Medio siglo

Vengo diciéndome que no morimos. Imagino obsesivamente la conjunción de la forma y la función de todo lo vivo. No me importa no comprenderlo. Es más, no quiero.

Hoy hace 50 años que mis células, solitas, sin mayor aplauso ni protagonismo siguen conformándome. Algunas tomaron la forma-diente, para la función-alimentar. Han caído o me los quitaron. No importa, existen más allá de mí.

Cómo imaginar desaparecer. No puedo. Soy una energía que no me pertenece. Sí, es verdad, amo cuanto puedo y uso de un relato chiquitín de pedazos de recuerdos, que se presentan aleatoriamente con la fiereza de lo inmediato. De repente a mis 17 años escucho a Paloma hablar del ser y el lenguaje y a mi amigo Pedro, su madre le grita que corra, aunque no ve.

Mis décadas son segundos. Un brote verde, a su vez terminación de una de las ramas de una planta de calabaza, se ha subido al montón de yerba, al mes y medio de ser plantado y me llama. Noto la caricia amaderada de las manos de mi abuela Carmina, las de mi tío Manolín. Alfonso se las cruza, trabajando una tierra que sigue sin ser nuestra un siglo después.

Está todo bien, realmente bien. Gracias.

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