la conjunción de la forma y la función de todo lo vivo. No me importa no comprenderlo. Es más, no quiero.

Hoy hace 50 años que mis células, solitas, sin mayor aplauso ni protagonismo siguen conformándome. Algunas tomaron la forma-diente, para la función-alimentar. Han caído o me los quitaron. No importa, existen más allá de mí.

Cómo imaginar desaparecer. No puedo. Soy una energía que no me pertenece. Sí, es verdad, amo cuanto puedo y uso de un relato chiquitín de pedazos de recuerdos, que se presentan aleatoriamente con la fiereza de lo inmediato. De repente a mis 17 años escucho a Paloma hablar del ser y el lenguaje y a mi amigo Pedro, su madre le grita que corra, aunque no ve.

Mis décadas son segundos. Un brote verde, a su vez terminación de una de las ramas de una planta de calabaza, se ha subido al montón de yerba, al mes y medio de ser plantado y me llama. Noto la caricia amaderada de las manos de mi abuela Carmina, las de mi tío Manolín. Alfonso se las cruza, trabajando una tierra que sigue sin ser nuestra un siglo después.

Está todo bien, realmente bien. Gracias.

No hagas cuenta.

Conversación entre dos hermanas entre la gravedad y la gracia.

Eva: Flor, eres mi hermana. De sangre. Contigo alrededor he pasado mis casi 50 años. Y ha debido ser  muy fecundo lo que hemos vivido porque nos han nacido hermanas en más sitios, hermanas de vida: Cristela, Sonia, Susana… Ahora mismo casi todo el mundo con el que creces, crezco yo de algún modo y viceversa.

Lo de los vínculos, restringidos a lo sanguíneo, me ahoga. Recuerdo a nuestra tía materna, Meme (Esmeralda) y su imposición del cuidado y del afecto como penitencia debida. Con todo me duele profundo no haber sabido querer mejor a algún consanguíneo porque: acompañarnos de personas que crecen mientras crecemos, ¿no es lo más preciado que nos pasa?

(Me noto un ritmo Simone Weil, lo arrastro de haber estado leyendo, como un mantra su «Echar raíces».  Aunque en la cama, de madrugada imaginando escribirte, se me ha aparecido Concha, nuestra muerta más viva, rogándome: ¡por favor, humor Eva, un poquito de humor!… Y sí, quiero, ¡quiero la gracia! Pero… ¿la alcanzaré? ¡Sigo!)

Yo te perseguía por casa, ¿te acuerdas? Para contarte mis pensamientos, a lo mejor te estabas arreglando para salir y yo sentada en el bidet, mientras te pintabas la raya del ojo, te hablaba y luego te perseguía a la habitación a que te calzaras los zapatos y mientras te iba soltando pensamientos. Por eso hoy estoy de fiesta porque puede que escribamos esto juntas. Ya hemos escrito juntas y con otras. ¡Qué plenitud! Aunque ayer me dijiste que te había vuelto el pudor a mostrar lo tuyo. Aún así escribámoslo, no por mostrarlo, sino para pensar bien. De nuevo Weil.  Escribir bien para pensar bien. Bien –entiendo– desde y para la vida. «Verdad activa».

Sin aún entrar en el meollo que quiero poder pensar contigo, quiero detenerme un segundito en el pudor. Porque además aprecio ahí otro nudo a desatar, también todavía para mí. No sé si has visto los videos de JC para apoyar la publicación de su libro «Anarquía relacional». Para mí pueden representar un punto de partida. Es absolutamente conmovedor su gesto. También avergüenza claro; él me decía que no se remira. Es precioso, ese riesgo, esa puesta en juego de quien quiere compartir lo que ha entendido porque cree que sirve a la reorganización de la vida, los vínculos, el amor. Y así uno tras otro se graba explicando, con método científico, de 0 a 100 todo lo que ha llegado a sistematizar sobre cómo revolucionar los vínculos, ocupar los afectos. ¡Mira, Flor, siento un amor tal!

