¿Libro político o idiota?

 

Con Alfonso Serrano sostengo una librería en Madrid que se llama Contrabandos y que anunciamos defiende la edición “política” y una cultura “materialista”. En este texto, escrito hace tiempo, aún manejaba la idea de que lo contrario a la política era el mercado. Ya no. Alfonso, a raíz de la celebración de la Feria del Libro Político de Madrid, me recordó que en Grecia quien no se preocupaba de la política era un idiota. La etimología resguarda el saber de los pueblos a lo largo de la historia. Es maravillosa. Y sí, no me cabe duda, es una idiotez no producir, conscientemente, nuestros bienes culturales. Publico pues este texto para pasar a otros.

 

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Relacionamos cultura[1] con compromiso y desde la producción de libros, nos ponemos en el horizonte la palabra «bibliodiversidad». Me pregunto: ¿cuál sería la contracara? Respondo «la bibliomonoforma». Me inspira ese concepto la «monoforma»[2] acuñada por Peter Watkins, director de La comuna, una película a la que recurriré al final de esta charla-texto para impugnar con imágenes un universo de sentido.

¿Qué libro sería monoforme? Contesto: uno con finalidad mercantil, masivo, perpetrado para un público al que hay que «enganchar» con libros pues seductores, persuasivos, narcotizantes. Libros clónicos y perfectamente funcionales a ese pacto incuestionado de ensalzar la lectura. Un modo de la lectura, inaugurado en la modernidad, individualizante, que otorga al que lee categoría superior, que señala que leer es leer y que un libro es bueno.

Ese pacto, «contrato cultural», que deviene mercantil y que pingües beneficios a minorías por el consumo masivo de «sus» productos. Un pacto favorecido también por regímenes de poder que son/y necesitan ser regímenes de sentido. Ejemplo: el Grupo Prisa vendiéndonos un modelo de transición democrática, mientras con una Santillana auspiciada en el final del franquismo, conquista en América Latina desde las escuelas a los medios de comunicación de masas.

Me interesa sin embargo averiguar las posibilidades de reversión. Y para eso voy a reivindicarme como una materialista extrema. ¿Qué significa esto? Que me voy a prohibir ampararme ni en el comunismo, ni en el capitalismo como paradigmas. Agradezco las formulaciones que como la de David Becerra[3], evidencian cómo la literatura española tras la dictadura naturaliza formas de vida «capitalistas» como únicas posibles. Ahora bien insisto, cómo rompemos con esa realidad «obvia».

¿Y si no aceptáramos la propiedad y uso y disfrute de los medios de producción de la cultura por un grupo muy reducido de personas? ¿Podríamos tomar por parte del pueblo (sirva la gente, las cualquieras, agentes excluidos) los medios de producción de la cultura, en este caso de los libros y por tanto de la palabra, el discurso y la edición? Esa es la pregunta sobre la que me he montado –con algunas personas– los últimos diez años.

Podemos una y otra vez hacer el ejercicio descriptivo de la «patología»: que si la posmodernidad y su sofisticación, que si los nichos de mercado, que si el lector adicto a una cadena de productos, que si el autor que puede profesionalizarse y su condena a producir ciertas obra por periodo, sin salirse de su marca, de su capital simbólico que debe nutrir como un especie de Gollum verduzco, envilecido, velando por su anillo.

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En mi caso, entro en cortocircuito cuando «se»[4] me impone pensar en la cultura como el lugar donde los autores atesoran un capital simbólico, como tesoro de barco pirata. Me declaro insurrecta a esa semántica del tesoro (victoriano, de la pura lógica calvinista). Desierto. No. Otras cosmovisiones saben que el tesoro del mundo es el mundo. No el oro. El tesoro es la vida, no esquilmarla.

