Y sí, hermana, dan ganas de quemar gasolineras.

Sonia y yo suscribimos un contrato en agosto. Ella me sostiene para que yo le haga escribir. Le llamamos “autor_izar_nos”. Esta conversación es un balance de  lo que vamos aprendiendo.

Sonia:

Desde que hemos empezado esta relación de acompañamiento en la escritura, entiendo mucho más tu determinación cuando afirmas que nos han robado la potencia del lenguaje y que, con ese robo, han mermado mucho de lo que somos. Quien dicta qué es literario y qué no, sustrae vida. Y sí, hermana, dan ganas de quemar gasolineras.

Pienso en el padre de H., causa de sus problemas, obsesionado por el trabajo y el dinero, antípoda viviente de lo que ella significa, diciendo torpe pero certero: “Hija, ¿por qué no escribes…?”.

Sin saberlo, al valorar su palabra, la está por fin legitimando, después de más de tres décadas. Magia…o justicia universal.

Vuelvo a nosotras y a nuestro pacto: con él firmo, implícitamente, un compromiso conmigo y con la vida que quiero. Sabes que como cláusula del contrato incluí: “Hablarle a Eva, siendo Eva el mundo al que quiero hablar porque es el que amo”.

Qué estamos consiguiendo: a ver…¿puedes imaginarme desnuda y saltando sobre una enorme piscina, los brazos abrazados a las rodillas, ojos cerrados y rizos voladeros? Hazlo; así estoy.

Dialogando con todas las voces que albergo, amistándome y riendo con ellas; así estoy. Desdoblándome en varias Sonias unas veces, otras convocando a mis iguales para que escribáis conmigo, siendo un nosotras que abriga y me da fuerza.

No sé de dónde han sacado que la escritura es un acto solitario; a mí se me llena esto de gente cuando me pongo a teclear; las que estáis y las que no, las que se fueron pero renacen en este limbo curioso que es el negro sobre el blanco.

Y todo esto va sucediendo de tu mano, en textos que vuelan semanalmente hacia ti y de los que no recibo más que aliento cuando regresan leídos y felices.

Creo, además, que el lenguaje también se mastica, puede dar vueltas en la cavidad bucal como un caramelo (o hueso de aceituna, que nos gusta más) y luego tragarse, o no. Pluf….fuera.

Degusto pues mis propias palabras; algunas acaban en el texto que tú finalmente lees, otras caen por la mesa como canicas y ruedan por el suelo.

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Eva:

Recuerdo que cuando iba a lanzar el taller de escritura en la librería de Madrid, colgué un vídeo de una persona hablando en alemán, mirada de lado, grabada desde un aparato de rayos x, sin carne. Impresiona ver todo su aparato fonador, afinando el sonido preciso que conforma cada palabra. Marvin Minsky hablaba de todas las destrezas que no apreciamos poseer tras años y años de esfuerzo. Tanta maravilla de la potencia humana que, oye, nos la sopla cada día que despreciamos la maravilla de hablarnos. Sin embargo, como monos torpes, nos empeñamos en lo que no vale, en lo que yerra, en lo que no logramos.

Un puro instinto de supervivencia desde niña me impidió atender a todas aquellas personas que me decían que no debía hablar sola. Lo seguí haciendo, y ahora de vieja, más. Hablo para comprender lo que me pasa, para simularme en conversaciones que no habitaría o habitaré, hablo para hablar con quien no pude. Todas las vidas que quise materializar, las imaginé detalladamente y las hablé… Recuerdo mis conversaciones con Latoya Jackson, preocupadas ambas por el rumbo doloroso que cobraba la vida de Michael. Cuánto y qué plenamente amé a Michael Jackson y cuánto pude pensar en qué suponía eso de triunfar y que abusen de tu talento y ames la niñez y los árboles. Hasta ahí, jajajaja… Dejo este recuerdo.

Es comprensible que luego, cuando al fin escupí una novela, y me dijeron que las novelas se hacen así y así, y para que funcionen es así y así, yo no pudiera entenderlo. Se me quedaba enano eso del análisis sobre lo que triunfa, funciona, da dinero de la escritura. Como dijo H. -la misma a la que su padre le ha sugerido que escriba- “Tiene que haber algo que quiera decir, porque querer decir algo es como querer vivir”. Yo sé bien, sé perfectamente cuando hablo lo que quiero decir y cuándo no puedo. Sé también cómo me sienta no hacer lo que necesito. En general, de hecho, me cuesta diferenciar la acepción “querer”, de la de “necesitar”. Es claro que no siempre puedo hacer lo que quiero, pero desde luego o lo hago de cuando en cuando, o creo firmemente que no sería una persona que mereciera vivir. Me mataría o habría de ser erradicada del planeta. Diría incluso, ya puesta a tomarme las palabras para discernir, que necesitar es simplemente una acción más cortoplacista. Pero querer, es vital. Si no queremos nada, no vivimos y podemos de tanto no beber, hasta olvidar la sed de agua y volverá a ser un “querer vivir” lo que nos haga beber, y no la propia sed. Lo que quiero, pues, lo necesito. Eso también se nos ha olvidado, porque razonamos poco con el lenguaje común y corriente que ha de servirnos para la vida. Sin más.

Total que sí, que esto de “autor_izar_nos”, “izar a lo real”, “real_izar_nos”, jugar con las palabras, ponerlas al servicio de la vida, quizá haya sido mi voluntad más constante desde la infancia. Lo sé ahora.

Por eso, aunque me gusta escribir y que me lean y lloren o rían quienes lo hacen, eso de escribir y que al lado de que yo lo haga, ocurra que otras no lo puedan hacer, o no deban o parezca que no merecen hacerlo, me parece una aberración. Pero sucede que la gente no habla apenas, y menos escribe. La gente no hace uso de su lengua para vivir, para soñarse, para disfrutarse más que apenas como una receptora pasiva. Y yo siempre lo digo, ¿qué derecho tengo a pedirle a la gente que se haga cargo de sus palabras, de sus campos semánticos? Pues el mismo que a pedirle que se hagan cargo de su alimento y anden y dancen y construyan su hogar. En cuanto puedan y cuanto puedan. Me he alargado con esto pero me parece vital aclararlo.

Hemos de saber qué nos dicen las palabras que tenemos en la cabeza. Qué nos hacen decir, y qué queremos decir. Nombrar nuestra percepción del mundo, apreciar nuestro entendimiento, nuestra voluntad, es completamente imperioso.

Me quedo aquí, y aún no he mencionado eso, que mediante este contrato nuestro he descubierto, de que entre tus palabras adivino tus gestos, incluso las formas de tu cuerpo. Algo que me llena de gozo, aunque lo cierto es que aún no entiendo qué significa.

Sonia:

Te leo y no puedo dejar de pensar en tu expresión aquella tarde, debe de hacer ya diez años: presentabas en la FNAC tu novela “Inmediatamente después”. Arriba, en la tarima, creo que te acompañaba tu editor y Quique Falcón, que hizo un bonito análisis del libro. Iba a decir que este último y tú desentonabais en ese espacio, pero lo tuyo no era desentono, era tristeza, algo como “por qué estoy aquí arriba, qué oficio y qué poder me colocan en este lugar”.

Ese día, por si había dudas, supe que tú no serías una “escritora” al uso, que te ibas a bajar de ese carro de “nuevas promesas” de aquella editorial. Pulpa en garaje intelectual, rebelde de la literatura rebelde.

Esta escena se me presenta como ejemplo de ese malestar que nombras cuando sientes que no estás haciendo lo que necesitas hacer. Cuando estás siendo forzada a ser -en ese caso una “escritora” de la manera que hay que serlo- y ves que tu potencia se apaga, que la niña deja de hablarle a la vida.

Hablar. Me fijo en que utilizas este verbo como sinónimo de escribir. Quiero pensar que también leer, nombrar, cantar, pueden ser sinónimos en este empeño del decir.

Ya sabes, porque te lo dije, que yo escribiendo estaba por fin aprendiendo a cantar.

Cantas sin convicción”, me dijo una persona muy querida hace casi veinte años. Veníamos de una de aquellas sesiones en Matisse en las que versioneábamos temas, y yo era algo así como la segunda voz oficial, la que inventaba armonías para, como decía mi profe de canto, embellecer a las voces principales. No está mal la tarea de embellecer, para nada lo leas como algo negativo, y el cantar con otrxs me ha proporcionado placeres enormes. No tanto el hacerlo sin convicción, oculta o con miedo.

Por eso quizá yo hablo ahora de voz al nombrar mi escritura, porque quizá es el resultado de haber querido cantar mucho, cantar fuerte. De haber practicado y formado un aparato fonador como el de la imagen de la que hablas que, años y años después, se permite sonar, se hace oír y lo hace con toda la convicción, al menos con toda la que puedo lograr. Una voz que se sigue resistiendo a ser solista y convoca a quien se acerque para formar coro, pero ya por militancia, no tanto por miedo.

Y sí, cantar contigo, de tu mano, está siendo un placer enorme. Imagino que el que se siente cuando se hace lo necesario.

