Y sí, hermana, dan ganas de quemar gasolineras.

Sonia y yo suscribimos un contrato en agosto. Ella me sostiene para que yo le haga escribir. Le llamamos “autor_izar_nos”. Esta conversación es un balance de  lo que vamos aprendiendo.

Sonia:

Desde que hemos empezado esta relación de acompañamiento en la escritura, entiendo mucho más tu determinación cuando afirmas que nos han robado la potencia del lenguaje y que, con ese robo, han mermado mucho de lo que somos. Quien dicta qué es literario y qué no, sustrae vida. Y sí, hermana, dan ganas de quemar gasolineras.

Pienso en el padre de H., causa de sus problemas, obsesionado por el trabajo y el dinero, antípoda viviente de lo que ella significa, diciendo torpe pero certero: “Hija, ¿por qué no escribes…?”.

Sin saberlo, al valorar su palabra, la está por fin legitimando, después de más de tres décadas. Magia…o justicia universal.

Vuelvo a nosotras y a nuestro pacto: con él firmo, implícitamente, un compromiso conmigo y con la vida que quiero. Sabes que como cláusula del contrato incluí: “Hablarle a Eva, siendo Eva el mundo al que quiero hablar porque es el que amo”.

Qué estamos consiguiendo: a ver…¿puedes imaginarme desnuda y saltando sobre una enorme piscina, los brazos abrazados a las rodillas, ojos cerrados y rizos voladeros? Hazlo; así estoy.

Dialogando con todas las voces que albergo, amistándome y riendo con ellas; así estoy. Desdoblándome en varias Sonias unas veces, otras convocando a mis iguales para que escribáis conmigo, siendo un nosotras que abriga y me da fuerza.

No sé de dónde han sacado que la escritura es un acto solitario; a mí se me llena esto de gente cuando me pongo a teclear; las que estáis y las que no, las que se fueron pero renacen en este limbo curioso que es el negro sobre el blanco.

Y todo esto va sucediendo de tu mano, en textos que vuelan semanalmente hacia ti y de los que no recibo más que aliento cuando regresan leídos y felices.

Creo, además, que el lenguaje también se mastica, puede dar vueltas en la cavidad bucal como un caramelo (o hueso de aceituna, que nos gusta más) y luego tragarse, o no. Pluf….fuera.

Degusto pues mis propias palabras; algunas acaban en el texto que tú finalmente lees, otras caen por la mesa como canicas y ruedan por el suelo.

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Eva:

Recuerdo que cuando iba a lanzar el taller de escritura en la librería de Madrid, colgué un vídeo de una persona hablando en alemán, mirada de lado, grabada desde un aparato de rayos x, sin carne. Impresiona ver todo su aparato fonador, afinando el sonido preciso que conforma cada palabra. Marvin Minsky hablaba de todas las destrezas que no apreciamos poseer tras años y años de esfuerzo. Tanta maravilla de la potencia humana que, oye, nos la sopla cada día que despreciamos la maravilla de hablarnos. Sin embargo, como monos torpes, nos empeñamos en lo que no vale, en lo que yerra, en lo que no logramos.

Un puro instinto de supervivencia desde niña me impidió atender a todas aquellas personas que me decían que no debía hablar sola. Lo seguí haciendo, y ahora de vieja, más. Hablo para comprender lo que me pasa, para simularme en conversaciones que no habitaría o habitaré, hablo para hablar con quien no pude. Todas las vidas que quise materializar, las imaginé detalladamente y las hablé… Recuerdo mis conversaciones con Latoya Jackson, preocupadas ambas por el rumbo doloroso que cobraba la vida de Michael. Cuánto y qué plenamente amé a Michael Jackson y cuánto pude pensar en qué suponía eso de triunfar y que abusen de tu talento y ames la niñez y los árboles. Hasta ahí, jajajaja… Dejo este recuerdo.

Es comprensible que luego, cuando al fin escupí una novela, y me dijeron que las novelas se hacen así y así, y para que funcionen es así y así, yo no pudiera entenderlo. Se me quedaba enano eso del análisis sobre lo que triunfa, funciona, da dinero de la escritura. Como dijo H. -la misma a la que su padre le ha sugerido que escriba- “Tiene que haber algo que quiera decir, porque querer decir algo es como querer vivir”. Yo sé bien, sé perfectamente cuando hablo lo que quiero decir y cuándo no puedo. Sé también cómo me sienta no hacer lo que necesito. En general, de hecho, me cuesta diferenciar la acepción “querer”, de la de “necesitar”. Es claro que no siempre puedo hacer lo que quiero, pero desde luego o lo hago de cuando en cuando, o creo firmemente que no sería una persona que mereciera vivir. Me mataría o habría de ser erradicada del planeta. Diría incluso, ya puesta a tomarme las palabras para discernir, que necesitar es simplemente una acción más cortoplacista. Pero querer, es vital. Si no queremos nada, no vivimos y podemos de tanto no beber, hasta olvidar la sed de agua y volverá a ser un “querer vivir” lo que nos haga beber, y no la propia sed. Lo que quiero, pues, lo necesito. Eso también se nos ha olvidado, porque razonamos poco con el lenguaje común y corriente que ha de servirnos para la vida. Sin más.