La cultura, nos demos o no cuenta, es socialmente sostenida, es el resultado de la obra de la gente sobre el mundo. Y podría por tanto hacer crecer el tesoro del mundo, si logra poner en juego un talento de lo humano que nos realiza. O puede no hacerlo y entonces la cultura “se” presenta como escasa, usurpable, robable. Así pues, no lo olvidemos, tanto hace cultura quien cada fin de semana va a un gran centro comercial a comprarse palomitas y ver una película de Hollywood, como quien gestiona un centro social para hacer obras de teatro colaborativo abiertas a la gente del barrio. La cultura no es que sea un derecho, es que sobre todo es un hecho social. Eso no lo ignoremos. Y por eso la cultura no deberíamos aceptar que pertenezca a nadie, porque la mantenemos todo el mundo. De hecho, sostener un modelo cultural es un prerrequisito de pertenencia a una sociedad. Véase sin ir más lejos las pruebas para la obtención de nacionalidad en diferentes sociedades porque, a diferencia del arte, la cultura sí debe «tenerla» la gente corriente.

Ahora bien ¿cómo tenemos la cultura? ¿La tenemos impuesta, la poseemos de algún modo, la hacemos? Insisto en que mi apuesta es hacerla. Intervenir el mundo con nuestro hacer. Y yo ahí evoco a mi tío que fue pescador y tuvo una huerta en Asturias y añoro su «cultura» de la pesca y la huerta. Y traigo a mi mente también pasajes de la película de La Comuna y la algarabía del pueblo de París autogestionándose la representación y hago presente y honro a mi abuelo materno y su participación en un grupo de alfabetización y teatro, en Pedralba, en la II República.

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Les 451, un grupo de franceses que organizaron unas jornadas con agentes de la cadena de producción de un libro (desde un tipógrafo, a un trabajador de Amazon o una librera) y que también escribieron un «Llamamiento»[5] señalan que «existe un paralelismo sorprendente entre la historia de la producción agrícola y la del libro». El mismo modelo produce un tomate transgénico y el libro electrónico. El mismo se cepilla la sustantividad del tomate de verdad que ha tenido que pasar a llamarse tomate ecológico. Les 451 lo advierten: el libro electrónico «es un archivo informático», nunca debió llamarse libro. Y entonces se preguntan: «¿por qué parece tan accesorio el hacer que medio y mensaje sean coherentes a la hora de producir un libro?»

Y sí, me digo, ¿por qué no nos cuestionamos el modelo de producción material de la cultura? ¿En qué medida ese modelo imposibilita un libro que –como desean Les 451- sea un «objeto social, político y poético[6]»? Sigo pues con el tomate para poder seguir averiguando ¿qué necesitaba ese tomate «de verdad»? Y contesto: del campesinado que cogía unas semillas y las guardaba y las intercambiaba. Requería de una comunidad agrícola cuyo beneficio consistía en comer ricos tomates cosechándolos. Necesitaba de una puesta en juego de saberes y mundo, que permitía a esa comunidad, quemar todo el campo y volver a empezar.

Así pues sin despegarme de las condiciones materiales de producción defiendo que la «bibliodiversidad» sólo es posible desde una comunidad que produce sus libros. Libros a los que aportan sus saberes, de los que es soberana, y que ponen en el mundo para mejorarlo. Una comunidad que activada permitiría un concepto de la autoría como riqueza infinita. Así pues frente al autor-marca condenado a repetirse para corresponder a su nicho de mercado, reivindico el oficio de «autor» que muta, se desdice, cambia.

Ahora bien, y ahí un meollo, ¿cuántas academias permiten la disidencia real con el paradigma dominante? ¿Cuántos poderes consienten «autores» que no les conserven? Una tensión insoslayable, pues, la que la cultura debe sostener con el poder. De ahí la necesaria irreverencia del autor a la autoridad. Porque la autoridad no construye; conserva (y así el constante desprecio que el poder ejerce sobre toda cultura que no controla o no le da beneficio). Sabe el poder que es desde la cultura desde donde puede ser impugnado. De ahí la potencia que para Cine sin Autor tuvo el gesto de nombrar la «sinautoría» como gesto fundante frente a la potencia neutralizadora del autorizador cultural o del «autor».