Eva:

Jajajaja…. Hablar por escribir. Pues sí. Charlatana y charlarina, charlatodo, bocachancla. Laia cuando vamos por ahí con otra gente, o solas, suele cogerme la mano fuerte y cerca de mi pierna. Y cuando digo lo que no debo, o lo que no quiere que diga o lo que no sé ni qué digo, jejejeje, me pega en la pierna y sonríe. He aprendido a divertirme con mi bocachanclez. Lo que pasa es que a veces digo unas cosas que me dejan completamente perpleja, iluminada, maravillada, plena. Y me atiendo. Me comprometo con eso que digo, eso que sé, porque es verdad para mí, porque lo he de hacer.

Me encanta hablar y en general sé que emociono haciéndolo, pero lo hago raro, lo de hablar en público. Hablo bajito en las charlas (la mitad no se me oye, desvarío) y es que no me puedo preparar qué decir, porque no creo en tener nada que decir que no tenga que ver con a quién lo digo. Y luego, con la palabra, soy impúdica, presente puro, F5 actualizar, cada segundo es el primero y el último, pone en juego el sentido de mi vida y claro a menudo produzco un estupor que necesita generar una intimidad o una disrupción…

Tú y yo hemos conversado tanto. Como dos loquitas a la orilla de la playa, vuelta y vuelta. Comiquísimas, maravillosas. Y sí, tras mi novela me dijiste eso que yo tampoco olvidé nunca de que no querías que se la pudiera leer todo el mundo. Me marcó. Claro que sí. No todo el mundo merece todas las palabras que tenemos para decir. Ni muchísimo menos. Claro que yo creo en las palabras como en el amor, como posibilidad de desarmar nuestras previsiones de alcance. Quijotas at the power.

Y sí, yo quiero que la gente escriba porque creo que no hay nada que deteste más que el desperdicio, el me guardo por si no sirve, el derroche de talento, la falta de arrojo y la medianía. Porque además juro que no creo en nada que no sea lo porvenir que desconozco y a lo que estoy abierta y entrego mi vida.

Hablar por escribir, escribir por cantar, he leído que antes fue la música que la palabra. El ritmo. Sonarnos. Olernos. Escucharnos. Decirnos. Nombrarnos… Pues sí querida mía, soy feliz porque escribes lo que soñé leer y de paso te quiero, aún más que te he querido toda la vida -menos cuando nos enfadamos, y no te hablé hasta que me emplazaste a hacerlo o perderte- y entonces hablamos tanto que aún recuerdo a la Chauxi, Santa Chauxi, bendita Chauxi, odiándonos. Por cierto ¡qué bueno nos fue ese silencio! Porque después de ese silencio y ese atiborre de reproches, ¿recuerdas?, me escribiste por primera vez ese texto que me ha enseñado más de mi funcionamiento en relación que ningún otro… el “Desnudo y desiderata”. ¡Qué maga! ¿Oye no seremos las dos unas autoras colectivas… tremebundas… ? ¿Y qué opina H? Pasáselo…

Sonia:

Hoy quiero tirar de un hilo que has lanzado: escribir lo que siempre hemos querido leer. Porque pienso que realmente solemos hacer lo contrario: leer lo que nos hubiera gustado escribir, buscar en letras ya legitimadas algo de nosotras, algo que nos defina o al menos que nos encuentre. Y nosotras ahí, agazapadas, buscándonos con una lupa. De vez en cuando, pum, un destello, un instante que convierte el papel en espejo, magia.

¿Y qué podemos escribir que siempre hayamos soñado leer…? Empiezo yo:

– Que a esto le queda poco, que quejarse no es suficiente y que tenemos propuestas viables de vida mejor.

– Que el mar no lo cura todo, ni es cierto que la belleza nos vaya a salvar, pero tenemos palabras para nombrarla. Leí a Tania Ganitsky:

“El mundo va a acabarse antes que la poesía

y habrá nombres para diferenciar

el olvido de la fauna

del olvido de la flora

(..)

Y habrá un léxico de adioses,

porque se dirán de tantas formas

que llenarán un libro entero,

que es lo que quedará del amor,

de la literatura.”

– Que vamos a empezar a cambiar los términos: no más deconstruir, más ponerse en valor. No esperar sino reconocer, no más el reflujo de la actualidad de redes y medios; testimonio de lo que ya es vida vivible y apenas se ve debajo del puré con grumos que se nos impone.

Retomo: yo aquel viaje de vuelta después de nuestro último desencuentro hace casi diez años, Evita, lo pasé llorando; habíamos perdido la palabra, yo ya no encontraba las mías y tú ya no eras mi espejo con gafotas. Al llegar escribí de un tirón el Desnudo y desiderata y lo lancé como botella al mar, esperando que el lenguaje nos salvara, como tantas veces. Así fue, y es que tantas veces el desamor es no poder decir…

Eva:

Y no poder decir, es no poder amar. Así de simple.

Sin embargo temo que esto que nos decimos, como mi empeño en “hacer escribir”, sea situado en la lista de las cosas menores. Me aventuro a ser puesta donde el macramé o el patchwork. O aún peor situada, porque es tal la devaluación de nuestra íntima responsabilidad de producir sentido en nuestras vidas, que efectivamente acabamos con el mundo antes, y también y sobre todo porque no somos poesía.

Orangutanes, fieros repetidores del estruendo y la idiocia. Pensamos que nos podemos pasar la vida sin decirnos, contarnos, escribirnos. Que es un lujo. Cosa de quienes valen para las palabras que renunciamos a usar. Me da mal. Que decía mi abuela. Por eso yo sigo en mi rinconcito. Ahí, bien marginada, encontré una libreta de mi abuelo recién encarcelado tras perder la guerra. Leyendo su “Pensamiento del 4 de febrero de 1941” supe lo más importante que he aprendido sobre la guerra civil desde que la vengo estudiando: que quienes nombraron a mi abuelo derrotado, fueron quienes creyeron haber ganado. Pero que mi abuelo no perdió jamás. “Ahora que aún estamos a tiempo” repetía en esa carta mi abuelo lleno de pasión por vivir y esperanza.

Cuando llamo a escribir y dejar archivo llamo a eso. A darnos vida. La nuestra. La que vendrá. La que aún no sabemos. Y que nadie nos puede nombrar, explicar. Porque hemos de dárnosla. Comiendo, respirando, hablando. Escribir es retener el habla. No tiene más valor. Es bastante pero no es para tanto. De hecho, lo del vértigo ante el papel en blanco, no es ni más ni menos que un síntoma de la eficacia en la expropiación de la potencia de la lengua que estamos sufriendo las personas más que cultivadas, arrasadas, diría yo…

¿Lo dejamos aquí a ver como le resuena esto a H, F, MJ? Hoy a MJ le he metido un repaso para que escriba, pero es que yo necesito que escriba la autora de la frase: “la vida empieza en cualquier segundo, en ese que te despierta dándole su sentido y no tiene más duración”.

Nosotras además sabemos lo que nos va a suceder, tú ya nos imaginaste “Bandada de pájaras”. Amo ese texto tanto. Lo copio.

Cómo sucedió.

Siempre lo supimos: aquella forma de vivir podía terminar en cualquier momento y nosotras estaríamos preparadas; más que preparadas, lo estábamos esperando.

No conozco ya a nadie que no escriba lo que piensa, o lo que no llega a pensar pero brota igual de sus manos como fuente. Y así nos vamos reconociendo: olfateamos cuadernos, hojas cuadriculadas, gusanillos, minas de lápices cansados ya pero felices.

A mí me sigue gustando jugar con las palabras; hoy quiero que las cosas no duren, sino que blanden. Río con la blandación recién inventada, como una niña. Ando también cambiando odio por oído, por opio…

El resto de pájaras me mira, me lee y ríe conmigo. Empezamos despidiéndonos y eso nos acercó más y más; ya no recuerdo el tiempo aquel en que expresarse no tenía valor, en el que separábamos vida de palabra como quien pela una naranja. Qué lejano todo.

Y quién me iba a decir que finalmente aprendería a cantar escribiendo. Que emito sonidos infinitos y que no solo me define aquel que se escucha: también y sobre todo el que se lee y se mira. Y que, al final, todos son la misma voz.

Todo aquello…los empeños por ser, las identidades, las exigencias, las cápsulas personales, la admiración por eso que llamábamos cultura, se deshizo un día; justo cuando decidimos no verlo y ponernos en su lugar, con miedo al principio pero con determinación de bandada.

Ahora nos falta espacio para recibir a toda esta gente…mujeres que quieren ocupar blandamente una silla en el círculo. Pájaras que llegan atraídas por las corrientes y se sacuden las alas en la puerta, sonriendo. Algunas se quedaron y escribieron con nosotras, otras se dejaron leer como quien se abandona a una caricia, otras solo se sentaron y respiraron hondo.

Ahora queremos escribir entre todas cómo fue aquello; cómo sucedió que nos quitaran el valor y les dejáramos hacerlo, durante tantos y tantos siglos.

