Hacerme presente puro.

IMG_7185Anoche al llegar a casa Laia me tenía un regalo. Me esperaba con él, encima de la mesa, envuelto. Ese regalo era una libreta. Me dijo: tú me regalas muchas cosas y yo todavía no te había regalado nada.

Esta mañana he cogido esa libreta y he escrito en ella para hacer crecer ese regalo en mí. He escrito allí con mi letra más sanadora que todo lo que escriba en ella, irá luego al apartado de CONTAR_TE, de este blog. Se me ha ocurrido que pueda ser la mejor manera de agrandar su ofrenda.

Laia sabe bien de mi necesidad vital de escribir. Escribo para querer vivir. Y hoy, de nuevo, lo necesitaba. Ayer, me pasaron varias cosas: fui al SEPE, porque la renta que me han dado por parada de larga duración, la han declarado inconstitucional. Luego fui esa librera sin sueldo que también soy y en medio comprobé, de nuevo, que no me escogen para ganar dinero. Ni tan mal, quise pensar, por que pocas madres muy escogidas para ganar dinero, conjugan eso con criar bien. Ambas cosas parecerían díficiles. No lo aseguraría tan rápido.

Sigo pues escribiendo, a ver si entiendo por qué hoy estoy triste.

Ayer luego de todo eso, un repartidor de MRW me trajo un paquete con un regalo gigante. Las manos de Mingu se habían vuelto a poner a la obra. (Aquí unas fotos del sentido que su obra produjo en nosotras).

 

Las explico también. Primero hubo emoción, luego alegría, incluso baile, y después futuro.  Laia ahora además de panadera, quiere tejer. Fotografíe la secuencia: abrir paquete, descubrir el regalo de Mingu para mí, para ella, y sobre todo el pompón. ¿Ese pompón, lo habría hecho ella también? me pregunté en voz alta. Laia entonces puso cara de pensar y mirando un libro que le encanta supo que sí. ¡Qué también!

Llevo años en bucle con la convicción de que somos lo que hacemos. De este modo, si hacemos regalos, seremos un regalo. Si queremos, seremos queribles. A menudo procuro emplear el máximo tiempo posible en vivir desde ese hacer para ser. En general, he gustado de ocasionar situaciones para poder querer a las personas. En su mayoría mi escritura la dedico también a eso. Lo que quizá a menudo no he sabido apreciar es lo que cuesta este camino que he tomado.

Implica muchísima energía poder querer, dejarse querer. Cuesta mucho pero a veces, lo logro. Y gano. Con Mingu gane una chaqueta, que hizo para Laia, y que ha sido su favorita entre los dos y los siete, casi ocho años que va a cumplir. Mingu es sabia,  y teje prendas que protegen a una niña por seis años. Poder celebrar su sabiduria es una de esas conjunciones de escritura y vida que yo atesoro. Quede de prueba enlace a la “Mingupedia” que su hija Sonia, ha compilado. Un universo de saber imprescindible.

 

Y bueno como hace un segundo escribí a Laia en esa libreta que me regaló ayer, ahora que casi puedo asegurar que en mi vida no pasa nada que no logre apreciar y sentir, porque lo que me pasa se ha vuelto extraordinariamente escaso y preciso, os quiero contar, a quien me lea y a Laia, que las personas podemos querernos, podemos cuidarnos y podemos hacernos bien. Ahora bien eso no es fácil.

Es delicadísimo y costoso. Y creo que conviene dejarlo escrito, fijado, archivado, (sirva aquí en este blog y en esa libretita que hoy he empezado a escribir y donde pegaré una foto de este texto que continua el allí iniciado y fotografiado al principio).

Lo escribo al tiempo que me parece que estoy escribiendo una perogrullada. ¿Nos podemos querer? ¿A sí? Vaya tú… qué descubrimiento. Anda que menudo tema. Pues sí, podemos y apenas nos lo decimos, ni por tanto lo escuchamos o leemos en ningun lado. Me pregunto por qué. Por qué todo el rato no nos estamos recordando que cada segundo de la vida podríamos estar haciendo algo que nos cuida, nos hace bien, nos permite querernos, y que solemos no hacerlo.