La mejor manera, yo lo he vivido, de desposeer a un pueblo es hacerle la cultura. Imponerle un cultura que le deja impotente. Contarle cuentos para dormitarlo. Restada la potencia de la gente de actuar sobre el mundo, usurparte la vida es una carrerilla. En este Estado español nuestro eso lo hemos comprobado. Como nos vendían un modelo de crecimiento que era puro endeudamiento. En lo inmobiliario es clarísimo.

Necesitamos, me atrevo a conjugarlo en plural, revisar nuestro contrato “pueblo-cultura”, que no es siquiera un contrato social sino un contrato entre élites no plebiscitado, lejos de cualquier democracia real, aún apenas acontecida. Democracia  cuya sustantividad exigiría suspender esa concepción de la cultura eurocéntrica, socioclasista, étnico-racial, patriarcal, plutocrática y derrochadora de gente.

Difícil, porque esa concepción lleva fraguándose desde la modernidad. Nada más lejos del «encuentro social» que alegra a los 451 que lo que supuso el libro, vía imprenta. Incluso puestas a reconsiderar habría que revisar la propia escritura.

Ana R. Mayoragas, en su libro Arqueología de la palabra[7] asegura que la escritura contribuye a distanciarnos de la realidad y de la solidaridad de grupo que define al individuo y su lazo social. Moragas nos insta a dejar por un rato de creer en la dicotomía entre un pensamiento primitivo y mítico frente a otro evolucionado, racional y lógico. Así nos permite apreciar que en entornos ágrafos el conocimiento necesita ser sostenido por la comunidad. Es la memoria colectiva la que olvida y actualiza un conocimiento en un permanente reajuste entre pasado y presente. Lo define como pensamiento homeostático, frente al que se abre el horizonte hipoléptico permitido por la escritura que facilita un pensamiento abstracto, general, escéptico y crítico y polémico al que le basta un individuo, el autor.

Recoge Platón en un diálogo de Fedro en referencia a Sócrates[8] «el descubrimiento del alfabeto creará el olvido en el espíritu de los que aprenden porque no usarán la memoria, confiarán en los caracteres escritos externos y no se acordarán de sí mismos… No les dais a los discípulos la verdad, sino solo la apariencia de verdad…». La escritura, pues como un obstáculo epistemológico, en tanto autonomiza el objeto de pensamiento fuera de la persona y la sociedad, dándole valor afuera de las sociedades que permitieron que se fraguara, que fueron su referente de realidad, de verdad, de materia. Un valor, más allá y desvinculado, esencialmente, de sus productores.

Describe bellamente MacLuhan en El medio es el masaje[9] cómo la escritura antepone el ojo al oído. El ojo es distancia y no inclusión. La escritura, nos dice, necesita ser mirada y esa mirada exige linealidad, progreso. No me puedo detener pero sí quiero, como señala Tiqqun en la «Hipótesis cibernética» reconocer su apreciación sobre que el poder es «logístico y reside en las infraestructuras». Aparentemente neutras, esas infraestructuras. La escritura, sin ir más lejos, como señala Almudena Hernando[10], «contribuye a distanciarse de la realidad y en cierto sentido a dominarla mediante la representación y ésta es una de las claves de la identidad individual». ». La escritura pues congela lo creado por el pensamiento en un objeto autorreferente destinado a un sujeto que «discrimina y selecciona individualmente entre creencias».

Todo ello, volviendo al arranque de esta intervención, supone al menos tres obstáculos para esa toma de los medios de producción de los libros por parte de la gente. En primer lugar, la cultura parece no necesitar de los saberes de quienes la sostienen. En segundo lugar, la modernidad nos hace creer que el saber no está en la gente; está en los libros que los escribe la intelectualidad, con una prole de intercambiables expertos, intelectuales o literatos. Y por último, como hemos visto, el poder escoge a sus productores culturales que son a sí mismo el producto, tanto como sus obras. En ese contexto productivo, la gente habrá perdido su «poder» para hacer la cultura, y se dedicará a consumir autores, encerrados en su cárcel del capital simbólico y sus mercancías.