El pudor hay que situarlo.  Simone Weil escribe de la «idolatría» que genera una cultura desarraigada (pongo foto). Al constantemente estar aprendiendo y viviendo, sin comprendernos como engranaje azaroso y necesario del orden del mundo, caemos en «idolatrías». La gente escribe para ganar fama y dinero y pronto se queda encerrada en su cárcel de capital simbólico, en sus cuentos. Así de idiotamente escribimos porque estamos enfermos de desarraigo. Ella escribe ese «Echar raíces» para conjurar esa enfermedad que padecemos hace siglos y que a día de hoy se exacerba. Idolatrías para despreciar el mundo porque no lo dominamos. Y no podemos permitirlo, no podemos cejar en esa alianza de destreza y materia que requiere ponerse «a la obra». Vivir.

Y para vivir yo necesito creer que podemos escribirnos sobre lo que nos ha pasado, con los papás cuando enfermaron y yo –que había optado por no expandir el virus madrileño– de repente tuve que asumir que estabas sola para cuidarles. Me sorprendió la entereza de papá, poderoso y contundente con su «no vengas, si necesito algo te lo diré». Quiero pensar contigo en lo que hicimos, cuando ningún sistema sanitario podía ayudarnos y entonces de nuevo me vi auspiciando una posible muerte en diferido… Y entré en crisis y quiero volver ahí. He leído estos días que Churchil decía «nunca desaproveches una buena crisis».

Flor: No le veo mucho valor a lo sucedido más allá de haber tomado dos decisiones que al final resultaron acertadas: la primera medicarla desde el desconocimiento de cuál era su enfermedad real, dejándonos llevar por lo que en el pasado le había ido bien… Al final es cierto lo que dice Weil «de todas las necesidades del alma humana, ninguna más vital que el pasado» Jajaja… cuánto nos está ayudando estos días.

En segundo lugar insistir para tener al menos una atención telefónica que lo único que nos aportó fueron nuevos inhaladores para ayudarla a respirar, que supongo que algo hicieron. Podría haber sido que no acertáramos y en ese caso, quizá mama ya no estaría con nosotras. Yo sé que lo único que tenía claro en esos días es que meterla en un hospital y dejarla sola, era la muerte segura.

Somos conscientes desde hace mucho tiempo de su fragilidad y de que en cualquier momento puede morir. Yo sólo quería que muriera tranquila, sin fatiga, acompañada y lo único que pensé es que quería poder cogerle la mano en ese último instante como ella se la cogió a Meme. También quería ayuda para tomar las decisiones acertadas y ahí no había mucho donde agarrarse, el sistema sanitario nos abandonó, tú estabas lejos para poder valorarlo in situ,  papa bloqueado y pocas opiniones más donde echar mano para no cargar con la responsabilidad de no hacer lo adecuado.

Lo bueno que ha traído este periodo de tanta desazón ha sido pararnos, ponernos en nuestro lugar minúsculo, enfrentarnos a nuestros miedos de forma pública, a nuestra debilidad, dejar nuestro carácter a la vista de todos, borrar las ideas vacías, las palabras huecas… Estos días hemos hecho un reinicio de lecturas y la filosofía y las literaturas de confinamiento han sido el único refugio. También estoy releyendo a Vaclav Havel, sus “Cartas a Olga” –que estaban por casa de los papas– y he encontrado muchas confluencias de él con Simone Weil abordando la importancia de la responsabilidad hacia el otro, ese deseo de ser útil en problemas que no son directamente tuyos pero con los que te sientes comprometido… y que supongo que también están tan relacionados con esas raíces que nos dan fortaleza.

