“Yo soy inocente, yo soy inocente, yo soy inocente. Y tonto y tonto y tonto”.

El jueves pasado prometí en una libreta que me regaló mi hija, escribir hasta llenarla y publicar aquí lo que allí manuscribiera para mí hija y la gente a la que quiero. Tengo que hacer lo que escribo que voy a hacer. En este texto también pretendo aclarar por qué y dicho esto entro en materia.

 

Llevo semanas leyendo “Sumario 3/94”. Una novela “no-creativa” dicen sus autores-editores, dado que la trama que se vuelca en sus páginas no la escribieron personas que reconocerían escribir ficción, sino cuyo oficio -en muchos casos asalariado – es administrar Justicia. Eso no implica que muchas de las personas a las que transcriben (en las declaraciones que conforman este Sumario Judicial que contiene la novela) hablan sin saber lo que dicen, especulan, chismorrean, deliran, inventan o directamente mienten.

Novela “no creativa”, también, porque es real. Real en el sentido, que a mí me importa, porque “real_iza”. No en vano ese Sumario 3/94 mandó a un señor “bueno”, Vicente Arlandis Ruiz, a la cárcel 13 años, 7 meses y 10 días. Entre tanto, la mujer de ese señor Dolores Recuerda y sus cuatro hijos (apellidados Arlandis Recuerda), se quedaron sin él y posteriormente sin casa, dados los cinco millones de pesetas que hubieron también de pagar en concepto de indemnización a los herederos de María Lidia Bornay. Cada palabra, cada espacio en blanco y cada errata de este Sumario formaron parte de un juicio cuyo resultado es una sentencia que acusa a Vicente Arlandis Ruiz de un “delito de robo con homicidio doloso”.

Más de veinte años después de pasar esto, Vicente Arlandis Recuerda, hijo del encarcelado junto a Miguel Angel Martínez, deciden solicitar a la Audiencia Provincial de Alicante todo el “Sumario” y comienzan a producir este artefacto novelado para -entre tantas cosas, otras muchas aunque yo me voy a centrar en una- encausar al “lenguaje”. Arlandis hijo, produce también una obra de teatro, también llamada “Sumario 3/94” en la que actúa con su madre y su padre y que el sábado pasado pude ver en la Casa Encendida en Madrid.

Vicente en la representación teatral abrió, dirigiéndose al público con el libro en la mano, señalando que tras vivir lo vivido una de las cosas que tuvo claro fue que la culpa en última, última, ultimísima instancia es del lenguaje; del lenguaje del procurador, del fiscal, del dactilógrafo, del confidente, del guardia civil, de… Tras decirnos eso, en esa obra maestra de la elegancia y la reconciliación que es esa pieza teatral, comienza a leer términos, palabras sueltas, de ese Sumario. Lee muchas palabras, las arrejunta y luego lee su madre, y escribe su padre. Y eso seguro es la justicia poética, que logra esta obra. Porque yo al leer a su padre al tiempo que escribe, vuelvo a creer en las palabras. Por eso vengo diciendo que esa obra de teatro y esa novela, son para mí, la obra culturalmente más relevante que he habitado. Pura creación de esa que logra el milagro de hacer de la mierda, abono. De la palabra crematorio: palabra fecunda.

Sigo intentando explicarme: hay quien dice que la obra interpela a la justicia de este país. Al lenguaje judicial. Pero yo me sentí interpeladísima. Me quedé pensando en ese culpable: el lenguaje. Escribo mi cadena de razonamientos: pensé ¿qué es el lenguaje? Sin buscar en la wikipedia, me respondí: ¿un sistema de signos escritos, de sonidos que comparte una sociedad? ¿Una sociedad, un grupo de gente, o de quién es el lenguaje? ¿El lenguaje es de alguien y/o lo sostenemos entre mucha gente? ¿Lo importante es de quién es o cómo nos hace y qué nos hace el lenguaje?

No os engaño, en mi vida trabajo con las palabras y en esto he reparado más veces. Y lo más atinado que he encontrado para pensar vitalmente en esto, es lo escrito por un lingüista, Moreno Cabrera, que insiste que una lengua es sus hablantes. Un lenguaje lo producen un conjunto de personas de una en uno, al usarlo. El lenguaje, insistió él un día que conversamos varia gente con él, es una competencia humana. Si no habláramos no habría lenguaje. Y bueno es fácil concluir que si todas fuéramos sordomudas, el lenguaje no sonaría. Moreno Cabrera añadía de hecho que una lengua no muere mientras queda alguien que la habla. Y sí, yo creo en este razonamiento, pero entonces si la culpa es del lenguaje, cosa que no dudo, la culpa es también de hablantes y escribientes cualquiera seamos.