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Sé que me he metido en un barro grande para lograr considerar el libro (físico) como receptáculo insuperable de un pensamiento complejo y defenderlo; pero lo haré. Aunque aún me lo voy complicar más añadiendo que no ante todo libro manifiesto mi complacencia. Sospecho del libro «transgénico», sea éste un betseller que coloniza las librerías, sea la última investigación universitaria patrocinada por Monsanto. Mi nula admiración para todas esas obras ante las que como mínimo reivindico mi perplejidad. Con María Zambrano[11] me atrevo a anteponer mi denuncia ante un «mal de una cultura» que nos enmudece porque pareciéramos deber saberlo todo para hablar.

Como buena parte de la subalternidad: por obrera, por mujer, por haberme aliado con perdedores de toda pelambre, también colonizada, identifico un pensamiento positivista, occidental, ecocida, patriarcal y narcisista que si bien ha generado el marcapasos que permite a mi madre seguir viviendo; provocó también Chernóbil. ¿Ante ese pensamiento, pregunto, qué daño al mundo supondrá un lugar de no retorno para cuestionar su abrumadora altivez? Auswitch, Ruanda, todos las especies animales y vegetales extinguidas, cuánta hambre en cuántos estómagos.

Desde luego en mí reconozco esa hegemonía derrotada. Frente a ese conocimiento consiento mi balbuceo, como paso anterior al derecho que me arrogo no sólo a ignorar; también a no saber lo que «se debe saber». Y ahí vuelvo al pueblo. Y al libro, y de qué tipo de pensamiento complejo debe ser depositario. Y ruego que no contengan los libros pensamientos que naufraguen la comunidad, asfixien a la gente cualquiera, devasten el mundo.

Toda mi vida la he pasado rebelándome contra el desprecio al pueblo, a los y las cualquieras; asqueada por una concepción de la cultura como mérito o conquista excluyente; obsesionada éticamente con mi propia responsabilidad y la de quienes me rodean con las cosas que nos pasan. No me he resignado a ver en mi padre un obrero, idiota, enajenado y manipulado. Me he roto la cabeza y he truncado mi biografía, para habilitar otro modelo de hacer cultura, que llamamos «sinautoría» justo para poner los saberes de la construcción cultural en pie de igualdad y como posibilitadores de autorías de cualquieras –sinautorizadas del mundo–. Hubo que empezar con un gesto muy desafiante: el «suicidio autoral»[12]. Dejar de ser para poder ser de nuevo. Para mí, venía tratándose de no tener la verdad, sino de serlo[13]. Con el tiempo eso lo pude casar con una potencia de la sinautoría que pudimos descubrir al comenzar a investigarla[14] y que asimilamos con la parresia[15] foucaultiana: «la posibilidad de la veridicción, el coraje de decir la verdad –en la forma singular de las personas y las situaciones– poniendo en juego una determinada relación de poder, como práctica política, para la constitución del sujeto y de la comunidad».

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Ser verdad, no tenerla, ésa ha sido para mí vida una agarradera, la otra usar del pensamiento, como del arte, como de la vida en la entrega a esa pura potencia del «encuentro» –como señala Tiqqun en «La hipótesis cibernética»[16]– ese «poder no ser», como condición de posibilidad del ser que por tanto desierta de ser dispositivo de gobierno.

Esto que parece poético, es real. Ese habitar como un «percibir el mundo poblado no de cosas sino de fuerzas, no de sujetos sino de potencias, no de cuerpos sino de vínculos»[17]. Ser verdad, o lo que es lo mismo poner la verdad a prueba, porque no la detentamos, porque la verdad no pertenece a nadie, solo puede hacerse. Desde una traducción de pura materialidad, apuesto solo por la verdad que la gente se responsabilice de vivir. Porque para mí de eso se trata, de que nos hagamos cargo del mundo que producimos. Que no consintamos Auschwitz, que no veamos –como vemos– las noticias como la penitencia necesaria de una condición de «infrahumanidad» que hemos aceptado, mientras Spielberg ya está financiando el conocimiento tecnológico para su próxima ficción que él sueña la veamos «con los ojos cerrados».