Ayer tarde vi el documental «Cien días de soledad». Está rodado en el parque asturiano de Redes por un tipo que vive en Muros llamado José Díaz y que decide irse a vivir durante cien diez a una cabaña que está a mas de tres horas bosque adentro tras abandonar la última carretera sinuosa del parque. Allí solo, durante cien días de otoño, filma la naturaleza mientras cultiva patatas y cría gallinas. Es bellísimo, con imágenes maravillosas de cielos y montañas infinitas, de una berrea contemplada en primera línea, con lobos que acechan en la oscuridad… Me pareció fascinante y vi realizado el sueño que todos los años, cuando abandono Cuenca tras ir a escuchar la berrea, dejo atrás incompleto. Ese teleobjetivo que cada año quiero tener para acercarme a los ciervos, ese tiempo infinito para poder perseguirlos y contemplarlos desde el silencio y la quietud absoluta y solitaria… Y viendo el docu volvió Weil y esa necesidad de atención que en nuestro día a día no somos capaces de atender. Y volvió también la muerte que da vida. El protagonista habla durante toda su soledad con su hermano fallecido veinte años atrás, del que dice que se le llevó mucha vida cuando murió pero que luego le ha devuelto infinitas fuerzas para seguir luchando por una vida plena. Es cierto que el proyecto tiene el punto de exhibicionismo con el que ahora tengo tanto debate, pero aún así, le veo mucho valor a esa naturaleza mostrada y a esa fortaleza interna que se requiere para pasar cien días en absoluta soledad.

Me he quedado con ganas de saber dónde vive el tipo, seguro que es por Reborio en alguna de las casas que dan al mar… El documental también me ha puesto delante de esa fuerza sanadora de la naturaleza mezclada con la atención de Weil. Me ha devuelto uno de los momentos más poderosos que recuerdo de la infancia de Deva y fue un día paseando cerca de Fresneda cuando durante horas estuvimos siguiendo la trayectoria de las hormigas, sus entradas y salidas de un hormiguero, su fortaleza cargando enormes briznas de hierba y generando nuevos mundos de paz para una infancia inquieta. De esa fortaleza de las hormigas basada en su escaso peso y en la levedad de sus necesidades vitales… supongo que de eso también tendríamos mucho que aprender y seguro que a Weil le hubiera parecido perfecto que nos paráramos a atenderlo.

Me encanta pensar contigo por escrito, aunque no sé si me he centrado en lo que querías atender, jajajajaja… Yuppiiiii…

Eva: Flor querida ¡cuánto ahí para volver! El pasado como necesidad del alma. Fíjate, no me quedé con esa frase del «Echar raíces». Sin embargo ahora que leo, me digo que mi necesidad de escribirte venía de ese pasado que necesito traer de vuelta. Y que tiene que ver con esa mano que le dio mamá a su hermana –nuestra Meme– que murió a su lado tras una agonía acompañada por años en casa de ella y de su marido. Un cuerpo, con un cáncer en metástasis que ya ni tragaba bien y que los dos acompañaron hasta el último aliento. A mamá y a papá no les dio miedo que Meme muriera en su casa, ahora bien comenzaban a no poder soportarlo ¿recuerdas? Meme no se soltaba de la enfermedad. Y yo le pedí que dejara de luchar y soltara el dinero para contratar a más gente en casa. El médico de paliativos me llamó para reñirme, que ¿con qué derecho yo le había dicho a una señora, que no quería saber, la gravedad de su enfermedad? Y yo le dije: con el de quienes la han cuidado y con el suyo de ser acompañada a morir sin matar a los demás en el proceso. Y es que hasta el final confío en que todos podemos cuidarnos. Meme lo hizo. Yo lo siento así. Y tras esa conversación, se dejó ir… Recuerdo un momento en que me miró muy hondo y nos quedamos acariciándonos… Yo me volvía a Madrid y le había dicho: «No te vas a curar tía sino ocurre un milagro y tampoco te vas a gastar tu dinero en lo que te queda de vida ni queriendo».

La muerte otra vez, y mi necesidad de contar con ella de algún modo. Lo traigo aquí porque estos días de cuarentena, tras haber estado con una persona que luego cayó enferma de neumonía, yo no quería saber si estaba o no contagiada. No quería. Tenía terror. De hecho «Echar raíces» tardé en empezarlo a leer porque sospechaba de él. Pensé: lo ha escrito una que al final se ha muerto demasiado joven. Y si murió joven será porque ha vivido mal, porque fracasó. ¿Quieres leer a fracasadas que murieron jóvenes…?

Vamos como una hitlerita estuve varios días. Haciendo un uso de la fuerza y la razón falto de humildad, de dolor, mezquino.  Me impresionó mi propio miedo a morir. También me había traído el libro de la «Expropiacion de la salud» y no podía abrirlo. Para qué si mi hitlerita iba a entregarse a la medicalización de todo y al precio que fuera. Noqueada perdida así me tuve varios días, leyendo titulares de muertos por minuto en la ciudad de Madrid.