Es evidente que al padre de Vicente todo ese lenguaje judicial, chismoso, irresponsable, falso, deshonesto, le desvalió radicalmente. Ahora bien, al terminar la obra de teatro en la Casa Encendida, contó a viva voz, que vista la chapuza judicial que en el Sumario puede leerse, el Supremo le propuso pedir perdón para sacarlo de la cárcel y que él dijo que no. Que no tenía perdón algún que pedir, que él era inocente, le echarán encima cuantos sentencias quisieran. Y así lo escribe en una libreta grandiosa -en esas palabras que leídas me vuelven a hacer creer en la palabra-. “Soy inocente, soy inocente, soy inocente…”. Podemos leer al tiempo que escribe en un video que le grabó su hijo. Lo escribe, lo dibuja, lo baila con la mano diría yo, en ese pasaje bello hasta donde la belleza alcanza. Tras haber escrito una lista como de castigo escolar con eso, al lado añade “y tonto, y tonto, y tonto, y tonto”… Os ruego que procuréis ver esta obra de teatro, que la busquéis… porque es pura poesía. Flor desde el estercolero. Que para eso poetizamos, para liberarnos con nuestro más gran esfuerzo lingüistico de tanto daño y tanto mal que nos hace el lenguaje, ese que también, somos.

Y es a ese lenguaje al que Arlandis vence. Todas y cada una de esas palabras que hablaron ese montón de gentes que no saben pero hablan, que no saben, pero dicen. Y todo está registrado, y eso es lo impresionante, comprobar como la comunidad judicial, la policial demuestran qué palabras hacen valer. Policías y jueces demotrando cómo les valen más las palabras de confidentes y chismosos cuyo único fin -y eso lo lees con claridad meridiana en la novela- fue detener, encausar, juzgar y no absolver a un inocente. La inquietante trama, confidente mediante, vecina chismosa mediante, dactilógrafo mediante, se arma para caracterizar a Vicente Arlandis Ruiz como asesino. Así pues en ese Sumario, un montón de lenguas incautas, mentirosas, vendidas y compradas, parlotean y son transcritas por unas personas que cobran salarios del Estado Español por hacer este trabajo. Fiscales, policías, guardias civiles, escogen el relato cuyo resultante crea un culpable. Sumario 3/94 es, pues, un montón de lenguas ejerciéndose, para hacer el mal y hacerlo mal. Por eso leerla es tan inquietante. Pero necesario. Necesario saber que hemos naturalizado, que nos socializamos en una relación con el lenguaje cuyo motor principal es un puro parloteo mortífero.

A mí me parece gravísimo. Y gravísimo, ya no porque el padre de Vicente estuviera en la cárcel tanto tiempo, ni tan siquiera porque su familia se quedara sin casa. Me parece terrible que tanta gente, tantísima gente estemos usando nuestra lengua, nuestra competencia humana para mentir, chismorrear, acusar sin pruebas a otras personas. Gravísimo que otra tanta gente considere su trabajo hacer eso, transcribir la declaración de un confidente solícito o la de una vecina chismosa. Y que como me comentaba Raquel Taranilla, que ese supuesto agente judicial imaginario, tras transcribir textos así, cierre la carpeta y se vaya a casa con sus hijas e hijos a comerse un filete de pescado y a escandalizarse viendo en el telediario lo mal que va el mundo. Obviando que un ratito antes tuvo la oportunidad de usar el lenguaje, de cobrar para usar las palabras con el fin de encarcelar a un inocente. Y que no se puede dejar en la silla del juzgado su lenguaje porque somos nuestro lenguaje.

De este modo, quienes “no tenemos palabra” estamos peor que Vicente Arlandis. Porque no “tener palabra”, va parejo con no poder ser, que es una manera más de hacer el mal. Y lo digo así porque parto de que la minoría la gente que hace el mal, lo hace porque lo quiere hacer o es consciente de estar haciéndolo. Ardent lo nombró como la vanalidad del mal. Fácil, demasiado fácil, sencillísimo hacer el mal. Convendría reconocerlo.