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Emma Cohen: Asuntos interiores

 

 

Emma Cohen en sus últimos tiempos se había retirado del mundanal “ruido de sables” de la cultura española. Se fue a la Luna, un chalet que era un estudio gigante. Ahora Helena que es por quien sé lo que os cuento, vive allí. A Emma no la conocí, cuando Helena hizo Negrablanca, que a mí me pareció una proeza, Emma, que ahí supe que era su abuela postiza, le aconsejó que hiciera cine “de verdad” y se dejara de perder el tiempo con Cine sin Autor. Concluí rápido: otra más que renuncia a hacer desde la cultura algo más que quejarse y cobrar. Luego llegó la noticia de su enfermedad y su muerte y se me hizo tarde. A ratos, me arrepiento porque Emma supo hacer lo que para mí es más importante. Supo morirse. Escogió cómo y así lo hizo: murió sola, “soñando que volaba”.

Que estaba escribiendo una novela, Helena lo sabía, porque le iba contando Emma cuando pasaban días juntas en esa casa, de la que Emma no se movía, y en la que ahora Helena se ha quedado entre otras cosas archivando la obra constante, producida por Emma y su pareja de hogar, Fernando Fernán Gómez. En su ordenador Helena encuentra una novela, llamada Asuntos interiores y terminada en un guión de diálogo,  esperando a ser publicada. Emma había pensado en algunas editoriales, no en esta, para la que yo edito. Ninguna, sin embargo, quiso publicarla.

Entre tanto Helena, animada por mi interés renovado hacia Emma, me pasó otra novela. Justo la primera Toda la casa era una ventana. Lo cierto es que me desagradó. Estaba bien escrita pero el asunto de la belleza, de cómo hacían uso de esa belleza sus protagonistas me repelía. Problemático para mí ser mujer y poder ejercer la belleza. Ser preciosa sin ser objeto de deseo. No imaginaba otra posibilidad que la de despertar codicia y haber de responder con pasividad. ¿Cómo lograr ser generosamente preciosa? ¿Cómo producir belleza activa? A eso responde Emma Cohen en sus Asuntos interiores que, finalmente, editamos en la “Oveja Roja”. Vital, desafiante, impúdica -como esa Emma de las fotos- su protagonista Carmela Kilcoyne, es una mujer bellísima, entregada con todo su valor, a poner en juego toda cosa, por perturbadoramente bella que fuera.

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Quizá Emma no funcionó como narradora porque como respondió en una entrevista  “los mitos eróticos no escriben novelas”. En esa Españota suya, efectivamente así fue. No la leyeron apenas. Emma pudo hacerse Gallina Caponata además de musa del underground. Y “res més”, que diría en su catalán natal, Emmanuela.

Pienso ahora, que lo bueno de morirse y dejar obra escrita es que si esa Españota da para más, cabrá averiguarlo. Recién editados esos Asuntos Interiores, justo dos instancias de mujeres preciosas, la Tetera y la Unifeminista, han escogido leer juntas, “Asuntos interiores”. La novela que Emma dejó de escribir, al tiempo que dejó este mundo, con un guión de diálogo. Claramente, el final nos invita a seguir escribiendo. Yo, por ahora lo dejo. Esperaré a estas lecturas para decir más. Como el caracol “Misterio Republicano”, protagonista final de Asuntos Interiores, mi cultura española va lenta, pero brillará con un fulgor inaudito.

 

Mi mariposa blanca, la mía.

Abandoné mi libreta de mariposas, la que inicié para contarle cosas a Laia y a quien quiera leerlas. Demasiado “drama” me hizo creer que no era digna de regalar(me) palabras. Me afané en “formular proyectos” disparada, nuevamente, por la alarma dineraria. Las cuentas incalculables, el impertérrito alquiler, los impuestos directos y una invitación a un sitio relevante… me despistaron. Hasta tal punto me enajené que una tarde me puse a ver a Évole –no veo su programa, sé que no debo–. Escogí un tema que pareció interesarme, un señor comenzó a contar por debajo de cuántos grados centígrados un hogar se sume en la pobreza energética. De repente un depresor se instaló en mi alma.

He tardado varias semanas en volver. Me trajo una mariposa, nuevamente de Laia. Tiene costumbre esta pequeñita de leerme en mis libretas y me dejó cortada y pegada en mi minidiario esta nota-mariposa.

 

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Mami en las páginas 25 y 26 lo que as escrito es muy bonito y tienes razón en todo lo que has escrito en esas páginas. Laia.

 

Las páginas, 25 y 26 en las que mi hija apunta que tengo “razón en todo” referían a esta resolución personal, pensando en eso de si tengo derecho a escribir o no, y qué cosas. Me escribí a mi misma: “Las respuestas no van antes que la vida. ¿Qué significa funcionar? Atormentarse por estupideces como dónde y cómo vivir; por ahí no va mi vida. Amo y amaré a quien puedo querer. Y lo que tengo que hacer es más que evidente: seguir cuidando de mi vida y la de las demás personas. Cada día. Y eso lo logro hacer también escribiendo. No permitas –me escribía a mi misma- que nadie te oprima con sus denominaciones. No consientas que nadie te nombre (…) No hay en tu escasez, derrota alguna. No hay error. Hay dureza. Pero no va a pasarte nada que no puedas encarar sin convertirte en una mierda de persona. Ama sin permitir que te desprecien y todo irá bien”.

Así pues vuelvo a la libreta que me regaló mi hija. Falta hace que escribamos tozudamente a las que nos podrían nombrar pobres energéticas. Falta hace para recordar que pobreza viene de párvulo, parco, poco; y que –añado– más nos valdría que no escriban quienes de tanto temer la pobreza, se han convertido en mierdas de personas que no pueden amar.

Sin foto. Sólo espuma. Un líquido captura el aire. Por unos minutos.

Cafetería Granier. Glorieta de Embajadores. Madrid. Ayer. (Llueve). Las mesas en filas separadas un palmo una de la otra, mirando a la puerta. Como en una prisión. Unas veinte personas. Inevitable chocarse, incluso entrando, nuestros cuerpos no caben. Nos lanzan desde la barra preguntas apresuradas. Nuestros cuerpos encogidos no dejan entran el calor.  Pero si ensanchamos, habremos de tocarnos.

Miro sobre todo a un rumano, más encogido que el resto, pide un café largo, el más barato, presupongo que busca techo por un rato, para salir de nuevo a pedir a la calle, entonces dinero. Está incómodo. Ojos asustados. Cuerpo consumido. (Sigue lloviendo). Yo acabo de salir de la peluquería de al lado, me armé de valor y fui a arreglar el desaguisado de mi último autocorte de pelo. No me han entendido. Nunca me explico bien en las peluquerías. Llevo pelo de mujer mayor, arreglada. No quiero ser una mujer arreglada. Yo lo que quiero es poder sentarme con el rumano y charlar un rato. Sin más parafernalia. Vida corta, tajante.

Mi turno, un grito me apremia desde la barra. ¿Café?. ¡Con leche de soja! A mi lado de inmediato otro señor me sigue. Café con leche, caliente. ¿Y tú? me dice la camarera. De soja, repito. No, aclara, ¿Templado o caliente?. Caliente también. El rumano, ya no está. Quizá no es rumano. Me pregunto si vivirá donde las vías del tren. No quiero que se note que necesito saber donde está, pero me agarro del bolso. Busco si mi cartera sigue allí. me hicieron saber de las kundas, que explican tanta gente flaca por aquí, arremolinándose para subirse a un coche.

Una vez yo logré hacer una web serie con un muchacho que vivió en la calle, y se drogó. Nada superará para mí el humor de Andrés. Y el de Marta. Su talento. Yo no soy una maruja con renta mínima de inserción. El rumano no es un pobre de Dickens.

De repente nos avisan, a mí y al del café con leche caliente. Ya los tenéis, nos desplazamos a penas. Enfrente nuestro, dos bandejas, con dos cafés con leche, en la espuma que los corona late un corazón perfecto. El mío más chiquito, el otro más grande, los dos color tierra claro. Los miro varias veces. Busco los ojos de la camarera, las ojeras embolsadas, no vencen un brillo que calificaría de infantil. ¿Los has hecho, tú? -le pregunto-. Vienen a mi mente sus manos, sosteniendo una jarrita, unos segundos antes, cuando una voz me inquería a decantarme por templado o caliente. ¡Qué preciosidad!, le afirmo rendida a la evidencia de su regalo. ¡20 años detrás de una barra sirviendo cafés…! me afirma entre descreída y alegre. El hombre, a mi lado, se apresura a sumarse al reconocimiento. Yo en toda mi vida de camarero nunca los conseguí hacer. Te lo aseguro. Nos miramos los tres, con sorpresa, nos damos las gracias, la felicitamos.