En un Madrid detenido al extremo que solo se oían en mi calle, al lado de Atocha, los sonidos de las hojas de los árboles y las ambulancias, Laia y yo nos pusimos a leer «Pinocho» a los papás. Sané leyéndoles a los papás con Laia, dos capítulos por día. Dándolo todo para acompañar tu determinación, esa que ves tan poco importante, de no llamar a ninguna ambulancia aunque mamá se notara ahogos fuertes y confiando en Elda, la trabajadora interna que les ha cuidado mejor que nosotras y en su fortaleza y también la de papá para tirar adelante.

Para mí, que necesito pensar la muerte como un límite a nuestro entendimiento, que no necesariamente identifico con algo solo malo, ha sucedido la muerte en las peores condiciones imaginables. Lo hablaba con María Jesús que quería –decía ella– experimentar ese soltarse de un cuerpo enfermo en extremo, como el de la tía, como algo liberador, y que quería gobernar ese proceso. Pero claro, toda la neolengua COVID sonaba a ahogarse de un día para otro en un pasillo de un hospital en guerra. Y esa muerte, así servida, nos ha vuelto zombis. Aquí en Madrid, la gente: huyéndonos por las calles, confinándonos por orden gubernamental en nuestras casas, temerosos de que nos toque a la puerta la guadaña.

En esos días de leer Pinocho, alegrar a Laia me obligó a pintar con ella en nuestro balconcito. Pintábamos y yo comencé a hablarle de la de veces en la vida que me ha salido el tiro por la culata. Son tantas… jejeje, que pasamos horas: sobre todo mis traídas de pobres y la pena de la vieja, de Irma. Y así sané ya del todo, coloreando el mundo y sacando culpa, responsabilidad, todas mis heroicidades por la culata… Después de ese día pude comenzar a leer a Weil y casi como un salmo repetirme eso de la virtud de la obediencia y sus dos labores fundamentales: la aceptación del trabajo físico y de la muerte. La humildad de reconocer que nos debemos a un mundo cuya construcción se produce más allá de nuestros derechos, más allá de nuestro bienestar o goce (un mantra alcohólicos anónimos) y solo así nos liberarnos: obedeciendo a la muerte y al trabajo que es también muerte cotidiana.

Y una última resonancia por lo que cuentas de ese que se internó en el bosque, y su hermano que murió pronto, me trajo a la mente a Macedonio Fernández y su «Museo de la novela de la eterna».  Él también a raíz de la muerte de su mujer muy pronto se despegó de las convencionalidades temporales  –¿y se entregó a lo eterno?–.  Pensaba con Hugo Savino –un escritor excepcional que nos trajo el taller de lectura de Desescrituras a Contrabandos– que solo los fallos del sistema le devuelven la gracia (esa grieta que tanto buscamos a Matrix).  El plan vital de Macedonio era trabajar y criar a sus hijos con su mujer y, de repente, ella muere, y él pasó a vivir en hostales y a escribir la misma novela en tiempo eterno. Teté, nuestra tía octogenaria, me lo dice todo el rato: «no hagamos cuenta Eva». Así, cuando quiero prever cómo la cuidaremos a tantos kilómetros de distancia, me repite eso: «no hagas cuenta». Teté es mi punk, la abuelitina de la casetina, rejuvenecida porque se le murió un hijo demasiado pronto. Tiro por la culata. Y también ¿la gracia? ¡Sí, ella sí! Con toda “La gravedad y la gracia” del mundo. La adoro. Mírala ahí, en la última foto de ella que tengo. A sus ochenta y muchísimos.

Ahora estoy pendiente de leer ese otro libro de Weil, “La gravedad y la gracia”. Mística como necesidad. No como distracción, ni piradura. Agradecer como orar ¿te acuerdas que lo hablábamos en el grupo de María Jesús, por el emoticón de whastapp, ese de las manitas para arriba, que de repente se nos hizo omnipresente en la conversación? Un grupo que acompaña a alguien en una enfermedad tan grave, necesita encomendarse a algo más grande, que no comprende, pero cuya búsqueda es un camino, una verdad activa.