Total que sí, que esto de “autor_izar_nos”, “izar a lo real”, “real_izar_nos”, jugar con las palabras, ponerlas al servicio de la vida, quizá haya sido mi voluntad más constante desde la infancia. Lo sé ahora.

Por eso, aunque me gusta escribir y que me lean y lloren o rían quienes lo hacen, eso de escribir y que al lado de que yo lo haga, ocurra que otras no lo puedan hacer, o no deban o parezca que no merecen hacerlo, me parece una aberración. Pero sucede que la gente no habla apenas, y menos escribe. La gente no hace uso de su lengua para vivir, para soñarse, para disfrutarse más que apenas como una receptora pasiva. Y yo siempre lo digo, ¿qué derecho tengo a pedirle a la gente que se haga cargo de sus palabras, de sus campos semánticos? Pues el mismo que a pedirle que se hagan cargo de su alimento y anden y dancen y construyan su hogar. En cuanto puedan y cuanto puedan. Me he alargado con esto pero me parece vital aclararlo.

Hemos de saber qué nos dicen las palabras que tenemos en la cabeza. Qué nos hacen decir, y qué queremos decir. Nombrar nuestra percepción del mundo, apreciar nuestro entendimiento, nuestra voluntad, es completamente imperioso.

Me quedo aquí, y aún no he mencionado eso, que mediante este contrato nuestro he descubierto, de que entre tus palabras adivino tus gestos, incluso las formas de tu cuerpo. Algo que me llena de gozo, aunque lo cierto es que aún no entiendo qué significa.

Sonia:

Te leo y no puedo dejar de pensar en tu expresión aquella tarde, debe de hacer ya diez años: presentabas en la FNAC tu novela “Inmediatamente después”. Arriba, en la tarima, creo que te acompañaba tu editor y Quique Falcón, que hizo un bonito análisis del libro. Iba a decir que este último y tú desentonabais en ese espacio, pero lo tuyo no era desentono, era tristeza, algo como “por qué estoy aquí arriba, qué oficio y qué poder me colocan en este lugar”.

Ese día, por si había dudas, supe que tú no serías una “escritora” al uso, que te ibas a bajar de ese carro de “nuevas promesas” de aquella editorial. Pulpa en garaje intelectual, rebelde de la literatura rebelde.

Esta escena se me presenta como ejemplo de ese malestar que nombras cuando sientes que no estás haciendo lo que necesitas hacer. Cuando estás siendo forzada a ser -en ese caso una “escritora” de la manera que hay que serlo- y ves que tu potencia se apaga, que la niña deja de hablarle a la vida.

Hablar. Me fijo en que utilizas este verbo como sinónimo de escribir. Quiero pensar que también leer, nombrar, cantar, pueden ser sinónimos en este empeño del decir.

Ya sabes, porque te lo dije, que yo escribiendo estaba por fin aprendiendo a cantar.

Cantas sin convicción”, me dijo una persona muy querida hace casi veinte años. Veníamos de una de aquellas sesiones en Matisse en las que versioneábamos temas, y yo era algo así como la segunda voz oficial, la que inventaba armonías para, como decía mi profe de canto, embellecer a las voces principales. No está mal la tarea de embellecer, para nada lo leas como algo negativo, y el cantar con otrxs me ha proporcionado placeres enormes. No tanto el hacerlo sin convicción, oculta o con miedo.

Por eso quizá yo hablo ahora de voz al nombrar mi escritura, porque quizá es el resultado de haber querido cantar mucho, cantar fuerte. De haber practicado y formado un aparato fonador como el de la imagen de la que hablas que, años y años después, se permite sonar, se hace oír y lo hace con toda la convicción, al menos con toda la que puedo lograr. Una voz que se sigue resistiendo a ser solista y convoca a quien se acerque para formar coro, pero ya por militancia, no tanto por miedo.

Y sí, cantar contigo, de tu mano, está siendo un placer enorme. Imagino que el que se siente cuando se hace lo necesario.

