Cuidado con el cuidado.

A menudo me encuentro buscando algo. Me acuso también, por lo tanto, de haberlo perdido. Me reprocho la prisa, una energía vana, histérica, desordenada. Suelo también creer que debería estar haciendo otra cosa de la que hago. O estar en otro lugar con otra gente que me valore más o me quiera mejor. Hubo un tiempo en que culpé de ese descentramiento -que reconozco padecer- al capitalismo, al patriarcado; a mis jefes, mis parejas. Culpar, acusar, ¡lo hacemos tanto! Que insaciable empacho produce eso…

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En medio de todo eso logré imponer mi deseo de cuidar la vida. Y una vida, milagrosamente, aconteció pegada a mí. Logré defender, casi a mis 40 años, un saber irrelevante, extraído de mi experiencia de niña y adolescente, que me indicaba que cada vez que cuido de otras personas, mi desasosiego, mi descentramiento desaparecen. Así pues hoy 8 de marzo, a pesar de todas las consignas, he decidido situar en el centro el cuidado. Cuidarme. A mí también. Ponerme en el centro. Y sobre todo no violentarme a tener que por eso dejar de cuidar a nadie.

Puesta en el centro, me ha sido facil detener la búsqueda de un papel donde tomé unas notas sobre Heidegger y tras mucho desasogiego he encontrado el valor de recalar en mi libreta de mariposas. Aunque hoy sea 8 de marzo y quizá poco conveniente publicar nada. Luego, volviendo a ser yo, mi centro, me he preguntado de dónde salía mi necesidad de hacerme con esas notas en las que leer a Heidegger me había hecho evidente la imposibilidad del “ser desinteresada”. Al situarme en el centro, de repente no estoy en falta por no saber dónde está el puto papelito. Es más celebro imaginarlo por ahí tirado. Importante citar a Heiddeger sin regalarle más atención que la que merece lo que me anima a pensar por mí misma. Solita. Citar a Heidegger, mal citarlo, porque Hanna Arendt le tuvo respeto. Y porque tanta gente lo demoniza. Mal citarlo y reivindicar lo atractivo que me resulta poderme querer sin tener que ser desinteresada. Quererme desde mi propio interés.

De repente, esa busqueda vana, histérica y desordenada ha concluido al ponerme a escribir justo las palabras que mi vida requiere ahora mismo. Mi centro es pues mi libreta de mariposas y no la lavadora, y no preguntarme cómo lograr ese dinero que tanto “se” resiste a pagarme por todo lo bueno que pongo en el mundo. Mi centro es mi criterio y no el “movimiento feminista”, entendido como un dogma que me obliga a vivir esta jornada de una manera determinada. Así pues me animo a publicar este texto. Hoy 8 de marzo.

Al tiempo que celebro que mis amigas me manden fotos de sus mandiles colgados en la ventana, pero no colgándolo yo; que dentro de un rato haré la huelga a la huelga de cuidados, feliz de hacer unas lentejas para Laia que ha preferido ir al cole a que le cuiden los profes hombres que quedarse cuidándome a mí. Le di a elegir y es que muchas veces, para mí el cuidado, como yo lo ejerzo es disfrutar del privilegio de poder cuidar respetar y atender la necesidad y el deseo de otras personas, desjerarquizadamente, sin capacitismos que nombran dependientes e independientes ciertas vidas y otras no. Cuidar la vida más allá de esa miopía utilitarista que pierde la posibilidad de celebrarla toda, sea cual sea su condición, porque no quiere que se sepa que hay vidas que teme vivir, que prefiere matar, sin tener siquiera el valor de mirar a la cara el genocidio ocasionado. Celebrar la vida, la flagrante intensidad de la existencia, que se sabe del milagro, que se celebra a cada instante, en cada gesto de cuidado, porque atiende también también toda la muerte, todo el dolor y todo el daño que también nos damos, que también nos hacemos al cuidarnos o no cuidarnos.

Leía también en Heidegger sobre esa diferencia entre cálculo y pensamiento (creo). Calcular ha de hacerse para acertar, no hay mérito en fallar. Sin embargo al pensar no le asusta, no le puede amilanar, el equivocarse. Y sí, yo hoy quiero aunque me equivoque poder decir que no me interesa, apenas, conjurar una brecha salarial, ni demandar puestos de poder que no ocupan las mujeres. Tampoco celebro acríticamente que hoy excepcionalmente “dejemos” los cuidados en manos de cualquieras que no tienen ni puta idea de cuidar. Así del mismo modo que entiendo que no me ofrezca nadie, por un día la tutela de una central nuclear; os digo que no llevaré a mi hija esta tarde a esos puntos de cuidado que se han abierto en la ciudad de Madrid ocupados por personas cuyo mérito para ser cuidador hoy, es el de no cuidar normalmente o el de cobrar por cuidar hoy por ejemplo a Laia.

Me hubiera encantado leer en las demandas de los colectivos de mujeres hoy, una que me animaría a escribir tal que así: la obligación irrevocable de que toda persona limpie alguna vez en la vida el culo de un anciano, al tiempo que le observa atentamente durante una tarde, mirando a la muerte, sin pestañear. Todo el mundo, sin excepción forzado a cuidar la vida que más desprecia o teme, en una llamada a velar por igualdad alguna, sino por todas las diferencias. Por aprender a cuidarlas, a quererlas. Cuidarnos, erotizando la(s) vida(s), toda(s), y sobre todo las que más tememos, ahuyentamos o matamos. Desafiarnos absolutamente a tener que aprender a ser capaces de cuidar la vida, con toda la sabiduría, destreza, potencia que cuidar requiere para darnos vida.

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