Lograrnos madres barbudas: pintar ventanas y rompernos las casas.

Empiezo con una perogrullada. Escapar de la norma cuesta; tanto que a menudo no lo logramos, ni cuando creemos conseguirlo. Así mientras que yo lo que deseo de la “crianza” es disfrutar la vida y el “regalo” que significa cuidarla, me la paso dirimiéndome con la figura del padre y el mito de la familia feliz, en batalla contra el patriarcado. Tanta lucha que a duras penas logro celebrar que mi madre pueda volver a fregar los platos, el mes y medio que consigo defender cuidarla por encima de todo, incluso de la integridad de la vajilla, que sí, se rompe en mil pedazos. Aunque eso llegará al final de un texto que advierto, es muy largo. Lo necesité escribir así.

Una mona feliz.

Comienzo pues por la amistad y mi amiga Sonia, que para el séptimo cumple de Laia, nos ha regalado una poesía. Dice así: “Tengo en mi casa una espada/hecha de gominola y barquillo/cuando Eva dijo que quería ser mamá/empecé a sacarle brillo”. Luego abandona el verso y escribe: “Y es que sus deseos son luchas, y había que estar preparadas. Luego sus luchas se convierten en juegos, en volteretas preciosas, pero eso ya viene después.”

Sea pues este texto ese después, que empieza por Sonia, su primera criadora no porque le cambiara al bebé que cuidó por un buen rato, ni un solo pañal, si no porque nos disfrutó como nadie, los primeros meses; obligándonos al sol, el mar y las canciones. Una “mona feliz”: eso me logró Sonia.

Yo me había quedado sin casi madre, ni casa, ni pareja a un mes del parto. Y Sonia y la intemperie, me condujeron a la casita de pescadores donde vivía ella entonces. Que fui feliz, al fin, lo supe en un bar donde comí mi primera paella al sol, tras un embarazo invernal. ¿Que cómo me di cuenta? Recuerdo un gesto, ante él, sobre la vergüenza, ganó la risa. Con Laia, entre mis piernas, acomodada a modo de “servilletita”, y sin despegar un ápice mi espalda del respaldo de una silla de restaurante a pie de mar, escupí un hueso de aceituna desde mi boca a un cenicero, con el ánimo de encestarlo. No recuerdo si lo colé. Sí sé que la eficacia devenía estupida, ante una vida donde todo fue felicidad, por un rato ciertamente insólito.

A Laia, la niña que nos reunió, Sonia y yo, la bañamos “en una palancana grande” al compás de la canción de Teresita. Sonia nos regaló también Summertime, que fue nuestra nana. Un estándar de jazz que puedes entonar de mil modos en ese momento de asumir la vida recién acaecida en que solo cantar, consuela. Y es que no me canso de repetirlo, asumir un nacimiento es violentísimo. Lo que nos pasó entonces y después a Laia y a mí, es que consentimos a nuestro alrededor un cuidado extenso, aleatorio, social, panteísta. Un cuidado, alejado del hoy por ti y mañana por mí que tanto nos encoge, ese cuidado consecutivo, garantista, radioactivamente nuclear o codiciosamente mercantilizado, masivamente generado como necesidad en una sociedad inducida a la carencia y el descuido. Lo que Sonia y yo nos pudimos dar, fue algo así como una justicia poética, que la hay en el mundo, cuando lo permitimos abundante. Lo que no me pudo dar otra gente, me lo regaló ella. Sin más. Sin posesivos.