¡Cuanto escrito hay sobre el fin del mundo, los fallos del sistema, el cambio climático, la desolación, la violación, el miedo, la precariedad laboral, la falta de tiempo, el maltrato, la incultura, la enfermedad como inconveniente! Escribimos tanto sobre eso que parece ridículo detenerse a escribir sobre regalos, abundancia, amor y ciudado mutuo. Cuidado mutuo no como imposibilidad, sino como presente puro. Escribir para precisar la cantidad de cosas que nos ofrendamos ahora, aún, a pesar de todo.

Si lo pienso bien yo hasta ahora, que soy una parada de larga duración, que llevo ropa prestada (por cierto ayer mi hermana también me dijo que me había conseguido un vestido negro que necesitaba),  hasta ahora que me permito escribir para no más de veinte personas, no lo había escrito. ¡Que podemos querernos, así sin más, por el puro placer de regalarse y cuidarse! Estas fotos de la madre de una amiga que se recrea haciendo jerseys para Laia son una prueba irrefutable.

Y sí, no pido más. Sé que podernos querer, no nos hace triunfar, ni es garantía de nada. A mí, estar envejeciendo del modo en que quiero ser, os puedo asegurar que no me hace ganar salarios, ni premios, ni prácticamente nada. Es más a menudo juraría que ser así, me hace algo rara, casi disfuncional.

Querernos, solo nos permite querernos.  Nada más. Lo bueno, por lo malo. Como la vida, por la muerte. Quizá por eso en general nos arriesgamos tan poco a querernos. A cuidarnos. Por eso nos dejamos tan poco vivir la plenitud cuando no es instrumento, es esencia. Quizá por eso también nos regalamos poco y nos miserabilizamos tanto. Frente a la miseria uno parece que debe hacer algo.. pero ¿y estar a la altura de nuestra potencia incomparable? ¿No es acaso mucho más difícil?  Hay que ser muy niña, muy vieja y muy buena para eso. Gracias Mingu y gracias Sonia, por este “más difícil… todavía”. Al que se me une el sonsonete de Bugs Bunny. “Aún hay más”. Habrá de haberlo: ¡más presente puro!

(Laia acaba de llegar del cole, ha leído el texto y me ha dado permiso para usar sus fotos. Y yo estoy más contenta. Lo publico pues y quizá comienzo una serie para llenar esa libretita de mariposas en la portada… A lo mejor, lo logro).

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«Conclusiones a partir de mí misma», como editora, al fin.

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He editado mi primer libro. Finalmente tras un proceso de trabajo de una intensidad tranquila y poderosa, el libro está ya impreso. Es la traducción al castellano de Amaren heriotzak libreago egin ninduen (La muerte de mi madre me hizo más libre), un poemario escrito en euskera. A, su autora, Mari Luz Esteban, le escribí deseando traducirla y editarla, hace unos meses. Desde que la leí por primera vez su escritura me ha resultado de una fecundidad crucial.

Fértil para mí, ese primer artículo «Antropología encarnada: antropología desde una misma», en el que hace de su cuerpo, de su experiencia al habitar una condición de «rareza» —derivada de un hirsutismo y varios kilos de más— una fuente de saber. En una apuesta por la autoetnografía, Esteban en ese artículo, desafiaba a la «academia» desde esa adolescente “barbuda y gorda”, tornando su «resentimiento» en fuente de pacificación. Releerlo, todavía hoy, renueva en mí la victoria que logra la inteligencia humana cuando va unida al valor de poner la propia vida en juego. De allí, el título de «Conclusiones a partir de mí misma» que tomo de su texto, para el mío.

Años después comencé la lectura de la Crítica del pensamiento amoroso (Edicions Bellaterra). Un libro que ejemplifica el contrato de lectura más justo que conozco. Edición tras edición ese libro demuestra que cuando la sociedad requiere un libro, alguien se atreve a escribirlo y la gente lo acaba leyendo. A pesar del «capitalismo», el «patriarcado» y todos sus sofisticados textos de compañía que lo diagnostican con tanta banalidad y narcisismo mientras nos invitan a conformarnos. A su pesar, hay libros que no «se» quejan, apuestan, y ganan. Mi reverencia pues a Edicions Bellaterra y a José Luis Ponce, por ese libro que consolida a Mari Luz Esteban en una condición que tampoco la conformará.