Flor: Leo tu texto y reconozco en ti esa valentía que te acompaña y de la que yo adolecí para enfrentar a Meme a su propia muerte. Quise siempre dejarla en su limbo aunque yo rabiara por dentro. Ella era así y no había manera con ella. A veces pienso que no lo hice porque veía inútil la conversación con ella, otras veces pienso que quise respetar su derecho a no querer saber ni ver, por protegerla de su miedo y las más de las veces pienso que no lo hice por cobardía. Supongo que había un poco de todo… Tuve tantos enfados con ella a lo largo de sus últimos años. Por su manera de cuidar a Deva, por su empeño en mantener una autosuficiencia en los hospitales cuando no la tenía, sometiéndonos a los demás a una presión insoportable, y en el último tiempo creo que ya me rendí a dejarme llevar, a acompañarles tratando casi más de cuidar de los papas que de ella.  Pero de todo se aprende y de esa muerte se me quedó, pese a todo, una enorme lección de sororidad entre dos hermanas, una casi demenciada y la otra moribunda con las manos enlazadas hasta el último suspiro. Lamentó no haber estado allí en ese último instante pero sé que llegué serena, que todavía pude abrazarla y decirle cuanto la quise antes de la llegada de la funeraria y volverme loca buscando su DNI, queriendo preguntarle una y otra vez donde lo había puesto cuando ya no me podía contestar ¿cuánto tiempo tardamos en asimilar la amputación de un ser querido? ¿cuántos días seguí queriendo preguntarle alguna cosa banal sin darme cuenta de que ya no me podía contestar?

Tu reflexión sobre el trabajo como otra manera de morir también me ha resonado profundamente. Estoy tan familiarizada con ese mundo asalariado que muchas veces supone quitarte voz y pensamiento, expropiarte horas de vida diariamente a cambio de dinero y seguridad. Y lo hago sin demasiado dolor cotidiano, pero con una anulación a largo plazo, sabiendo que esa dejación me ha expropiado gran parte de libertad de palabra y obra.

Al leerte también me he sentido muy en clave Teté, por aquello de no hacer mucha cuenta de las cosas… Yo siempre fui más que tú de improvisar, de no pensar demasiado en las decisiones trascendentales de la vida, de prepararlo todo en el último momento y más en los últimos años cuando los continuados sobresaltos de la salud familiar nos hicieron cambiar tantos planes. Es verdad que a nivel vital sí que proyecto una vida feliz para Deva, envejecer con relativa paz, pero cuántas veces la vida te pone en otro sitio… Quién nos hubiera dicho hace dos meses que los aviones dejarían de volar, que los trenes se pararían, que los bares seguirían cerrados…

Por eso es tan importante Weil y ese pensamiento que me ayuda a agradecerle al bicho estos instantes de detenerse y pensar juntas, letras mediante…Leía hace unos días en el blog de Amador un post referente a Isabelle Stengers en el que hablaba de las alternativas infernales y de cómo esta crisis hacía más evidente que nunca la necesidad de encontrar puntos de fuga a las dicotomías que estos días cobran tanta fuerza: queremos muertos o hundimiento económico, preferimos caos y muerte o control y sumisión a los dictados de los gobiernos… Siempre deberíamos buscar grietas ante esas dicotomías que nos permitan escapar a esas alternativas infernales… Diría que en esta crisis nosotras la hemos encontrado en Weil y en prestarle atención a nuestro léxico familiar y a estas reflexiones. Y no sabes lo que te lo agradezco.

Un beso enorme, amor.

Eva: Flor querida, quizá podríamos dejar ya el texto. A mí me gustaría darlo a leer, al menos a alguna gente. A Teté, que está leyendo Abundancia, a papá, a Sonia, Juan Carlos, Elda, Miriam… no sé. A quienes citamos o a cualquiera. A veces como en Abundancia es peor dirigir un texto a alguien concreto, requiere más valor. No me he dado cuenta hasta que no me puse a enviar nuestro Libro_libreta.

