Narrativa crítica para un capitalismo incompetente.

No para escribo para tener razón; sino para poder conjugar en primera persona del plural y del presente, narrativa y revolución. Para ello voy a simplificar para hacerme comprensible. Sospecho que lo que sostengo, puede molestar a cierta izquierda que lee esta revista. Me arriesgo. No me considero mejor que nadie, ahora bien, estoy convencida de que para hacer la revolución, la novela “crítica” es un mal apaño. Interpelo a escritores/as de izquierda a un debate sobre estrategias revolucionarias para la narrativa, evaluando las ya usadas. Valorando nuestro oficio de novelistas y su utilidad social, como haría un ebanista o un cirujano. Verán que es raro eso. Conjugar trabajo(s) y riqueza social. Raro, también, en la literatura.

 

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Contrabandear (una invitación)

Investigo cómo es mi blog, y descubro que de nuevo para saber qué significa para mí la escritura, no me guardé lugar. Me construí como una especie de palio, para mostrarme ahí, como la mala escritora que soy para que me tiren piedras, y me procuré una página estática bajo el texto “Soy escritora”. Opté no por una dinámica y tranquila entrada de blog.  No, me encarcelé en una página. Como si fuera una presa de mí y lo que he podido con las palabras hasta ahora. Para peor, me hice eso sí, dos entradas para la crianza social y para la sinautoría y las colectividades productoras. Salvar el mundo sí debo, pero dejarme balbucear, no. Dejarme sencillamente accionar con esa necesidad mía, de escribir, no. Me he vuelto a apresar, atar, reatar. Lo hago una y otra vez y ésa es en realidad mi pelea vital. No dejarme ser escritora, como yo necesito ser escritora. Quedarme perpleja, en ansiosa humillación… (gracias de nuevo Jesús Olmo por tantos comentarios).

Cierto que me crié en un mundo anoréxico que concibe nuestra posibilidad de acción en la literatura solo en tanto que constructor de consumidores. Constructor de compradores de libros, clónicos (los compradores y los libros), ocasionados -ambos- para una vaga lectura. Y sí, yo no puedo ser escritora desde ese concepto adelgazado del mundo que trata la escritura como una labor cuyo sentido es una posterior y complaciente y facilitada y seduciente lectura.

Y lo sé. Que no. Que el alfabeto, la escritura de palabras, congeladas en el tiempo y convertidas en materia física, no se inventó para la lectura, sino para organizar, permitir, el desarrollo social. La puesta en juego de más cabezas resolviendo -aunque se equivoquen- la complejidad del mundo. Para permitirnos ser como sociedad otra cosa, de otro modo a esas sociedades ágrafas cuya verdad sostenían como comunidades, olvidando y reajustando el pensamiento al puro acontecer de un mundo producido en común.

Es verdad que muchos motivos no ha dado la escritura para que confiemos en su potencia. Mejores no nos ha hecho. Es más debiéramos recordar que la escritura contribuye a que nos distanciemos de la realidad y del grupo que sí requiere un saber ágrafo solo ocasionable con el lazo social que consiente y renueva constamente.

Ahora vivimos instalados en la perplejidad en que nos deja ese conocimiento parcelado y estúpido que esa tecnología nos legó. Por eso busco y busco volver a encontrar sentido a la escritura… y, me está costando largo tiempo.

Casi diría que comienzo ahora aquí: procuro no temer ni el error, ni el balbuceo. Y mi balbuceo se empeña en escribir que la detonación fundante de la escritura no fue la lectura. No deberíamos leer sin más. Nunca. Y un libro nunca debiera renunciar a ser ese “objeto poético social y político” que renueva el lazo social. Por eso, en esa librería “Contrabandos”, optamos por nombrarnos “edición política” y optamos por nombrar nuestro propósito desde la idea de materializar la cultura.

No aceptamos una cultura que no se haga cargo del mundo que construye. Toda cultura construye mundo y quien nos dice que no, es porque quiere que creamos que el mundo es solo lo que soportamos. Descubierta la cárcel inmaterial, la material es más pequeña y concreta y asusta menos. Por eso nos atrevemos a desafiar.

