Bienvenida a mi realidad.

Cuando me quedé embarazada de Laia, hace 8 años, dejé de informarme. Ni los periódicos leo. Luego Sonia me hizo Facebook. Mi red es un filtro, aún así, lo leo un rato hasta que noto que se me acorta la respiración y entonces, lo cierro. Estoy atenta, atentísima a cómo respiro cada palabra que leo. La semana pasada se me coló la noticia de un desahucio por alquiler y un suicidio. Aún no puedo escribir sobre eso, pero una vida, cerca mía se terminó también sin que yo hiciera nada. Una y otra vez como en una pesadilla, esta persona está tirándose a un tren… Yo lo veo, pero no tengo lugar en la escena. He penado eso que me pasó; pero me ha hecho más fuerte.

La realidad, contrariamente a lo que nos cuentan, daña pero remedia; ahora bien ¿cómo nos protegemos de las informaciones, los análisis, los relatos, los discursos? El artículo que se me coló estos días es este: “Todos los males de nuestra época sintetizados en una muerte”. Un análisis, inteligente, omnicomprensivo, lúcido, que a mí me agrede. Me resulta de una escolaridad no concluida. El autor escribe como si la vida siguiera siendo colegial y se tratara de ser el listo.

Es un modo del saber que me enoja, me machacan estos analistas agoreros, expertos en los males que nos aquejan. Tan detallada y procelosamente exhaustivos son estos análisis que acaban dando sentido, justificando, esos males que nos acucian o acuciarán y de los que, así como quien no quiere la cosa, nos tornan responsables. En general el argumento suele ser el mismo: lo estamos haciendo mal todo y por eso ganan los peores. Las personas somos tontas y no sabemos lo que hacemos. De hecho lo que hacemos mal es lo que más se nos explica. El analista con la descripción detallada de lo malo que nos pasa, de lo peor que nos pasará, alcanza exhausto el final del texto con una llamada a cambiarlo todo. Cambiarlo todo así en dos líneas, así de impracticablemente, en un parrafito. Un despacho rápido de la posibilidad de hacerlo bien. Me pregunto por qué. Entiendo que El Confidencial pague eso y no esto que yo escribo. El Confidencial vende relatos del mundo, para que nos dé más miedo vivir que leer. Y así compremos más cuentos donde narrar detenida, prodigiosamente, cómo actúa la suicida entre quien muere matando.

El otro día las pikaras, atinadísimas a veces, estrenaban el hastag “#PikaraLoser” advirtiéndonos de la necesidad de rescatarnos de nuestra indiferencia ante las noticias menos leídas. Hiperenlazaban un reportaje sobre la lucha de las domésticas y las kellys. Las mujeres a las que no leemos. Yo precisaría que más que indiferencia es desprecio. Así mientras hoy estaremos todas hablando del ascenso de Vox, vamos a seguir sin leer cómo se organizan las trabajadoras domésticas, por ejemplo.

Este desprecio -y no lo digo por una estúpida correspondencia moralista- nos está jodiendo la vida. Lo tengo claro. Hay gente a la que leemos demasiado y gente a la que no leemos nada. No nos interesa leer sobre trabajadoras pobres, pero sí leemos sobre cómo ser madres, apegadas o neutras, poliamorosas, o incluso asexuadas. Esos temas son los “winners” del Pikara. Convencidas por los agoreros triunfantes del desierto que nos cerca, necesitamos vivir en matrix. Huimos como la pólvora de las perdedoras, las desahuciadas, las pobres. Y así, nos aterroriza trabajar limpiando culos o sábanas, nos aterroriza Vox, nos aterroriza todo…

Por supuesto, no niego los desahucios, ni la pobreza energética, ahora bien necesito rescatarme del murmullo de los listos. Necesitamos urgentemente dejar de dejarnos asustar. Y darnos la bienvenida a nuestra realidad, como dice el título de esa maravillosa canción con la que voy terminando. Para disponernos a vivirlo todo, vivir sin miedo. ¡No porque sabemos todo lo malo que nos va a pasar… si no porque nos arriesgamos a vivir en tiempo presente y pase lo que pase!

El otro día una mujer pendiente de un desahucio y miembro de la PAH en ese libro para que el que andamos dándonos testimonios de vida del que algo avisé por aquí nos dijo: “Yo antes de entrar en la PAH no tenía amigas, tenía clientas. Y a mí el quitarme mi casa, me ha dado la satisfacción de teneros a todos y que todos me queráis y que cuando vengo por la esquina me dicen: ¡ya viene la Carmen, ya se han quitado las penas! Yo, de verdad en mi vida soy muy querida, no sé por qué, por mi humor, porque canto. Y es que soy la que canto”.

 

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