El corazón corona el café mientras lo voy bebiendo. Es cierto que doy sorbos pequeños, delicados, pero aguanta. Sé que el señor mayor, que antes no aprecié siquiera a mi lado, fue camarero también, sé que seguro está contento. Me he sentado muy cerca del muchacho encogido, le doy la espalda, pero estoy cerca.  Casi al terminar el café sigue ahí, el corazoncito denso, espumoso, mullido. Me lo bebo decidida. Ya es yo.

 

 

Cuidado con el cuidado.

A menudo me encuentro buscando algo. Me acuso también, por lo tanto, de haberlo perdido. Me reprocho la prisa, una energía vana, histérica, desordenada. Suelo también creer que debería estar haciendo otra cosa de la que hago. O estar en otro lugar con otra gente que me valore más o me quiera mejor. Hubo un tiempo en que culpé de ese descentramiento -que reconozco padecer- al capitalismo, al patriarcado; a mis jefes, mis parejas. Culpar, acusar, ¡lo hacemos tanto! Que insaciable empacho produce eso…

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En medio de todo eso logré imponer mi deseo de cuidar la vida. Y una vida, milagrosamente, aconteció pegada a mí. Logré defender, casi a mis 40 años, un saber irrelevante, extraído de mi experiencia de niña y adolescente, que me indicaba que cada vez que cuido de otras personas, mi desasosiego, mi descentramiento desaparecen. Así pues hoy 8 de marzo, a pesar de todas las consignas, he decidido situar en el centro el cuidado. Cuidarme. A mí también. Ponerme en el centro. Y sobre todo no violentarme a tener que por eso dejar de cuidar a nadie.

Puesta en el centro, me ha sido facil detener la búsqueda de un papel donde tomé unas notas sobre Heidegger y tras mucho desasogiego he encontrado el valor de recalar en mi libreta de mariposas. Aunque hoy sea 8 de marzo y quizá poco conveniente publicar nada. Luego, volviendo a ser yo, mi centro, me he preguntado de dónde salía mi necesidad de hacerme con esas notas en las que leer a Heidegger me había hecho evidente la imposibilidad del “ser desinteresada”. Al situarme en el centro, de repente no estoy en falta por no saber dónde está el puto papelito. Es más celebro imaginarlo por ahí tirado. Importante citar a Heiddeger sin regalarle más atención que la que merece lo que me anima a pensar por mí misma. Solita. Citar a Heidegger, mal citarlo, porque Hanna Arendt le tuvo respeto. Y porque tanta gente lo demoniza. Mal citarlo y reivindicar lo atractivo que me resulta poderme querer sin tener que ser desinteresada. Quererme desde mi propio interés.

De repente, esa busqueda vana, histérica y desordenada ha concluido al ponerme a escribir justo las palabras que mi vida requiere ahora mismo. Mi centro es pues mi libreta de mariposas y no la lavadora, y no preguntarme cómo lograr ese dinero que tanto “se” resiste a pagarme por todo lo bueno que pongo en el mundo. Mi centro es mi criterio y no el “movimiento feminista”, entendido como un dogma que me obliga a vivir esta jornada de una manera determinada. Así pues me animo a publicar este texto. Hoy 8 de marzo.

Al tiempo que celebro que mis amigas me manden fotos de sus mandiles colgados en la ventana, pero no colgándolo yo; que dentro de un rato haré la huelga a la huelga de cuidados, feliz de hacer unas lentejas para Laia que ha preferido ir al cole a que le cuiden los profes hombres que quedarse cuidándome a mí. Le di a elegir y es que muchas veces, para mí el cuidado, como yo lo ejerzo es disfrutar del privilegio de poder cuidar respetar y atender la necesidad y el deseo de otras personas, desjerarquizadamente, sin capacitismos que nombran dependientes e independientes ciertas vidas y otras no. Cuidar la vida más allá de esa miopía utilitarista que pierde la posibilidad de celebrarla toda, sea cual sea su condición, porque no quiere que se sepa que hay vidas que teme vivir, que prefiere matar, sin tener siquiera el valor de mirar a la cara el genocidio ocasionado. Celebrar la vida, la flagrante intensidad de la existencia, que se sabe del milagro, que se celebra a cada instante, en cada gesto de cuidado, porque atiende también también toda la muerte, todo el dolor y todo el daño que también nos damos, que también nos hacemos al cuidarnos o no cuidarnos.

Leía también en Heidegger sobre esa diferencia entre cálculo y pensamiento (creo). Calcular ha de hacerse para acertar, no hay mérito en fallar. Sin embargo al pensar no le asusta, no le puede amilanar, el equivocarse. Y sí, yo hoy quiero aunque me equivoque poder decir que no me interesa, apenas, conjurar una brecha salarial, ni demandar puestos de poder que no ocupan las mujeres. Tampoco celebro acríticamente que hoy excepcionalmente “dejemos” los cuidados en manos de cualquieras que no tienen ni puta idea de cuidar. Así del mismo modo que entiendo que no me ofrezca nadie, por un día la tutela de una central nuclear; os digo que no llevaré a mi hija esta tarde a esos puntos de cuidado que se han abierto en la ciudad de Madrid ocupados por personas cuyo mérito para ser cuidador hoy, es el de no cuidar normalmente o el de cobrar por cuidar hoy por ejemplo a Laia.

Me hubiera encantado leer en las demandas de los colectivos de mujeres hoy, una que me animaría a escribir tal que así: la obligación irrevocable de que toda persona limpie alguna vez en la vida el culo de un anciano, al tiempo que le observa atentamente durante una tarde, mirando a la muerte, sin pestañear. Todo el mundo, sin excepción forzado a cuidar la vida que más desprecia o teme, en una llamada a velar por igualdad alguna, sino por todas las diferencias. Por aprender a cuidarlas, a quererlas. Cuidarnos, erotizando la(s) vida(s), toda(s), y sobre todo las que más tememos, ahuyentamos o matamos. Desafiarnos absolutamente a tener que aprender a ser capaces de cuidar la vida, con toda la sabiduría, destreza, potencia que cuidar requiere para darnos vida.

Beso a la valentía

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Postal de Miriam Cameros, autora de “A cuestas conmigo”.

Mi pasado texto, “Esa conexión y Lazo”, apenas conectó. Poquísimas lecturas. Releyéndolo, me pregunto ¿era un texto cobarde? ¿Por ñoño? ¿Por poco expuesto?

Ya sé que hacerse cargo de lo potente, exige inmenso valor. Lo busco, pues.

A Flor, mi hermana le conmovió. Pero Flor sabe bien quién es Carmen. Carmen Abad, que también como Simone de Beauvoir, tiene apellido. Decir que es una espartana de Cocacola en lucha no es suficiente. Como todas y todos esas personas, son mucho más. A poco que la mires, en Carmen encuentras una mujer cuidada y cuidadora; atenta y elegante. A Carmen, hasta una votante del PP la escogería para que le representara (si la política pudiera ser nuestra, de cualquiera).

A Carmen no solo la dejé sin apellido, sustraje, en mi entrada anterior sus palabras. Su testimonio. Respondía ella -y ahí la conexión- a una propuesta que yo lancé a la asamblea del Campamento de la Dignidad a quienes Alfonso, Eddy y yo habíamos escogido para leer y escribir. Mi propuesta, algo rara, fue doble: (uno), tomar la palabra, para que no nos nombren todo el rato desde fuera y,  (dos) hacerlo, poniendo en el centro de nuestros encuentros, nuestro uso y disfrute de narrarnos.

Aquí copio tal cual, la transcripción de lo que Carmen respondió, de corrido, sin un respiro apenas a esa propuesta doble de “toma” de la palabra:

Yo me llamo Carmen Abad, llevaba 28 años trabajando en Casvega. Mi padre también ha sido trabajador de Casvega, osea que toda mi vida prácticamente ha estado vinculada a Coca Cola. Además en aquella época cuando yo era pequeña veníamos aquí a recoger los juguetes porque se vestían de reyes magos los compañeros y te daban unos juguetes, osea que emocionalmente estoy muy vinculada a la empresa. Mi vida en ese momento (del anuncio del cierre de la planta) era una vida muy estructurada, muy tranquila, muy planificada. Parecía que todo ya estuviera en su sitio, hasta que tuviera ochenta, ochenta y cinco noventa, todo lo tenía planeado y no me había pasado nunca por la imaginación que fueran a cerrar Fuenlabrada. Yo cuando oí que iban a cerrar Fuenlabrada no me lo podía creer. No voy a explicar el conflicto que ya ahondaremos en otros momentos. Pero bueno desde entonces se puede decir que mi vida sufrió un vuelco, casi un tsunami, se ha dado a vuelta por completo. De tener la vida estructurada, poder hacer planes, que todo estuviera controlado… de repente pues te falta el salario y te quedas, como nos quedamos los obreros sin salario, te quedas sin planes y casi, casi, sin futuro. Y entonces te das cuenta de que habías vivido en ese letargo que te organizan también; en el que la clase obrera no existe, en el que crees que eres lo que te dicen que eres, en el que no tienes voz y además, bueno, pues estabas ahí tan a gusto y casi ni te lo planteabas, ni lo necesitabas. Y a partir de ese momento, pues en cierto modo estoy contenta porque tomé una decisión libremente. Me sentí avasallada, pisoteada, todos mis derechos como persona y trabajadora, yo sentí que los estaban saltando, casi, casi me trataban como a una niña pequeña y no como a una persona adulta que decide sobre su futuro. Ellos me decían lo que iban a hacer conmigo, tú apúntate aquí y yo te digo si te mando a este sitio, si te echo, porque no das el perfil o no te echo. Tu apúntate que yo veré lo que hago contigo. Y bueno pues a mí eso fue una de las cosas que más me indigno desde el primer momento. Lo que hago con mi vida lo decido yo y no lo deciden ellos y por eso no me apunte al plan voluntario. Luego pues bueno, gracias a los compañeros, tuvimos una asamblea con Enrique Lillo y vi que todos esos sentimientos que yo tenía resulta que es que había leyes, que los legislaban y que estaba todo escrito, y es que sencillamente se estaban saltando todos nuestros derechos y además se sentían con el poder para hacerlo, ¿no? Entonces bueno pues no firmé, estoy contenta de haber tomado esa decisión. Sobre mi vida elijo yo. Además estoy cada vez más convencida, estoy completamente convencida de que tomé la decisión adecuada. He conocido como han dicho mis compañeros a una gente estupenda. Yo creo que el éxito de esta lucha sobre todo radica en que las personas que hemos quedado, por supuesto que nos importa el dinero porque todos veníamos aquí a por dinero cada mes, para tener una vida digna y normal y con algún capricho de vez en cuando, pero por encima de eso a pesar de que veníamos a por dinero, nos hemos quedado a los que además nos importan otras cosas, otros valores. Eso que ahora no se lleva nada. Y yo creo que como todos los 238 que estamos aquí tenemos otros valores, como es la dignidad, el honor, pues cosas que no se llevan nada. Pues por eso seguimos en la lucha, por eso estamos aquí todos tan unidos y por eso, esto va a ser un éxito. Y no voy a decir mucho más. Estoy contenta, en el fondo de que me haya despertado. Y lo que tú decías antes, ahora podemos hablar. Y resulta que casi yo no sé ni hablar, porque he estado tantos años callada, porque no me tocaba; que ahora casi me cuesta hasta hablar. Nada más.

Este testimonio, marcó un punto de inflexión en esa asamblea. En ese (lo que tú decías antes) cifro esa “conexión”. Carmen acogió mi propuesta de “contarnos” agrandándola hasta hacerla enorme. Nuestra conexión detonó otras, JC pudo hasta llorar; Raúl, más allá de si leía o no libros, y cuantos, se puso a editar y montar todos los testimonios. Así pasito a pasito, casi un centenar de personas escribimos ese libro único en que una “lucha obrera”, testimonio a testimonio, compone un libro, que firma una cuenta de twitter.

Es revolucionario.

  1. Es revolucionario que el lenguaje, que también somos, nos permita trascendernos. Pasar de ser un cliché, de ser un pozo sin fondo, un alienado (que da sin retorno) a conseguir “ser sujetos”.
  2. Lograr ser sujeto. Sujetarnos. Osea hacernos con nuestro talento. Ponerlo en juego. Discriminando, al servicio de quien lo pones, para qué. ¿Qué más derroche que no hacernos cargo de nuestro talento? Es más, me pregunto una y otra vez: ¿si usar nuestro talento no es nuestra tarea, entonces para qué vivimos?
  3. La vida podemos cuidarla o no cuidarla. Si queremos cuidarla: necesitamos ponernos a la tarea. Cada segundo. Cualquier tarea merece que, como decía Picasso, la inspiración, nos pille, trabajando. No muchas veces nos pasa que lo que tenemos para dar al mundo, podemos darlo. Necesitamos de la oportunidad precisa y del talento exacto para poder producir genialidad, para inventar lo nuevo. Yo lo he experimentado.
  4. Nada me pone más triste que entregarme a la alienación. Nada más alegre que atreverme a la potencia de  la vida “insólita”. Potencia que logra cualquier subalternidad que no acepta el sometimiento. ¡Necesitamos dejar de ser desecho para consentirnos regalo, abrazo, horizonte, suelo!
  5. Gran parte de nuestra impotencia deriva de que no sabemos para quién o cómo obrar. Saber con quién obrar es prioritario. Los testimonios de esa ronda que inauguró ese libro “Somos Cocacola en lucha” fueron para nosotras y nosotros, que nos considerábamos obreros y obreras. Puede parecer sectario o ridículo. Lo es presumir de identidad, de cualquiera: de rico o de obrero. Ahora bien solo asumiéndonos, podemos desbordarnos. Solo siendo la obrera más obrera del mundo descubres -y contigo el resto- que es imposible ser solo obrera, o solo viejo, o solo enferma terminal.
  6. Las obras que nos real_izan: desbordan la realidad. (No se trata de tener la verdad, se trata de serlo. Lo repito desde que lo leí por vez primera). Si nos real_izamos: lo real deja de ser “lo que hay” y va siendo, lo que vamos siendo.
  7. De repente, un buen soplido, atinado y preciso, derrumba el castillo de naipes. De repente un libro (de esos que tanta gente dice que ya nadie lee, o nada dicen y nada logran…); de repente, insisto, un libro sobre una lucha obrera es comprado en El Corte Inglés por el empresario que ha de leer lo que su plantilla excendentaria tiene para contarle. A mí, me hace féliz imaginar al empresariado teniendo que aprender de su plantilla.
  8. Y sí, esa “conexión” que tuve con Carmen, devuelve a la existencia su posibilidad de revertirlo todo. Lazo, nuestro perro de peluche, es otra demostración. Carmen, antes de mostrármelo, aún escondido en una bolsita, me advirtió: me pediste que me cuidara y te he hecho caso. Entonces me mostró un muñeco de peluche, que había fabricado de cero a cien. Tenía un lazo de cuadritos en el cuello que ha perdido. Laia tal cual lo vió, lo bautizo como Lazo. Y nos unió.

(Aquí lo dejo, espero en este texto haber sido más clara que en el anterior. En cualquier caso, seguiré insistiendo. Me gusta creer que mi libreta de mariposas congregarán palabras para enseñarme a besar por sorpresa a la valentía. A perder, al fin, miedo y pudor para contar las maravillas que atesoro. Me cerca, ese inmenso campo semántico que incita a esconder “el tesoro”, dada su condición de escasez, de usurpabilidad. No me amilano).IMG_7301

Esa “conexión” y Lazo.

Hace años, cuando hube de escoger una frase para el blog que acompañaría las reacciones a “Inmediatamente después” tomé esta de Simone de Beauvoir “Construiré una fuerza en la que me refugiaré para siempre”. Entonces no alcanzaba a comprender por qué la escogí. Me sucede a menudo, plasmo destellos para retenerlos, estirarlos, para no cerrar los ojos. Poco a poco, voy entendiendo, que sí, que mi aliento normalmente va destinado a hacerme fuerte para poder querer vivir.

Todo el mundo, no puede, ni quiere, ni quiere poder. Es incluso infrecuente. Cuando estudiaba Historia recuerdo que me sorprendí con un libro de George Roux que leí sobre “Mesopotamia” donde aclaraban que esa idea de “vida escogida de la que te haces cargo”, digamos, no existía. Sospeché, entonces, si era una sofisticación en mí ese “querer querer vivir” y no. Desde niña he experimentado la necesidad de celebrar -incluso peleándola- una vida que mereciera las penas. Nunca negaré que la vida puede no merecer la pena en absoluto.

Aclaro pues que sé -y respeto- que hay quienes más allá de sobrevivir, no pueden andar pensando en ningún merecer, ni suyo, ni mío. Pero yo aún puedo. Me cuesta. Conste. Mucho. De ahí esta misión que me asigné en ese blog de sobre todo, construir esa fuerza que me refugiara, y me lograra “fuerte” para poder querer vivir, para no querer morir o matar.

El otro día escribí sobre Mingu y Sonia. En las reacciones a ese texto, a través de su hermana, llegué a Carmen, esa mujer que en la primera ronda de testimonios que otorgó latido al libro “Somos Cocacola en lucha” tal cual comenzó a hablar, de manera inmediata, me hizo llorar. (Llorar para saber, que mi querer vivir, rebosó al escucharla).

Algunas noches raras veo Nashville, es una serie de muchas temporadas sobre cantantes de la música country. El otro día dos personajes, a quienes les cuesta sostener un talento natural, y que están a menudo en filo de la navaja, hablaban de esa conexión que logras cuando obras y das todo lo que tienes. Lo referían a escenarios y canciones… serviría para cualquier obrar que te pone en relación con otras personas. Y sucede, a veces, que los haceres, nos conectan y es tan intenso. Tan conmocionante que no es extraño que haya que ser fuerte, muy fuerte, para poder arriesgarte a conectar. Conectar implica hacerte cargo, estar dispuesto a amar. Lo logrado es inigualable.