En mi caso, para ser escritora clon, renuncié a la escritura y es cierto aún me subo a los estrados para que me apaleen pero quizá sea ésta la última vez.  Quizá ya esté aprendiendo a consentirme. Incluso me atreva ya no a ir tranquilamente contando en qué ando con la escritura, sino también comenzando a nombrarme como editora. Desde una edición política, desde una materialización de la cultura, puede que vuelva a tener sentido fabricar un libro, porque podamos hacernos cargo de qué mundo construye ese libro.

En ese espacio estamos procurando esas cosas. Lenta, tanteantemente, pero sí; queremos eso. Y en eso estamos. Generando una interrupción del sentido, suficiente para que no se nos abarrote el deseo entre hierros transparentes. Invito pues aquí a quien quiera sumarse a este intento. También.

Somos @cocacolaenlucha

Siempre me pareció realmente desmovilizador el desprecio a lo obrero en este país. Y ahora me lo explico más que nunca. Quienes detentan el poder no dan potencia a quienes pueden desbancarle. Y ver potencia en los y las obreras es arriesgado. No vaya a ser que la usen, esa potencia, a su entender y no al mando y obediencia de quien se la paga, conforma, o subarrienda. Saberse obrerx es saberse parte de una cadena de producción que puedes detener, intervenir. Es saberse parte de una lucha (de clases, interseccional…) en la que eres una de las fuerzas en tensión que produce realidad.

Incluso, esa “clase”, puede llegar a darse cuenta de que sostiene un medio de producción que podría ser suyo. La toma de los medios de producción, ése es el gran tabú. Lo que no puede hacer el pueblo. En “La comuna” de Peter Watkins podemos ver el terror al caos, y la violencia simbólica que implica que cambie de manos lo que perteneció por los siglos de los siglos a  unos pocos -y la cultura y el arte han sido lo que el poder ha querido considerar cultura y arte-. Por lo tanto, conocemos como obras (literarias, artísticas, cinematográficas), mayoritariamente, las que nos ha producido quienes detentan los medios de producción de la cultura y el arte. Personas a las que “se” considera con el derecho de producirnos el mundo y ponernos a imitarles, o a sus órdenes. Pero…¿cómo sería la representación que podríamos darnos a nosotrxs mismxs? ¿Cómo sería que, la clase obrera, escribiera su propia historia?

A mí, que cuido que nada estropee mi mirada, me emociona cuando veo gente trabajando. Un barrendero en la calle me conmueve. Lo creo seriamente que incluso los trabajos más denigrados, y esos más que ninguno, hacen la vida mejor: desatascar tuberías, limpiar culos, repartir cartas. Lo que me jode es respetar una relación capital/trabajo que amenaza  la producción de bienes materiales, de riqueza real. Diseñado el empleo para la ganancia privada, desde arriba, es lógico ganar más en diseñar una autopista que por limpiar una casa -que por eso se sigue a menudo sin ganar dinero-.

Aún así sigo sintiendo el orgullo que lxs obrerxs sentimos cuando trabajamos. Sin duda creo que el mundo sería mejor, si trabajar permitiera imaginar cómo hacer una sociedad más vivible, osea con las cargas socialmente distribuidas entre garantizar la reproducción de la vida, y  la producción de otras vidas posibles; para que una persona, no solo limpiara las calles, sino que también pudiera luego llegar a su casa y diseñar una nueva política barrial … En el centro de mi nervio vital siempre estuvo defender eso… un trabajo digno, generador de desarrollo humano, que fuera el centro de una estructuración social emancipadora.

Ahora, con el libro #somoscocacolaenlucha en pleno proceso de producción, comparto ese tesoro que tanto imaginé poder encontrar. Por que al fin me he topado con trabajadores y trabajadoras organizadas que no consintieron que les despreciaran y humillaran por ser trabajadores/as. Y no sólo resistieron ese mandato; lo han contado. Haciendo uso de metodologías experimentadas muchos años en CsA, adaptadas a posibilitar una escritura colectiva, el proceso de escribir “Somos Coca cola en lucha” ha sido como un tiro certero.