Eva:

Jajajaja…. Hablar por escribir. Pues sí. Charlatana y charlarina, charlatodo, bocachancla. Laia cuando vamos por ahí con otra gente, o solas, suele cogerme la mano fuerte y cerca de mi pierna. Y cuando digo lo que no debo, o lo que no quiere que diga o lo que no sé ni qué digo, jejejeje, me pega en la pierna y sonríe. He aprendido a divertirme con mi bocachanclez. Lo que pasa es que a veces digo unas cosas que me dejan completamente perpleja, iluminada, maravillada, plena. Y me atiendo. Me comprometo con eso que digo, eso que sé, porque es verdad para mí, porque lo he de hacer.

Me encanta hablar y en general sé que emociono haciéndolo, pero lo hago raro, lo de hablar en público. Hablo bajito en las charlas (la mitad no se me oye, desvarío) y es que no me puedo preparar qué decir, porque no creo en tener nada que decir que no tenga que ver con a quién lo digo. Y luego, con la palabra, soy impúdica, presente puro, F5 actualizar, cada segundo es el primero y el último, pone en juego el sentido de mi vida y claro a menudo produzco un estupor que necesita generar una intimidad o una disrupción…

Tú y yo hemos conversado tanto. Como dos loquitas a la orilla de la playa, vuelta y vuelta. Comiquísimas, maravillosas. Y sí, tras mi novela me dijiste eso que yo tampoco olvidé nunca de que no querías que se la pudiera leer todo el mundo. Me marcó. Claro que sí. No todo el mundo merece todas las palabras que tenemos para decir. Ni muchísimo menos. Claro que yo creo en las palabras como en el amor, como posibilidad de desarmar nuestras previsiones de alcance. Quijotas at the power.

Y sí, yo quiero que la gente escriba porque creo que no hay nada que deteste más que el desperdicio, el me guardo por si no sirve, el derroche de talento, la falta de arrojo y la medianía. Porque además juro que no creo en nada que no sea lo porvenir que desconozco y a lo que estoy abierta y entrego mi vida.

Hablar por escribir, escribir por cantar, he leído que antes fue la música que la palabra. El ritmo. Sonarnos. Olernos. Escucharnos. Decirnos. Nombrarnos… Pues sí querida mía, soy feliz porque escribes lo que soñé leer y de paso te quiero, aún más que te he querido toda la vida -menos cuando nos enfadamos, y no te hablé hasta que me emplazaste a hacerlo o perderte- y entonces hablamos tanto que aún recuerdo a la Chauxi, Santa Chauxi, bendita Chauxi, odiándonos. Por cierto ¡qué bueno nos fue ese silencio! Porque después de ese silencio y ese atiborre de reproches, ¿recuerdas?, me escribiste por primera vez ese texto que me ha enseñado más de mi funcionamiento en relación que ningún otro… el “Desnudo y desiderata”. ¡Qué maga! ¿Oye no seremos las dos unas autoras colectivas… tremebundas… ? ¿Y qué opina H? Pasáselo…

Sonia:

Hoy quiero tirar de un hilo que has lanzado: escribir lo que siempre hemos querido leer. Porque pienso que realmente solemos hacer lo contrario: leer lo que nos hubiera gustado escribir, buscar en letras ya legitimadas algo de nosotras, algo que nos defina o al menos que nos encuentre. Y nosotras ahí, agazapadas, buscándonos con una lupa. De vez en cuando, pum, un destello, un instante que convierte el papel en espejo, magia.

¿Y qué podemos escribir que siempre hayamos soñado leer…? Empiezo yo:

– Que a esto le queda poco, que quejarse no es suficiente y que tenemos propuestas viables de vida mejor.

– Que el mar no lo cura todo, ni es cierto que la belleza nos vaya a salvar, pero tenemos palabras para nombrarla. Leí a Tania Ganitsky:

“El mundo va a acabarse antes que la poesía

y habrá nombres para diferenciar

el olvido de la fauna

del olvido de la flora

(..)

Y habrá un léxico de adioses,

porque se dirán de tantas formas

que llenarán un libro entero,

que es lo que quedará del amor,

de la literatura.”

– Que vamos a empezar a cambiar los términos: no más deconstruir, más ponerse en valor. No esperar sino reconocer, no más el reflujo de la actualidad de redes y medios; testimonio de lo que ya es vida vivible y apenas se ve debajo del puré con grumos que se nos impone.