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Con Carmen, yo tuve, tengo, tendré (lo aseguro) esa “conexión”. Carmen para cuidarse unos vértigos que le dieron en plena gira de presentaciones de “Somos Cocacola en lucha” nos hizo a Lazo (en la foto) a Laia y a mí. Y el otro día me escribió aquí en este blog este comentario al texto de “Hacerme presente puro” que inauguraba la intención de escribir y esa libreta de mariposas y volcar aquí tal cual lo que allí cuento. Os comparto el comentario -aunque es público-:

“Hola Eva. Sabia Laia!!! Que sabe de lo maravilloso del mundo que crea su madre a su alrededor y no puede ni debe quedar en la intimidad de vosotras dos. Mágica Eva!!! que me transportas con tu relato, a un mundo de pureza, de calma, sanador, del que no quieres salir. Gran acierto Contarte para l@s privilegiados que podamos leerte e inspirarnos. Gracias Eva por tanto. Besos para las dos”.

Carmen desde el gesto de Laia de regalarme ahora esta libreta, me hace saber que construí una fuerza, y que toca dejarme de solo refugiar. Mi maravilloso mundo, Laia, Lazo y Carmen saben que “no puede ni debe quedar” en mí. La sabiduría de Laia hace conmutativa la magia. Los sumandos suman. Carmen advierte: ese maravilloso mundo “no puede ni debe quedar en la intimidad de vosotras dos”.

Gracias Carmen, por tanto.

“Yo soy inocente, yo soy inocente, yo soy inocente. Y tonto y tonto y tonto”.

El jueves pasado prometí en una libreta que me regaló mi hija, escribir hasta llenarla y publicar aquí lo que allí manuscribiera para mí hija y la gente a la que quiero. Tengo que hacer lo que escribo que voy a hacer. En este texto también pretendo aclarar por qué y dicho esto entro en materia.

 

Llevo semanas leyendo “Sumario 3/94”. Una novela “no-creativa” dicen sus autores-editores, dado que la trama que se vuelca en sus páginas no la escribieron personas que reconocerían escribir ficción, sino cuyo oficio -en muchos casos asalariado – es administrar Justicia. Eso no implica que muchas de las personas a las que transcriben (en las declaraciones que conforman este Sumario Judicial que contiene la novela) hablan sin saber lo que dicen, especulan, chismorrean, deliran, inventan o directamente mienten.

Novela “no creativa”, también, porque es real. Real en el sentido, que a mí me importa, porque “real_iza”. No en vano ese Sumario 3/94 mandó a un señor “bueno”, Vicente Arlandis Ruiz, a la cárcel 13 años, 7 meses y 10 días. Entre tanto, la mujer de ese señor Dolores Recuerda y sus cuatro hijos (apellidados Arlandis Recuerda), se quedaron sin él y posteriormente sin casa, dados los cinco millones de pesetas que hubieron también de pagar en concepto de indemnización a los herederos de María Lidia Bornay. Cada palabra, cada espacio en blanco y cada errata de este Sumario formaron parte de un juicio cuyo resultado es una sentencia que acusa a Vicente Arlandis Ruiz de un “delito de robo con homicidio doloso”.

Más de veinte años después de pasar esto, Vicente Arlandis Recuerda, hijo del encarcelado junto a Miguel Angel Martínez, deciden solicitar a la Audiencia Provincial de Alicante todo el “Sumario” y comienzan a producir este artefacto novelado para -entre tantas cosas, otras muchas aunque yo me voy a centrar en una- encausar al “lenguaje”. Arlandis hijo, produce también una obra de teatro, también llamada “Sumario 3/94” en la que actúa con su madre y su padre y que el sábado pasado pude ver en la Casa Encendida en Madrid.

Vicente en la representación teatral abrió, dirigiéndose al público con el libro en la mano, señalando que tras vivir lo vivido una de las cosas que tuvo claro fue que la culpa en última, última, ultimísima instancia es del lenguaje; del lenguaje del procurador, del fiscal, del dactilógrafo, del confidente, del guardia civil, de… Tras decirnos eso, en esa obra maestra de la elegancia y la reconciliación que es esa pieza teatral, comienza a leer términos, palabras sueltas, de ese Sumario. Lee muchas palabras, las arrejunta y luego lee su madre, y escribe su padre. Y eso seguro es la justicia poética, que logra esta obra. Porque yo al leer a su padre al tiempo que escribe, vuelvo a creer en las palabras. Por eso vengo diciendo que esa obra de teatro y esa novela, son para mí, la obra culturalmente más relevante que he habitado. Pura creación de esa que logra el milagro de hacer de la mierda, abono. De la palabra crematorio: palabra fecunda.

Sigo intentando explicarme: hay quien dice que la obra interpela a la justicia de este país. Al lenguaje judicial. Pero yo me sentí interpeladísima. Me quedé pensando en ese culpable: el lenguaje. Escribo mi cadena de razonamientos: pensé ¿qué es el lenguaje? Sin buscar en la wikipedia, me respondí: ¿un sistema de signos escritos, de sonidos que comparte una sociedad? ¿Una sociedad, un grupo de gente, o de quién es el lenguaje? ¿El lenguaje es de alguien y/o lo sostenemos entre mucha gente? ¿Lo importante es de quién es o cómo nos hace y qué nos hace el lenguaje?

No os engaño, en mi vida trabajo con las palabras y en esto he reparado más veces. Y lo más atinado que he encontrado para pensar vitalmente en esto, es lo escrito por un lingüista, Moreno Cabrera, que insiste que una lengua es sus hablantes. Un lenguaje lo producen un conjunto de personas de una en uno, al usarlo. El lenguaje, insistió él un día que conversamos varia gente con él, es una competencia humana. Si no habláramos no habría lenguaje. Y bueno es fácil concluir que si todas fuéramos sordomudas, el lenguaje no sonaría. Moreno Cabrera añadía de hecho que una lengua no muere mientras queda alguien que la habla. Y sí, yo creo en este razonamiento, pero entonces si la culpa es del lenguaje, cosa que no dudo, la culpa es también de hablantes y escribientes cualquiera seamos.

Es evidente que al padre de Vicente todo ese lenguaje judicial, chismoso, irresponsable, falso, deshonesto, le desvalió radicalmente. Ahora bien, al terminar la obra de teatro en la Casa Encendida, contó a viva voz, que vista la chapuza judicial que en el Sumario puede leerse, el Supremo le propuso pedir perdón para sacarlo de la cárcel y que él dijo que no. Que no tenía perdón algún que pedir, que él era inocente, le echarán encima cuantos sentencias quisieran. Y así lo escribe en una libreta grandiosa -en esas palabras que leídas me vuelven a hacer creer en la palabra-. “Soy inocente, soy inocente, soy inocente…”. Podemos leer al tiempo que escribe en un video que le grabó su hijo. Lo escribe, lo dibuja, lo baila con la mano diría yo, en ese pasaje bello hasta donde la belleza alcanza. Tras haber escrito una lista como de castigo escolar con eso, al lado añade “y tonto, y tonto, y tonto, y tonto”… Os ruego que procuréis ver esta obra de teatro, que la busquéis… porque es pura poesía. Flor desde el estercolero. Que para eso poetizamos, para liberarnos con nuestro más gran esfuerzo lingüistico de tanto daño y tanto mal que nos hace el lenguaje, ese que también, somos.

Y es a ese lenguaje al que Arlandis vence. Todas y cada una de esas palabras que hablaron ese montón de gentes que no saben pero hablan, que no saben, pero dicen. Y todo está registrado, y eso es lo impresionante, comprobar como la comunidad judicial, la policial demuestran qué palabras hacen valer. Policías y jueces demotrando cómo les valen más las palabras de confidentes y chismosos cuyo único fin -y eso lo lees con claridad meridiana en la novela- fue detener, encausar, juzgar y no absolver a un inocente. La inquietante trama, confidente mediante, vecina chismosa mediante, dactilógrafo mediante, se arma para caracterizar a Vicente Arlandis Ruiz como asesino. Así pues en ese Sumario, un montón de lenguas incautas, mentirosas, vendidas y compradas, parlotean y son transcritas por unas personas que cobran salarios del Estado Español por hacer este trabajo. Fiscales, policías, guardias civiles, escogen el relato cuyo resultante crea un culpable. Sumario 3/94 es, pues, un montón de lenguas ejerciéndose, para hacer el mal y hacerlo mal. Por eso leerla es tan inquietante. Pero necesario. Necesario saber que hemos naturalizado, que nos socializamos en una relación con el lenguaje cuyo motor principal es un puro parloteo mortífero.