Los trabajadores y trabajadoras de @cocacolaenlucha se han atrevido, tranquilamente, a tomar los medios de producción de las palabras  y hacer un libro, porque se han pasado meses haciéndose cargo de su propia verdad, realizándola… y por eso no les ha costado en absoluto contar su historia. Lo de ser quienes estaban a cargo de los medios de producción es algo que su conciencia de clase, obrera, sindical,  ya les permitía ver que era el acicate de su fuerza. Estar organizados y poder parar la producción. Ésa era su fuerza. Y lo sabían. Así que en cuanto vieron que leyendo sus relatos conmovían a la gente dijeron, pues esta fuerza de producir realidad, también la tengo, y la voy a hacer pública y de ahí que ya mismo “Somos Cocacola en lucha” va a ser un libro.

Tras la experiencia de Cine sin Autor en el Patio Maravillas lo cierto es que había renunciado a que un sujeto colectivo pudiera contarse. En ese momento, interpretamos que quizá el sujeto tenía que generarse para hacer una obra, pero no podía preexistir. Con @cocacolaenlucha redescubro que no. Que el sujeto ya colectivo, puede escribirse. Atiendo a que quizá los tiempos estén cambiando. Y ahora ya creamos que es posible y necesario hacernos cargo de nuestra propia representación. Incluso que eso sea una urgencia.

Para mí, “Somos Cocacolaenlucha” es un premio.
Un hito para afianzar el desafío de volver a creer en la palabra para poder saber el mundo que queremos y ponernos a construirlo. Eso es lo que ha hecho la gente que está detrás de cada palabra del libro que editará Editorial La Oveja Roja “Somos CocaCola en lucha”.
Embotelladores o carretilleros, o administrativas que han construido esta narración que llaman “autobiografía colectiva”. “Novela evidencia” resuena en mi interior.
En resumen, la historia oral de un conflicto, narrado en primera persona, transcrito y ensamblado para lograr un libro, compartiendo el deseo de hacer el lenguaje más bello porque es arma para aprender lo bueno (y lo malo) y regalárselo al mundo, para contar cómo organizar una gran lucha y nunca rendirse, para lograr las formas de vida que queremos y podemos vivir y contarlo…

Eso es lo que ha hecho todo el tiempo la gran familia que ha habitado el campamento de la dignidad. Obrerxs y sus seres queridxs que se han merecido a un sindicato y un sindicato que se ha merecido una victoria que como obrerxs tendrán que seguir sosteniendo todo el rato. Porque, y eso es lo que dignifica la lucha obrera, lxs obrerxs, el mundo que queremos, lo tenemos que hacer, porque nosotrxs ni lo podemos robar, ni se lo podemos encargar a nadie, a precio de saldo, para que lo haga por nosotrxs. ¡Somos obrerxs!

 

Arte como mar

Cine sin Autor, me permitió pensar en el arte como mar. Me demostró que a la creación artística le cabe el mundo. Le tiene que caber, así de grande es el arte, así de necesario el mundo.

Sesión tras sesión de trabajo “sinautoral”, impidiendo constantemente el prejuicio desautorizante hacia la gente cualquiera que es moneda común de casi todo el mundo, descubría una y otra vez que como dice Doris Lessing, talento nos sobra, lo que nos falta es constancia. O lo que nos falta es una sociedad que consienta que el talento se reproduzca.

Y es que el arte, así ocupado, como un baño fundante del cuerpo en el mar, es de tal potencia que apenas necesita nada más. Y sospecho que por eso se veda su uso. En esta teoría del complot que manejo, que me hace ver que cuando nuestra felicidad es mercancia, nos la tienen que robar para poder luego vendernosla… pues en esa explicación del disconfort, que me doy, me cierra que el arte haya quedad confinado desde siempre en los entornos del poder (económico, político, social). Y lo que nos han dejado a los y las demás es un estúpido sucedáneo, léase museo. O bien el desprecio hacia las otras formas de creación que no han sido consideradas arte, lease artesanías, floklore,…