Retomo: yo aquel viaje de vuelta después de nuestro último desencuentro hace casi diez años, Evita, lo pasé llorando; habíamos perdido la palabra, yo ya no encontraba las mías y tú ya no eras mi espejo con gafotas. Al llegar escribí de un tirón el Desnudo y desiderata y lo lancé como botella al mar, esperando que el lenguaje nos salvara, como tantas veces. Así fue, y es que tantas veces el desamor es no poder decir…

Eva:

Y no poder decir, es no poder amar. Así de simple.

Sin embargo temo que esto que nos decimos, como mi empeño en “hacer escribir”, sea situado en la lista de las cosas menores. Me aventuro a ser puesta donde el macramé o el patchwork. O aún peor situada, porque es tal la devaluación de nuestra íntima responsabilidad de producir sentido en nuestras vidas, que efectivamente acabamos con el mundo antes, y también y sobre todo porque no somos poesía.

Orangutanes, fieros repetidores del estruendo y la idiocia. Pensamos que nos podemos pasar la vida sin decirnos, contarnos, escribirnos. Que es un lujo. Cosa de quienes valen para las palabras que renunciamos a usar. Me da mal. Que decía mi abuela. Por eso yo sigo en mi rinconcito. Ahí, bien marginada, encontré una libreta de mi abuelo recién encarcelado tras perder la guerra. Leyendo su “Pensamiento del 4 de febrero de 1941” supe lo más importante que he aprendido sobre la guerra civil desde que la vengo estudiando: que quienes nombraron a mi abuelo derrotado, fueron quienes creyeron haber ganado. Pero que mi abuelo no perdió jamás. “Ahora que aún estamos a tiempo” repetía en esa carta mi abuelo lleno de pasión por vivir y esperanza.

Cuando llamo a escribir y dejar archivo llamo a eso. A darnos vida. La nuestra. La que vendrá. La que aún no sabemos. Y que nadie nos puede nombrar, explicar. Porque hemos de dárnosla. Comiendo, respirando, hablando. Escribir es retener el habla. No tiene más valor. Es bastante pero no es para tanto. De hecho, lo del vértigo ante el papel en blanco, no es ni más ni menos que un síntoma de la eficacia en la expropiación de la potencia de la lengua que estamos sufriendo las personas más que cultivadas, arrasadas, diría yo…

¿Lo dejamos aquí a ver como le resuena esto a H, F, MJ? Hoy a MJ le he metido un repaso para que escriba, pero es que yo necesito que escriba la autora de la frase: “la vida empieza en cualquier segundo, en ese que te despierta dándole su sentido y no tiene más duración”.

Nosotras además sabemos lo que nos va a suceder, tú ya nos imaginaste “Bandada de pájaras”. Amo ese texto tanto. Lo copio.

Cómo sucedió.

Siempre lo supimos: aquella forma de vivir podía terminar en cualquier momento y nosotras estaríamos preparadas; más que preparadas, lo estábamos esperando.

No conozco ya a nadie que no escriba lo que piensa, o lo que no llega a pensar pero brota igual de sus manos como fuente. Y así nos vamos reconociendo: olfateamos cuadernos, hojas cuadriculadas, gusanillos, minas de lápices cansados ya pero felices.

A mí me sigue gustando jugar con las palabras; hoy quiero que las cosas no duren, sino que blanden. Río con la blandación recién inventada, como una niña. Ando también cambiando odio por oído, por opio…

El resto de pájaras me mira, me lee y ríe conmigo. Empezamos despidiéndonos y eso nos acercó más y más; ya no recuerdo el tiempo aquel en que expresarse no tenía valor, en el que separábamos vida de palabra como quien pela una naranja. Qué lejano todo.

Y quién me iba a decir que finalmente aprendería a cantar escribiendo. Que emito sonidos infinitos y que no solo me define aquel que se escucha: también y sobre todo el que se lee y se mira. Y que, al final, todos son la misma voz.

Todo aquello…los empeños por ser, las identidades, las exigencias, las cápsulas personales, la admiración por eso que llamábamos cultura, se deshizo un día; justo cuando decidimos no verlo y ponernos en su lugar, con miedo al principio pero con determinación de bandada.

Ahora nos falta espacio para recibir a toda esta gente…mujeres que quieren ocupar blandamente una silla en el círculo. Pájaras que llegan atraídas por las corrientes y se sacuden las alas en la puerta, sonriendo. Algunas se quedaron y escribieron con nosotras, otras se dejaron leer como quien se abandona a una caricia, otras solo se sentaron y respiraron hondo.

Ahora queremos escribir entre todas cómo fue aquello; cómo sucedió que nos quitaran el valor y les dejáramos hacerlo, durante tantos y tantos siglos.

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