 

Todo va bien
Un día, convirtió el amor en objeto de investigación con la
   ayuda de dos amigas.
Al tiempo escribió un libro, que tuvo éxito. Dio charlas
  aquí y allá, le hicieron entrevistas en radios y periódicos,
  la felicitó gente desconocida. Era difícil no ufanarse.
Su hijo le prohibió hablar de él (¡perdona, mi amor!),
  incómodo porque su madre fuera antropóloga del amor.
  A-n-t-r-o-p-ó-l-o-g-a-d-e-l-a-m-o-r decía burlándose.
  Bien sabía él que una mujer que teoriza sobre el amor
  resulta sospechosa.
Ella reía.
Subrayaba la importancia de la amistad, la dudosa frontera
  entre todos los amores, la necesidad de descolocar el
  amor del centro de la vida. Más de una persona vino
  pidiéndole cuentas y los debates se alargaron.
Aprendió a estimar la levedad del amor.
Todo iba bien. Todo va bien.
Si no fuera por el pellizco en la boca del estómago.

 

El libro La muerte de mi madre me hizo más libre a la que pertenece el poema que acaban de leer y que es el que he editado, arranca en la Crítica del Pensamiento Amoroso. En su principio podemos leer unos «Nudos». El primero bajo título «Nanas para morir», arranca así: «En junio de 2001 murió nuestra madre y la neblina se apoderó de mi vida por mucho tiempo». De esa «neblina» sin embargo se despejó un poemario que recrea la victoria de las revoluciones irreversibles. Y es que cada palabra hace que la muerte, el amor, la vida vuelvan a ser nuestras. Mucho debe al feminismo, en el que Esteban es constante, este consentir que nuestros cuerpos den cuenta de esas vidas nuestras. Aunque como dice Mari Luz, «a pesar de los cambios, seguimos dentro de un marco científico dominante desde mediados del siglo XIX que hizo una priorización de lo cuantificable, y que tiene una función social de estandarización, de normalización de las conductas».

Suspendo esa palabra y vuelvo a mis «conclusiones». Quiero evitar resultar moña: a ratos lo puedo parecer porque no uso la ironía, ni la crítica escéptica, tampoco hablo sin conmoverme aunque hasta hace poco no sabía reírme. Voy aprendiendo. De lo que no cejo es de un empeño básico en ganar formas de vida buenas, y no solo para mí. Justo por la dureza que aprecio en la existencia, espanto la mezquindad y la mejor forma que he encontrado es celebrando la abundancia. Reconozco abundancia en la riqueza que da el lenguaje a la vida cuando la comporta. Lo olvidamos, pero el lenguaje es un comportamiento humano, una vida viviéndose. Poemarios como este lo actúan, nos hacen saber que las palabras pueden consentirnos, vivificarnos.

Anunció por ello, aquí, en este texto, mi propósito de cuidar cada uno de los libros que hemos impreso en esta tirada de 1000 ejemplares. La muerte de mi madre me hizo más libre llega sin prólogo, ni epílogo. Está desnudo. No necesita más. Es el libro con más coraje que he leído. Coraje entendido como parresía, posibilidad de verdad en tanto que arriesga una posición de poder porque pone en riesgo la propia vida. Foucault señala que la parresía es justo lo contrario de la retórica. Y aún valoro más a esta antropóloga que se atreve a la poesía, enfrentando la retórica. Demasiada poesía hoy es pura retórica; mucha menos poesía es parresiástica. Ahora bien solo el deseo de veridicción puede escribir la poesía que aún no ha sido escrita, la que nos hará falta.

Así pues no tenemos duda de que leer este libro favorecerá un contrato fecundo entre escritura y vida, que nos hará más libres, más fuertes, más valientes. Desde La Oveja Roja, además, os instamos a organizar lecturas colectivas, si así lo hacéis nos haremos cargo del envío gratis para las lectura que arméis, os basta un libro que solo vale 12 euros. Y si organizáis sesiones de lecturas y nos avisáis con tiempo intentaremos estar de algún modo con vosotrEs. Confiamos que este libro detonará procesos de escritura. Nuevas tomas de la palabra y el saber por los cuerpos, las vidas, las muertes «de verdad» que hagan de nuestro resentimiento, potencia. No hay tantos libros que no se quejan, que justo porque arriesgan, ganan y hacen ganar. Por eso debemos cultivarlos y cuidarlos tranquila e intensamente. En ese empeño contad siempre con nuestra ovejita.