Estos días aún así me estoy atreviendo a incluso dar a leer libros a amigas. Ese por ejemplo de la «Escucha del cuerpo» al que también volví estos días, por el amor que siento por la etimología como archivo del saber de los pueblos. Maravilloso el gesto de Bordelois de hacer etimología con las palabras de la enfermedad. Lo hago para velar por nuestra “salud semántica” que diría Constantino. Recomendar libros, lo he deseado tanto. En la librería al clasificar libros se me venía a la mente gente,  pero luego me cortaba de escribirles un correo para instarles a conocerlo. Sin embargo estos días lo he hecho, a dos o tres personas les he escrito, incluso a Cristela le mandé uno. Sin gesto y sin ofrenda, que escribió Maria Zambrano.

Me dispongo desde la virtud de la obediencia a que esta crisis me fuerce a responder con mi trabajo y mi muerte al desafío de vivir. Estos días haciendo envíos de la editorial percibía hasta qué punto este trabajo de los libros es vital para mí. Incluso escribir las direcciones en los sobres de los envíos me devuelve una respiración esencial. Obligaciones sencillas: nutrir –me cuesta el dar de comer al hambriento de Weil– y no hacer temer.

Son obligaciones sencillas. Simone Weil inicia el «Echar raíces» con  eso que irrita a Agamben, según entendí en su «Autoretrato del estudio». Weil llama a posponer los derechos –que además requieren sociedades garantes– y atender sobre todo a sencillas obligaciones –que esas sí son individuales– facilitando que cada individuo sepa lo que ha de hacer para que pueda hacerlo en la mayoría de las ocasiones. Y fíjate, hay algo ahí que me resuena intenso. Tantos derechos –lo pienso hace años– nos tienen hechas un puto lío. Es el bocachanclismo del progresismo institucional (el trabajo digno declarado por la Unesco patrimonio de la humanidad). De ese follón se nutre también el totalitarismo.

Tantos derechos nos idiotizan. Nos despistan de ser ese nodo de absoluto que somos cada una. Mamá, a sus ochenta y cuatro y demenciada perdida pero todavía tan válida para la vida y tan necesaria. Laia, la única certeza que ha tenido estos días era que quería ir con sus güelines. Vivir cerca, en Pedralba, en Liria… No hemos hecho más que buscar casas grandes donde quepan, si quieren venir. Y así se los puso de fondo de pantalla del móvil. Porque son su futuro. Lo son. Un futuro del que estoy aprendiendo a no hacer cuentas, porque me suelen salir todos los tiros por las culatas. Aún así esos tiros errados son mi pasado. Necesidad de mi alma. Fíjate Flor, lo que he aprendido de Weil que no vi, gracias a conversar contigo. Así pues te pido que te dejes estos días escribir y concluyas tú el texto, por favor. Yo hoy lo releí y edité mínimamente.  Te quiero Flor.

Flor: Dar a leer el texto me da mucho pudor pero como me decías en tu primera carta habrá que deshacer ese nudo y valorar que lo que nos sana a nosotras puede, quizás, servirle a otras. Bajo ese paraguas me resguardo del pudor y dejo que esta conversación se convierta quizá en lluvia fértil que pueda servir para que germine alguna semilla de bienestar en otras personas.

Yo agradezco tanto tus recomendaciones de lecturas que me asombra que te cohibas de hacerlo. También pienso que de todos los oficios que has tenido quizá este de librera sea el más maravilloso. A muchas nos has enriquecido desde siempre con tu pensamiento y los libros que te habían conmovido. Han sido tantas las veces que te he agradecido que me empujaras a leer algo. De lo más reciente citaría la revelación que ha sido para mi Svletana Alexievich o lo que ha supuesto el “Echar raíces” de Simone Weil para este confinamiento. Y la siguiente será Bordelois de la que llevas tanto tiempo hablándome…

Tengo claro que tu casa y tus palabras están habitadas por libros que, de una manera u otra, nos van llegando a las que te rodeamos. Y no sabes lo que te lo agradezco. Mi vida sería infinitamente más mísera sin ti y sin todas esas lecturas que me han abierto la cabeza y dado aliento cuando me faltaba el aire. GRACIAS, AMOR.