Sin foto. Sólo espuma. Un líquido captura el aire. Por unos minutos.

Cafetería Granier. Glorieta de Embajadores. Madrid. Ayer. (Llueve). Las mesas en filas separadas un palmo una de la otra, mirando a la puerta. Como en una prisión. Unas veinte personas. Inevitable chocarse, incluso entrando, nuestros cuerpos no caben. Nos lanzan desde la barra preguntas apresuradas. Nuestros cuerpos encogidos no dejan entran el calor.  Pero si ensanchamos, habremos de tocarnos.

Miro sobre todo a un rumano, más encogido que el resto, pide un café largo, el más barato, presupongo que busca techo por un rato, para salir de nuevo a pedir a la calle, entonces dinero. Está incómodo. Ojos asustados. Cuerpo consumido. (Sigue lloviendo). Yo acabo de salir de la peluquería de al lado, me armé de valor y fui a arreglar el desaguisado de mi último autocorte de pelo. No me han entendido. Nunca me explico bien en las peluquerías. Llevo pelo de mujer mayor, arreglada. No quiero ser una mujer arreglada. Yo lo que quiero es poder sentarme con el rumano y charlar un rato. Sin más parafernalia. Vida corta, tajante.

Mi turno, un grito me apremia desde la barra. ¿Café?. ¡Con leche de soja! A mi lado de inmediato otro señor me sigue. Café con leche, caliente. ¿Y tú? me dice la camarera. De soja, repito. No, aclara, ¿Templado o caliente?. Caliente también. El rumano, ya no está. Quizá no es rumano. Me pregunto si vivirá donde las vías del tren. No quiero que se note que necesito saber donde está, pero me agarro del bolso. Busco si mi cartera sigue allí. me hicieron saber de las kundas, que explican tanta gente flaca por aquí, arremolinándose para subirse a un coche.

Una vez yo logré hacer una web serie con un muchacho que vivió en la calle, y se drogó. Nada superará para mí el humor de Andrés. Y el de Marta. Su talento. Yo no soy una maruja con renta mínima de inserción. El rumano no es un pobre de Dickens.

De repente nos avisan, a mí y al del café con leche caliente. Ya los tenéis, nos desplazamos a penas. Enfrente nuestro, dos bandejas, con dos cafés con leche, en la espuma que los corona late un corazón perfecto. El mío más chiquito, el otro más grande, los dos color tierra claro. Los miro varias veces. Busco los ojos de la camarera, las ojeras embolsadas, no vencen un brillo que calificaría de infantil. ¿Los has hecho, tú? -le pregunto-. Vienen a mi mente sus manos, sosteniendo una jarrita, unos segundos antes, cuando una voz me inquería a decantarme por templado o caliente. ¡Qué preciosidad!, le afirmo rendida a la evidencia de su regalo. ¡20 años detrás de una barra sirviendo cafés…! me afirma entre descreída y alegre. El hombre, a mi lado, se apresura a sumarse al reconocimiento. Yo en toda mi vida de camarero nunca los conseguí hacer. Te lo aseguro. Nos miramos los tres, con sorpresa, nos damos las gracias, la felicitamos.

El corazón corona el café mientras lo voy bebiendo. Es cierto que doy sorbos pequeños, delicados, pero aguanta. Sé que el señor mayor, que antes no aprecié siquiera a mi lado, fue camarero también, sé que seguro está contento. Me he sentado muy cerca del muchacho encogido, le doy la espalda, pero estoy cerca.  Casi al terminar el café sigue ahí, el corazoncito denso, espumoso, mullido. Me lo bebo decidida. Ya es yo.

 

 

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