No estamos mal

A veces mi vida me emociona. Me llena de lágrimas, me pone a llorar, me desconcierta. Mi corazón late, me recuerda que existo. Me sucede que ahí me asusto, como anoche, porque llorar, si no estás viendo una película, parece indicar que tienes un problema. Lo normal no es que tu vida haga latir tu corazón, si no que lata sin que tu vida se entere. Lo normal no es llorar, ni sentirte de los pies a las orejas con la tapa del cerebro a punto de levantarse.

Querer esa experiencia extraordinaria, me cuesta hasta a mí. Y eso que llevo años empeñada en hacer de mi especificidad un centro, por si sirvo para algo. De niña, estos días, hubiera querido ser la buza que salva a esos niños tailandeses encerrados en una cueva. Hoy por hoy acepta que esa cueva, esos niños que me miran desde la tele de mis padres, constituyen mi corazón. Un corazón que no se supone infalible para poder seguir viviendo. Por eso cuanto vivo, lo celebro.

Esta “forma de vida” mía es rara. Hasta yo, me extraño de ese “a flor de piel”, de esta manera tan intensa en sentimiento suscitado desde lo más anodino. A veces me cuesta querer cuidar eso que más soy. Cuidar esa forma mía, que a veces aprecio como un don que tengo y a veces como una disfuncionalidad.

No por capricho, hace ya años me bajé de los telediarios –solo los veo cuando estoy con mis padres-, y también, me bajé de toda meritocracia. Cada día lo vivo como si ordenar las bragas de mi madre, escuchar atentamente a mi hija, o darme un oficio mereciera tener, exactamente, la misma importancia conmovedora.

Por eso cuando llegué esta semana a estar con mis padres, y mi madre, nada más llegar, me lleva corriendo a la ventana y me cuenta que una joven de trece años se tiró de un piso alto del edificio de enfrente a la derecha, he tardado días en encajarlo. Miro una y otra vez ese, también, anodino edificio, esa ropa colgada que no cambia, y busco la noticia en google y no la encuentro.

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Esa muerte no ha sido noticia. Pregunto a mi vecindario y me dicen que es una plaga, incluso ironizan con esa finca y el peligro de que te caiga un suicida encima si pasas por debajo. Reírse es necesario. También llorar el silencio de después. Y escucharlo, oír ese silencio tan atentamente que acabe resonándote el tórax, en lo que podría llamarse ataque de ansiedad.

En pleno llanto, anoche, sin embargo, me calmó recordar a mi madre, que últimamente, mete a todos sus muertos en la cama. Mi abuela Carmina, mi abuelo José ocupan ese lecho, son invitados a entrar con la misma cariñosa ternura que nos mete a Laia y a mí misma. Opto por no nombrarla demente, o enferma de alzhéimer. Me resulta más bien pura sabiduría de quien ya está más allá que aquí. Me calma el llanto, finalmente, y escribir este texto que me sirve para imaginar a mi madre invitando en unas noches a esa adolescente, que ya no vive en el barrio, a su cama. Para ella, todos mis respetos y el amor de mi madre. Muchas personas atesoramos suicidas cercanos. Quiero creer que no tener miedo por inútiles, fracasadas y anodinas que se presenten nuestras vidas, pueda servirnos, en este aquí, que, a menudo, es tan bonito poder vivir.

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