Y es que desde Cine sin Autor venimos tiempo advirtiéndolo, mientras la distopía de Spielberg ya se está desplegando con todos sus medios para realizarse[18] seguimos muy lejos de un contrato cultural de altura democrática. El dilema representación-participación, es impostergable y lo tecnológico, también, podría estar de nuestro lado. Volviendo al texto de El medio es el masaje recordemos que ya hace años McLuhan nos hizo saber que la red nos podría volver a hacer aldea. Así pues abogo porque los libros que tenemos que hacer, más que libros críticos que cuestionen al capitalismo, nos procuren una edición política. Libros que produzcan polis, ciudadanía. Una producción cultural que suscite comunidad. Impugnando ese modelo de producción cultural que hizo de la política espectáculo y no lugar para la autorepresentación soberana de la ciudadanía.

En el Estado español podemos repetir la exclusión para generar una nueva élite o podemos poner en marcha políticas que impidan que tanto en la cultura como en el arte a la gente nos sigan diezmando (a la gran mayoría) la posibilidad de corresponsabilizarnos con nuestro momento histórico.

En mi caso, como escritora, eso es lo que he hecho. Poner en pie de igualdad mi saber con el de quienes no escriben y colaborar a que una lucha obrera, encarnada en cada una de sus personas autoras, haya escrito Somos Coca-Cola en lucha. Y por otro lado, en una editorial de la que soy parte La oveja roja, sostenemos una librería en Madrid, Contrabandos, desde la que planteamos dos cosas: que un pueblo culto es el que no hace dejación de su cultura y que leer no es solo leer, es también sostener un mundo. Y que la escritura no se inventó para la lectura, se inventó para organizar unas formas de vida (que anteponen el ojo que separa y aísla, sobre el oído que une). Y por eso queremos que el mundo del ojo cohabite con el del oído. Nuestra apuesta es que el libro del futuro sea sostenido por comunidades que construimos entre esos libros. Devolver el oído, sin restar al ojo, y ahí la tecnología puede ser nuestra aliada. Tanto por la tecnología digital que posibilita programas de edición asequibles como por tiradas escaladas, como por la potencia del vínculo virtual que amplifique el social. Cada vez más ateneos, más grupos de lectura. Eso deseamos: lugares que nos recuerden que el libro es un objeto profundamente liberador. Imagino que no tanta gente ha podido leer un libro en común, entonces seguro tampoco habrá podido comprobar por qué los estructuralistas hubieron de cuestionar la idea de autor. Esa pérdida de riqueza en la interpretación, es una de tantas cosas que nos estamos perdiendo. También ignoramos ¿qué pensamiento complejo suscitarán esos saberes situados, heterodoxos, encarnados? Y es lo que necesitamos descubrir. Sin miedo, redistribuyendo los recursos culturales para no tenernos que matar y hacernos falta. El arte, la cultura, los libros son sin duda el lugar donde nos podemos hacer falta. Eso exijo yo a un mundo que ha logrado alargar tanto la esperanza de vida al tiempo que nos condena a un estado de paro estructural. No aceptarlo, entrar en sedición, como en La Comuna. Yo manejo un símil, poco sistémico, de equiparar arte a mar. A la creación artística le cabe el mundo. Así de grande debe ser el arte, así de necesario el mundo.

 

Como dice Doris Lessing, «talento nos sobra, lo que nos falta es constancia». Y más bien, añadiría yo, lo que nos falta es un contrato social que consienta que el talento se haga constante. En Somos Coca-Cola en Lucha[19] no hemos escrito la obra que hubiéramos deseado escribir. Hubiéramos necesitado para eso una sociedad de rentas básicas, una que remunerara el trabajo cultural para la autorepresentación de una gente que defiende su derecho de equiparar trabajo con derecho humano y riqueza social. Por hacer eso este colectivo de trabajadores reconoce estar en guerra, solo por antes que coger el dinero y salir corriendo, decidió pararse y hacer valer sus derechos laborales.