Y volviendo a eso de “no ser”, llego a lo crucial para mí de todo este asunto. Y es que esos usos del lenguaje, tan nefastos, ocultan que en su discurrir acaban convirtiendo nuestras alternativas vitales en no hacer o hacer el mal. Si lo que decimos no importa, si da igual lo que somos, nos dará igual también no hacer nada o hacerlo el mal, sin ni tan siquiera recapitular. Y eso es lo que el Sumario también recoge, como, hasta qué punto, hacer el mal o no hacer nada, es normativo. Porque Vicente lo que una y otra vez nos cuenta es que a esa mujer, a la que acusan de haber matado, él lo único que hacía era cuidarla. Cuidarla, sin más, porque sí, por humanidad. Porque ella no era de su familia, pero estaba muy despistada, y muy sola y muy mayor, y le cortaban dos por tres la luz y la pilló un día buscando comida en la basura, y ese día empezó a ayudarla. Y esa ayuda es, en realidad, el nudo argumental de toda la trama. Es demasiado raro, demasiado sospechoso, insólito que un señor ayude, sin tener por qué, a alguien. Y ahí es donde quería llegar.

Luego resulta que la Justicia tiene también tipificada como delito, la ausencia de auxilio o socorro… que es un delito social constante, porque y eso lo evidencia Sumario 3/94, el sentido común, en sociedades como la nuestra nos indica que no debemos ayudarnos, así como así, a bote pronto… sin más ni más. Por eso el padre de Vicente escribe en ese papel, manuscrito, de manera grandiosa, en la obra de teatro: yo soy inocente, yo soy inocente, yo soy inocente… y tonto y tonto y tonto y tonto. Tonto -interpreto- por no enterarme de que quien atiende y cuida a personas cualquiera, sin mayores explicaciones, corre importantísimos riesgos de tener problemas en esta sociedad.

Por ahora lo dejo ahí porque quiero que, quien pueda de quien me lea, preste atención para ir a ver esa obra de teatro que es el Sumario 3/94, que la vea y auspicie que se represente y/o lea el libro. Para que así pueda leer o ver escrito de la mano de ese señor esa carta que nos escribe para dejarnos más claro, meridiano, que en esta sociedad nuestra, ser listo es ser culpable. Y que esta sociedad está llena de listos metiendo en la cárcel a personas buenas. Mientras, afuera, estamos haciendo sociedad quienes permitimos que este señor esté en la cárcel por cometer la imprudencia incauta de atender a una mujer sola y desasistida, de esas que esta sociedad suele abandonar. Inocente-tonto. Culpable-listo. Mundo de mierda.

Ahora bien, sabéis, en realidad que seamos “unos monos con escopeta” en el fondo me da cierta ternura, cierta esperanza. Como en los documentales de animales, nos comemos unos a otros porque aún no hemos aprendido a hacerlo mejor. La gran mayoría no hemos aprendido, aunque hay algunos que se nombran “tontos” y en notas muy cortas nos escriben y nos explican, cómo funciona nuestro mundo… Insisto id, buscad, comunicar con Vicente Arlandis e id a ver su obra de teatro. Y/o leer ese Sumario. Yo sé que para junio esa obra de teatro se estrenará en el pueblo donde todo esto sucedió, que el libro se puede comprar en la papelería de ese mismo pueblo, de Ibi. Y sí, no tengo dudas que es la novela más relevante de cuantas he leído. Y como acontecimiento cultural, me parece el culmen de la conjugación exacta que necesitamos que decline la cultura. Un “YO OBRO PARA LA VIDA MAYÚSCULO, GIGANTE” que por mi parte haré crecer cuanto pueda… para que nos deje de pasar que cuando a una mujer (enlazo noticia) a la que han violado en una playa, maltrecha y destrozada pide auxilio a unos que corren de mañana antes de ir a su trabajo, no pase que no la auxiliamos, atendiendo a sentido común que vital y culturalmente nos estamos construyendo y que nos advierte: sé listo, tú a lo tuyo, no te metas en líos, algo habrá hecho, mierda de vida. ¡Vayan a ver esa obra de teatro para que no nos pase más eso! Si no que sepamos que podemos asistir a esa mujer, cuidarla, como Vicente Arlandis y su familia cuidaron a la vieja de Ibi, y que nos pase lo que nos pase, eso nos hará mejores personas. Las mejores.

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