Así, no paro de constatar como casi todo nuestro mundo cultural, social, está planteado para eso, para restarnos la creación. La capacidad de construir mundo que significa generar obra. Así, se impone la avaricia, la mezquindad y enanecen  nuestras posibilidades. Esos inmensos confiscadores, censores, reyes del canón que nos fuerzan a repetirnos una y otra vez, que nos clasifican, que nos seleccionan, que nos pinchan esqueléticos sobre el corcho que será colgado en la pared. Por eso nos hacen usos disuasorios y narcisistas de la cultura, por eso nos hacen usos tan restrictivos de la cultura… y el arte. Una y otra vez. Y por eso al final crear desde y para uno mismo se convierte en onanismo o mercancía y claro ahí el tesoro del arte, se vuelve tesoro escaso, tesoro de na de na… como los de las películas de piratas… Cuando yo sé que el tesoro del talento, de la creación compartida, de la vida es tan grande, tan repartible, tan común como el mar. También tan vida/muerte, también tan desafiante, también tan potente…

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Novela colectiva, novela evidencia.

Hace tiempo que el Nobel me da igual, pero esta vez me ha alegrado, porque han dado el de literatura a una mujer que hace novela colectiva y usa del relato oral. Parece que hacía entrevistas a miles y luego escribía transcribiendo y ensamblando e imagino que reescribiendo.

Yo estoy ahora en medio de las voces de espartanos y espartanas del “Campamento de la dignidad de CCIP”. Ha sido mi primera encarnación de la sinautoría en la escritura. Pregunté: ¿y tú qué historia quieres contar? y comenzó lo que pronto será un libro. El hecho de una escritura hecha desde una producción asamblearia tiene otras potencias. No somos una mujer, como esa escritora, somos un colectivo de redacción que se conforma en “el campamento de la dignidad” con unas cuantas personas estables desde ese primer día y otras que acuden a algunas sesiones.

Ser asamblea permite que quien ofrece su relato, también se hace cargo de los demás  y  piensa qué hacer con lo que esos testimonios le producen. De algun modo, a las que unió ser expulsadas de su trabajo -y en gran medida de su vida- se hacen cargo de su propia representación y eso es también una posibilidad de retomarse.

En un foro que compartimos en lista teléfonica, pensaba yo que “tomar la palabra” puede permitirles dar, o no, victoria a su batalla. Su obra pasa a ser ellos y ellas mismas, y no sólo corre en función de la lucha contra esa inmensa multinacional en la que varixs han casi decidido dejarse la vida. Yo les decía, quizá con cierta simpleza, que no permitamos que el poder nos marqué los tiempos en los que ganamos… o perdemos. Dar sentido a la propia vida, expresarlo es también es vencer y cuando dejarlo tiene que ver con la propia responsabilidad.

A mí me emociona sobremanera pensar que este libro ha provocado la necesidad para varixs de decirle a un papel su verdad… Sus textos manuscritos me parecen joyas. ¡De nuestro puño y letra!
Aunque sí me inquieta saber cuánto debo yo intervenir. Cuánto será solo mi cuerpo el que tenga que hacerse cargo de todos los testimonios para ensamblarlos. Porque de mis años en CsA ya sé lo que cuesta que la gente le de valor a su propia producción. Valor suficiente para empeñarse en ponerla de verdad en el mundo para afectarlo. Porque yo lo único que pido de una obra es que produzca un efecto en quien no la realizó.

De hecho, quiero que hagamos un libro que la gente compre porque de verdad quieren leernos. Y quiero que nos lean quienes no pueden imaginar siquiera lo que a esta gente ha sucedido. Ya sé que en la sinautoría no hay pureza, es una tensión, siempre, es un ser autor/a para dejar de serlo cuando el colectivo no lo requiera. No es un todxs participan de igual manera, ni mucho menos. Trabas de pureza que ponen quienes temen arriesgarse a construir algo que parece imposible.

Ahora bien la reciente sentencia contraria de la audiencia nacional nos ha enmudecido. Tomar los medios de producción de las palabras cuando nos restan los de la vida, es para quienes viven de las palabras algo parecido a la revolución, pero para quienes viven de organizar refrescos en cajas,  un gesto inmaterial, aún inconcreto.

Por mi parte, yo sigo pensando que no quiero convencer a nadie, que quiero compartir evidencias, como estamos haciendo. Nuestra evidencia son las páginas que estamos escribiendo en común. De este modo, nos mantendremos en ese filo, que aún consiente que podamos hacerle la guerra a todo lo que no deja que la gente quiera seguir viviendo. Y no prefiera estar muerta.