A mí me parece gravísimo. Y gravísimo, ya no porque el padre de Vicente estuviera en la cárcel tanto tiempo, ni tan siquiera porque su familia se quedara sin casa. Me parece terrible que tanta gente, tantísima gente estemos usando nuestra lengua, nuestra competencia humana para mentir, chismorrear, acusar sin pruebas a otras personas. Gravísimo que otra tanta gente considere su trabajo hacer eso, transcribir la declaración de un confidente solícito o la de una vecina chismosa. Y que como me comentaba Raquel Taranilla, que ese supuesto agente judicial imaginario, tras transcribir textos así, cierre la carpeta y se vaya a casa con sus hijas e hijos a comerse un filete de pescado y a escandalizarse viendo en el telediario lo mal que va el mundo. Obviando que un ratito antes tuvo la oportunidad de usar el lenguaje, de cobrar para usar las palabras con el fin de encarcelar a un inocente. Y que no se puede dejar en la silla del juzgado su lenguaje porque somos nuestro lenguaje.

De este modo, quienes “no tenemos palabra” estamos peor que Vicente Arlandis. Porque no “tener palabra”, va parejo con no poder ser, que es una manera más de hacer el mal. Y lo digo así porque parto de que la minoría la gente que hace el mal, lo hace porque lo quiere hacer o es consciente de estar haciéndolo. Ardent lo nombró como la vanalidad del mal. Fácil, demasiado fácil, sencillísimo hacer el mal. Convendría reconocerlo.

Y volviendo a eso de “no ser”, llego a lo crucial para mí de todo este asunto. Y es que esos usos del lenguaje, tan nefastos, ocultan que en su discurrir acaban convirtiendo nuestras alternativas vitales en no hacer o hacer el mal. Si lo que decimos no importa, si da igual lo que somos, nos dará igual también no hacer nada o hacerlo el mal, sin ni tan siquiera recapitular. Y eso es lo que el Sumario también recoge, como, hasta qué punto, hacer el mal o no hacer nada, es normativo. Porque Vicente lo que una y otra vez nos cuenta es que a esa mujer, a la que acusan de haber matado, él lo único que hacía era cuidarla. Cuidarla, sin más, porque sí, por humanidad. Porque ella no era de su familia, pero estaba muy despistada, y muy sola y muy mayor, y le cortaban dos por tres la luz y la pilló un día buscando comida en la basura, y ese día empezó a ayudarla. Y esa ayuda es, en realidad, el nudo argumental de toda la trama. Es demasiado raro, demasiado sospechoso, insólito que un señor ayude, sin tener por qué, a alguien. Y ahí es donde quería llegar.

Luego resulta que la Justicia tiene también tipificada como delito, la ausencia de auxilio o socorro… que es un delito social constante, porque y eso lo evidencia Sumario 3/94, el sentido común, en sociedades como la nuestra nos indica que no debemos ayudarnos, así como así, a bote pronto… sin más ni más. Por eso el padre de Vicente escribe en ese papel, manuscrito, de manera grandiosa, en la obra de teatro: yo soy inocente, yo soy inocente, yo soy inocente… y tonto y tonto y tonto y tonto. Tonto -interpreto- por no enterarme de que quien atiende y cuida a personas cualquiera, sin mayores explicaciones, corre importantísimos riesgos de tener problemas en esta sociedad.

Por ahora lo dejo ahí porque quiero que, quien pueda de quien me lea, preste atención para ir a ver esa obra de teatro que es el Sumario 3/94, que la vea y auspicie que se represente y/o lea el libro. Para que así pueda leer o ver escrito de la mano de ese señor esa carta que nos escribe para dejarnos más claro, meridiano, que en esta sociedad nuestra, ser listo es ser culpable. Y que esta sociedad está llena de listos metiendo en la cárcel a personas buenas. Mientras, afuera, estamos haciendo sociedad quienes permitimos que este señor esté en la cárcel por cometer la imprudencia incauta de atender a una mujer sola y desasistida, de esas que esta sociedad suele abandonar. Inocente-tonto. Culpable-listo. Mundo de mierda.

Ahora bien, sabéis, en realidad que seamos “unos monos con escopeta” en el fondo me da cierta ternura, cierta esperanza. Como en los documentales de animales, nos comemos unos a otros porque aún no hemos aprendido a hacerlo mejor. La gran mayoría no hemos aprendido, aunque hay algunos que se nombran “tontos” y en notas muy cortas nos escriben y nos explican, cómo funciona nuestro mundo… Insisto id, buscad, comunicar con Vicente Arlandis e id a ver su obra de teatro. Y/o leer ese Sumario. Yo sé que para junio esa obra de teatro se estrenará en el pueblo donde todo esto sucedió, que el libro se puede comprar en la papelería de ese mismo pueblo, de Ibi. Y sí, no tengo dudas que es la novela más relevante de cuantas he leído. Y como acontecimiento cultural, me parece el culmen de la conjugación exacta que necesitamos que decline la cultura. Un “YO OBRO PARA LA VIDA MAYÚSCULO, GIGANTE” que por mi parte haré crecer cuanto pueda… para que nos deje de pasar que cuando a una mujer (enlazo noticia) a la que han violado en una playa, maltrecha y destrozada pide auxilio a unos que corren de mañana antes de ir a su trabajo, no pase que no la auxiliamos, atendiendo a sentido común que vital y culturalmente nos estamos construyendo y que nos advierte: sé listo, tú a lo tuyo, no te metas en líos, algo habrá hecho, mierda de vida. ¡Vayan a ver esa obra de teatro para que no nos pase más eso! Si no que sepamos que podemos asistir a esa mujer, cuidarla, como Vicente Arlandis y su familia cuidaron a la vieja de Ibi, y que nos pase lo que nos pase, eso nos hará mejores personas. Las mejores.

Hacerme presente puro.

IMG_7185Anoche al llegar a casa Laia me tenía un regalo. Me esperaba con él, encima de la mesa, envuelto. Ese regalo era una libreta. Me dijo: tú me regalas muchas cosas y yo todavía no te había regalado nada.

Esta mañana he cogido esa libreta y he escrito en ella para hacer crecer ese regalo en mí. He escrito allí con mi letra más sanadora que todo lo que escriba en ella, irá luego al apartado de CONTAR_TE, de este blog. Se me ha ocurrido que pueda ser la mejor manera de agrandar su ofrenda.

Laia sabe bien de mi necesidad vital de escribir. Escribo para querer vivir. Y hoy, de nuevo, lo necesitaba. Ayer, me pasaron varias cosas: fui al SEPE, porque la renta que me han dado por parada de larga duración, la han declarado inconstitucional. Luego fui esa librera sin sueldo que también soy y en medio comprobé, de nuevo, que no me escogen para ganar dinero. Ni tan mal, quise pensar, por que pocas madres muy escogidas para ganar dinero, conjugan eso con criar bien. Ambas cosas parecerían díficiles. No lo aseguraría tan rápido.

Sigo pues escribiendo, a ver si entiendo por qué hoy estoy triste.

Ayer luego de todo eso, un repartidor de MRW me trajo un paquete con un regalo gigante. Las manos de Mingu se habían vuelto a poner a la obra. (Aquí unas fotos del sentido que su obra produjo en nosotras).

 

Las explico también. Primero hubo emoción, luego alegría, incluso baile, y después futuro.  Laia ahora además de panadera, quiere tejer. Fotografíe la secuencia: abrir paquete, descubrir el regalo de Mingu para mí, para ella, y sobre todo el pompón. ¿Ese pompón, lo habría hecho ella también? me pregunté en voz alta. Laia entonces puso cara de pensar y mirando un libro que le encanta supo que sí. ¡Qué también!

Llevo años en bucle con la convicción de que somos lo que hacemos. De este modo, si hacemos regalos, seremos un regalo. Si queremos, seremos queribles. A menudo procuro emplear el máximo tiempo posible en vivir desde ese hacer para ser. En general, he gustado de ocasionar situaciones para poder querer a las personas. En su mayoría mi escritura la dedico también a eso. Lo que quizá a menudo no he sabido apreciar es lo que cuesta este camino que he tomado.

Implica muchísima energía poder querer, dejarse querer. Cuesta mucho pero a veces, lo logro. Y gano. Con Mingu gane una chaqueta, que hizo para Laia, y que ha sido su favorita entre los dos y los siete, casi ocho años que va a cumplir. Mingu es sabia,  y teje prendas que protegen a una niña por seis años. Poder celebrar su sabiduria es una de esas conjunciones de escritura y vida que yo atesoro. Quede de prueba enlace a la “Mingupedia” que su hija Sonia, ha compilado. Un universo de saber imprescindible.

 

Y bueno como hace un segundo escribí a Laia en esa libreta que me regaló ayer, ahora que casi puedo asegurar que en mi vida no pasa nada que no logre apreciar y sentir, porque lo que me pasa se ha vuelto extraordinariamente escaso y preciso, os quiero contar, a quien me lea y a Laia, que las personas podemos querernos, podemos cuidarnos y podemos hacernos bien. Ahora bien eso no es fácil.

Es delicadísimo y costoso. Y creo que conviene dejarlo escrito, fijado, archivado, (sirva aquí en este blog y en esa libretita que hoy he empezado a escribir y donde pegaré una foto de este texto que continua el allí iniciado y fotografiado al principio).