Cuando desde La Oveja Roja fuimos a proponerles escribir y/o leer en común, para el colectivo en lucha fue muy rápido secundar el deseo de Juan Carlos de hacer “un museo”. Querían representarse, dad la poca atención que los medios habían prestado a su lucha. Querían dar cuenta de lo hecho, de su valor. Desde las primeras asambleas, pronto la asamblea generada para crear obra vio innecesario sostener a ningún autor. No era el primer acto estético que este colectivo protagonizaba: toda la nomenclatura «espartana», sus alfombras rojas al reconquistar la fábrica, demostraban la necesidad de este colectivo de construir su representación y este libro ha sido otra prueba de la no aceptación de que la representación les haya sido confinada. Ya las redes sociales les dieron eco como sujeto colectivo en el cada identidad individual logra contarse dentro de ese @cocacolaenlucha que les identifica en twitter. De hecho, pronto se hizo confluir en ese libro –y en las reuniones de su comité de redacción– a toda la gente que lo quiso ocupar. Testimonio tras testimonio nos atrevimos juntos a la «sinobra», una obra no parecida a ninguna que conociéramos.

¿Que escribimos en este libro: un ensayo, una novela? No me inquieto y evoco la tapa de mi libro de Voces de Chernóbil: crónica del futuro[20]. A su izquierda, en la parte superior puedo leer, «Ensayo»; siguiente línea, Premio Nobel de Literatura. Claro, puesto que si algo da sentido a crear, es justo no conformarse con lo ya conocido. Animo pues, en la producción de la cultura a ser desafiantes con el canon dominante. En nada me preocupa lo «resentida» que quede la cultura por la intervención de los y las cualquieras. Y vuelvo a La comuna de Watkins que evoqué al principio. No le temo al pueblo. No le desprecio. En nada me asusta el caos, ni presupongo su desorden, ni permito que operen en mí sentimientos contra obreros y obreras, locas, o desahuciados o indígenas o negros. Soy todas esas clases subalternas.

Y lo que en ningún caso admito es que nos resten nuestra responsabilidad de construcción de mundo. De generar obra. Ni la imposición de la avaricia, la mezquindad y el empequeñecimiento de nuestras posibilidades. Detesto a esos inmensos confiscadores, censores, reyes del canon que nos fuerzan a repetirnos una y otra vez, que nos clasifican, que nos seleccionan, que nos pinchan esqueléticos sobre el corcho que será colgado en la pared. Maldigo también todos los usos narcisistas de la cultura y el arte, y sus bibliomonoformas, onanismo o mercancía, entre las que el tesoro del arte, se torna escaso, tesoro de ná de ná, de piratas de tres al cuarto.

Me dispongo con poder tocar apenas la vida que se hace cargo del mundo. En los testimonios de CocaColaenLucha hay uno maravilloso en que Jesús Maestro evoca las movilizaciones contra el ERE extintivo que Coca-Cola aún no ha podido imponer a su plantilla de Casbega en Fuenlabrada: «No pensé nunca que se podían tener tantas emociones juntas: nervios, ansiedad, inquietud, indignación, tristeza, euforia. En manifestaciones, marchas y actos de protesta, las he tenido todas. Uno de los momentos más emotivos fue cuando el Tribunal Supremo confirmó la nulidad del ERE, la emoción de alegría, abrazos, besos… te besabas con los compañeros, compañeras, abrazabas a todo el que se te ponía por delante. No lo olvidaré nunca».

Bibliodiversos serán pues los libros que no violenten ni humillen al mundo. Ni todas las variedades de tomates que hay en el mundo, ni las más bellas palabras las inventó ningún listo. Las supo, las pudo, mucha gente cualquiera interviniendo el mundo.

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Bibliodiverso será un ecosistema cultural que produzca libros que no «violenten, ni humillen al mundo[21]». Un ecosistema que permita hacerse cargo a las sociedades de los libros que produce, no como derecho meramente enunciado, sino como hecho socialmente producido. Más nos vale –si de riqueza se trata- permitir que la gran mayoría de la gente pueda aportarle al mundo. Porque convendremos que ni las variedades de tomates, ni las más bellas palabras se las inventó ningún listo. Las supo, las pudo, mucha gente cualquiera, interviniendo el mundo.

 

[1]  Este texto lo escribí a raíz de la invitación por parte de David Becerra a un Congreso sobre Cultura Crítica.