Lo escribo al tiempo que me parece que estoy escribiendo una perogrullada. ¿Nos podemos querer? ¿A sí? Vaya tú… qué descubrimiento. Anda que menudo tema. Pues sí, podemos y apenas nos lo decimos, ni por tanto lo escuchamos o leemos en ningun lado. Me pregunto por qué. Por qué todo el rato no nos estamos recordando que cada segundo de la vida podríamos estar haciendo algo que nos cuida, nos hace bien, nos permite querernos, y que solemos no hacerlo.

¡Cuanto escrito hay sobre el fin del mundo, los fallos del sistema, el cambio climático, la desolación, la violación, el miedo, la precariedad laboral, la falta de tiempo, el maltrato, la incultura, la enfermedad como inconveniente! Escribimos tanto sobre eso que parece ridículo detenerse a escribir sobre regalos, abundancia, amor y ciudado mutuo. Cuidado mutuo no como imposibilidad, sino como presente puro. Escribir para precisar la cantidad de cosas que nos ofrendamos ahora, aún, a pesar de todo.

Si lo pienso bien yo hasta ahora, que soy una parada de larga duración, que llevo ropa prestada (por cierto ayer mi hermana también me dijo que me había conseguido un vestido negro que necesitaba),  hasta ahora que me permito escribir para no más de veinte personas, no lo había escrito. ¡Que podemos querernos, así sin más, por el puro placer de regalarse y cuidarse! Estas fotos de la madre de una amiga que se recrea haciendo jerseys para Laia son una prueba irrefutable.

Y sí, no pido más. Sé que podernos querer, no nos hace triunfar, ni es garantía de nada. A mí, estar envejeciendo del modo en que quiero ser, os puedo asegurar que no me hace ganar salarios, ni premios, ni prácticamente nada. Es más a menudo juraría que ser así, me hace algo rara, casi disfuncional.

Querernos, solo nos permite querernos.  Nada más. Lo bueno, por lo malo. Como la vida, por la muerte. Quizá por eso en general nos arriesgamos tan poco a querernos. A cuidarnos. Por eso nos dejamos tan poco vivir la plenitud cuando no es instrumento, es esencia. Quizá por eso también nos regalamos poco y nos miserabilizamos tanto. Frente a la miseria uno parece que debe hacer algo.. pero ¿y estar a la altura de nuestra potencia incomparable? ¿No es acaso mucho más difícil?  Hay que ser muy niña, muy vieja y muy buena para eso. Gracias Mingu y gracias Sonia, por este “más difícil… todavía”. Al que se me une el sonsonete de Bugs Bunny. “Aún hay más”. Habrá de haberlo: ¡más presente puro!

(Laia acaba de llegar del cole, ha leído el texto y me ha dado permiso para usar sus fotos. Y yo estoy más contenta. Lo publico pues y quizá comienzo una serie para llenar esa libretita de mariposas en la portada… A lo mejor, lo logro).

«Conclusiones a partir de mí misma», como editora, al fin.

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He editado mi primer libro. Finalmente tras un proceso de trabajo de una intensidad tranquila y poderosa, el libro está ya impreso. Es la traducción al castellano de Amaren heriotzak libreago egin ninduen (La muerte de mi madre me hizo más libre), un poemario escrito en euskera. A, su autora, Mari Luz Esteban, le escribí deseando traducirla y editarla, hace unos meses. Desde que la leí por primera vez su escritura me ha resultado de una fecundidad crucial.

Fértil para mí, ese primer artículo «Antropología encarnada: antropología desde una misma», en el que hace de su cuerpo, de su experiencia al habitar una condición de «rareza» —derivada de un hirsutismo y varios kilos de más— una fuente de saber. En una apuesta por la autoetnografía, Esteban en ese artículo, desafiaba a la «academia» desde esa adolescente “barbuda y gorda”, tornando su «resentimiento» en fuente de pacificación. Releerlo, todavía hoy, renueva en mí la victoria que logra la inteligencia humana cuando va unida al valor de poner la propia vida en juego. De allí, el título de «Conclusiones a partir de mí misma» que tomo de su texto, para el mío.

Años después comencé la lectura de la Crítica del pensamiento amoroso (Edicions Bellaterra). Un libro que ejemplifica el contrato de lectura más justo que conozco. Edición tras edición ese libro demuestra que cuando la sociedad requiere un libro, alguien se atreve a escribirlo y la gente lo acaba leyendo. A pesar del «capitalismo», el «patriarcado» y todos sus sofisticados textos de compañía que lo diagnostican con tanta banalidad y narcisismo mientras nos invitan a conformarnos. A su pesar, hay libros que no «se» quejan, apuestan, y ganan. Mi reverencia pues a Edicions Bellaterra y a José Luis Ponce, por ese libro que consolida a Mari Luz Esteban en una condición que tampoco la conformará.

 

Todo va bien
Un día, convirtió el amor en objeto de investigación con la
   ayuda de dos amigas.
Al tiempo escribió un libro, que tuvo éxito. Dio charlas
  aquí y allá, le hicieron entrevistas en radios y periódicos,
  la felicitó gente desconocida. Era difícil no ufanarse.
Su hijo le prohibió hablar de él (¡perdona, mi amor!),
  incómodo porque su madre fuera antropóloga del amor.
  A-n-t-r-o-p-ó-l-o-g-a-d-e-l-a-m-o-r decía burlándose.
  Bien sabía él que una mujer que teoriza sobre el amor
  resulta sospechosa.
Ella reía.
Subrayaba la importancia de la amistad, la dudosa frontera
  entre todos los amores, la necesidad de descolocar el
  amor del centro de la vida. Más de una persona vino
  pidiéndole cuentas y los debates se alargaron.
Aprendió a estimar la levedad del amor.
Todo iba bien. Todo va bien.
Si no fuera por el pellizco en la boca del estómago.

 

El libro La muerte de mi madre me hizo más libre a la que pertenece el poema que acaban de leer y que es el que he editado, arranca en la Crítica del Pensamiento Amoroso. En su principio podemos leer unos «Nudos». El primero bajo título «Nanas para morir», arranca así: «En junio de 2001 murió nuestra madre y la neblina se apoderó de mi vida por mucho tiempo». De esa «neblina» sin embargo se despejó un poemario que recrea la victoria de las revoluciones irreversibles. Y es que cada palabra hace que la muerte, el amor, la vida vuelvan a ser nuestras. Mucho debe al feminismo, en el que Esteban es constante, este consentir que nuestros cuerpos den cuenta de esas vidas nuestras. Aunque como dice Mari Luz, «a pesar de los cambios, seguimos dentro de un marco científico dominante desde mediados del siglo XIX que hizo una priorización de lo cuantificable, y que tiene una función social de estandarización, de normalización de las conductas».

Suspendo esa palabra y vuelvo a mis «conclusiones». Quiero evitar resultar moña: a ratos lo puedo parecer porque no uso la ironía, ni la crítica escéptica, tampoco hablo sin conmoverme aunque hasta hace poco no sabía reírme. Voy aprendiendo. De lo que no cejo es de un empeño básico en ganar formas de vida buenas, y no solo para mí. Justo por la dureza que aprecio en la existencia, espanto la mezquindad y la mejor forma que he encontrado es celebrando la abundancia. Reconozco abundancia en la riqueza que da el lenguaje a la vida cuando la comporta. Lo olvidamos, pero el lenguaje es un comportamiento humano, una vida viviéndose. Poemarios como este lo actúan, nos hacen saber que las palabras pueden consentirnos, vivificarnos.

Anunció por ello, aquí, en este texto, mi propósito de cuidar cada uno de los libros que hemos impreso en esta tirada de 1000 ejemplares. La muerte de mi madre me hizo más libre llega sin prólogo, ni epílogo. Está desnudo. No necesita más. Es el libro con más coraje que he leído. Coraje entendido como parresía, posibilidad de verdad en tanto que arriesga una posición de poder porque pone en riesgo la propia vida. Foucault señala que la parresía es justo lo contrario de la retórica. Y aún valoro más a esta antropóloga que se atreve a la poesía, enfrentando la retórica. Demasiada poesía hoy es pura retórica; mucha menos poesía es parresiástica. Ahora bien solo el deseo de veridicción puede escribir la poesía que aún no ha sido escrita, la que nos hará falta.

Así pues no tenemos duda de que leer este libro favorecerá un contrato fecundo entre escritura y vida, que nos hará más libres, más fuertes, más valientes. Desde La Oveja Roja, además, os instamos a organizar lecturas colectivas, si así lo hacéis nos haremos cargo del envío gratis para las lectura que arméis, os basta un libro que solo vale 12 euros. Y si organizáis sesiones de lecturas y nos avisáis con tiempo intentaremos estar de algún modo con vosotrEs. Confiamos que este libro detonará procesos de escritura. Nuevas tomas de la palabra y el saber por los cuerpos, las vidas, las muertes «de verdad» que hagan de nuestro resentimiento, potencia. No hay tantos libros que no se quejan, que justo porque arriesgan, ganan y hacen ganar. Por eso debemos cultivarlos y cuidarlos tranquila e intensamente. En ese empeño contad siempre con nuestra ovejita.