[2]      Monoforma: «Es la forma interna de lenguaje (montaje, estructura narrativa, etc.) utilizada por el cine y la televisión comerciales para representar sus mensajes. (…) La Monoforma en todas sus variedades está basada en la convicción de que el público es inmaduro, que necesitas formas previsibles de representación para “engancharlo” es decir, manipularlo. Por eso muchos profesionales se sienten cómodos con la Monoforma: su velocidad, su montaje impactante y la escasez de tiempo/espacio garantizan que los espectadores no pueden reflexionar acerca de lo que está sucediendo de verdad». Peter Watkins en el MACBA. Recuperado el día (20 mayo 2016) de http://blogs.macba.cat/peterwatkins/2010/05/26/monoforma/

[3]    David Becerra Mayor, La novela de la no-ideología. Introducción a la producción literaria del capitalismo avanzado en España. Madrid, Tierra de Nadie, 2013.

[4]      Tiqqun, La hipótesis cibernética, Madrid, Acuarela Libros, 2015. Tomo esta forma de escritura de “Nota editorial. Léxico Tiqquniano”. En referencia a Heidegger y a la llamada existencia impropia, inauténtica y banal. «El hombre vive bajo el imperio impersonal del “se”».

[5]      Les 451, escribieron un «Llamamiento de los 451 para la constitución de un grupo de acción y reflexión en torno a los oficios del libro» y una «Querella de los modernos: respuesta a las críticas y desarrollo del argumentario del “Llamamiento de los 451”» disponibles on-line en www.contrabandos.org.

[6]   Ibíd.

[7]    Ana Rodríguez Mayoragas, Arqueología de la palabra: oralidad y escritura en el mundo antiguo, Bellaterra, Barcelona, 2010.

[8]      Ibíd.

[9]      Marshall McLuhan y Quentin Fiore, El medio es el masaje: Un inventario de efectos, Buenos Aires, La marca editora, 2010.

[10]    Almudena Hernando, Arqueología de la identidad, Madrid, Akal, 2000.

[11]   A quien agradezco haberme acercado tras los generosos comentarios de Jesús Olmo que pueden consultarse en mi blog personal http://www.evalazcanocaballer.wordpress.com.

[12]    Gerardo Tudurí, Manifiesto del Cine sin Autor: realismo social extremo en el S. XXI (versión 1.0), Madrid, Centro de Documentación Crítica, 2008.

[13]    Eva Fernández. Destello paciente de un escape: Notas para una literatura española contemporánea que se fuga, Hispanic review, nº 4, 2012, págs. 631-649

[14]    Para saber más consultar la web www.sinautoria.org que da cuenta de la investigación realizada con María Bella y Gerardo Tudurí en el MNCARS.

[15]    Michael Foucault. El coraje de la verdad. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2010.

[16]    Tiqqun. La hipótesis cibernética. Madrid, Acuarela Libros, 2015.

[17]    Ibíd.

[18]    Esteve Riambau , Hollywood en la era digital. De ‘Jurassic Park’ a ‘Avatar’, Madrid, Cátedra, 2011. Cita de Spielberg en la introducción. «Nunca vamos a desprendernos de nuestra necesidad adolescente de pintar las paredes de las cavernas, eso nunca nos abandonará. La tecnología puede proporcionarnos herramientas mucho mejores para comunicar nuestras historias. La tecnología también puede desarrollar un teatro de la mente. Llegará el día en que toda la película transcurrirá en el interior de la mente y será la experiencia más interna que cualquiera puede desarrollar. La historia nos será explicada mientras tengamos los ojos cerrados, lo cual no impedirá que podamos verla, olerla, sentirla e interactuar con ella. Ciertamente creo que si actualmente disponemos de una tecnología, debemos usarla. Jamás dejaremos de contar historias».

[19] Somos Cocacola en Lucha. Una autobiografía colectiva. Madrid, La Oveja Roja, 2016.

[20] Svetlana Alexiévich. Voces de Chernóbil. Crónica del futuro. Barcelona, DeBolsillo, 2015.

[21] Vid, nota 5.

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