A Sonia, la traigo aquí ahora para regalarnos cómo saca su fuerza de una pasión por reinventarse que muchas veces se ha demostrado. No es que no le cueste, asegura, pero a Sonia (que ya se sabe “bien curiosona”) le gusta llevarse, a otros sitios, con otras gentes… y querernos. Y lo hace a la que se descuida, antes de anestesiarse con norma alguna. Antes de hacerse bola, coge el pico y la pala y se pone albañila de microcosmos donde quererse y punto. Esa entrega por el apasionado disfrute, justo era lo que más me había costado respetar de ella. Hasta el punto de habernos dejado, como en las relaciones de amor más traumáticas, una vez. A menudo, no podemos querernos. Entonces, es mejor dejarnos un rato, más o menos largo. Antes, manifestaba una pasión por el vínculo duradero. He cambiado: amamos a quienes podemos, mientras podemos. Y hoy por hoy, sitúo por encima de la duración, la gracia. Estar con alguien mientras podemos querernos y luego dejarnos ir. Porque “todo pasa y todo queda”.

Pero, lo nuestro, es pasar.

Alfonso, el padre que Laia y yo hemos “adoptado”, me contó hace meses, a raíz de ese artículo anterior -y que a él no le gustó-, que una muy buena amiga suya le había dicho que lo que él intentaba construir con Laia, era como procurar sostener en una bandeja una “pompa de jabón”. Y que él se veía así, defendiendo una pompa de jabón en un bar atestado de gente. Duro, sí. Pero me pareció bellísimo. Ninguna imagen explicaría seguramente mejor por qué Alfonso nos escogió: por su inmensa delicadeza (y tozudez). Suficiente como para convertir, de forma profunda, en “su niña” a una niña sobre la que la legalidad no le reconoce nada.

Laia ama las pompas de jabón, los pomperos y desde siempre uno de sus poemas favoritos ha sido ése de Machado, que en canción es un himno de plenitud pagana: “Amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón”.

Su “niña”, como tanta gente pequeña, se embelesa mirando las pompas. Sus microscópicos arcoíris entornándolas, su vuelo imprevisible, bailarín, suspendido y vibrante. A Laia le encanta procurar atrapar las pompas grandes, aunque también solo mirarlas volar desde el balcón la llena de júbilo. Totalmente conmovedor, responder a: ¡mama, ¿qué es sutil, qué ingrávido, qué gentil?!

Nos pase lo que nos pase, nuestra vida, después de esas noches y esos cuentos, es mejor. Solemos ver en las pompas a Meme, mi otra madre, que no murió, pasó a otro estado, volador. De hecho “nos” veo ahí a todas, ni pronto, ni tarde, cuando llegue. Alfonso nos trajo a Machado y Laia y yo le releemos y escuchamos en el Serrat de Cantares (“Son buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan y en un día, como tantos, descansan bajo la tierra”) y, de este modo, estalla nuestro amor pagano por la vida, aunque pase.

Me he roto la casa.

Laia ríe gentilmente con un poema de Gloria Fuertes que nos regaló nuestro amigo Fran, que cuenta de un caracol “se rompió la casa”. Se ríe, como sin querer. Tal cual nos reímos los adultos al ver una caída de alguien en la calle. Jejejeje, ríe y ríe: “Señor Caracol ¿le pasa algo?/¿Se ha roto la cabeza?/No, me he roto la casa”. Jejejeje. Yo a veces me pregunto ¿cuándo dejamos de apreciar que todo se desarme, como algo liberador, gracioso… que nos reabre en la tarea de perfeccionarnos?

Marvin Minsky escribió “La sociedad de la Mente” partiendo de los miles de aprendizajes que supone “fabricar cosas con bloques infantiles para armar”. El padre de la inteligencia artificial, pasó años trasladando a una máquina los “saberes” que pone en juego un niño al jugar con un Lego. Saberes, “numerosas ideas prácticas laboriosamente adquiridas, por una multitud de reglas y excepciones, indicaciones y tendencias, equilibrios y verificaciones aprendidas a lo largo de toda la vida”. Dice Minsky que eso que conocemos como sentido común es algo “diverso e intrincado”, que nos da una ilusión de simplicidad. Ilusión que no es más que nuestra ignorancia de lo que esos procesos realmente implican. Un niño es alguien permanentemente aprendiendo, y eso la gente adulta lo olvidamos. Consideramos “obvios” los conocimientos de una niña, como dice Minsky, “porque no podemos recordar lo difícil que nos fue aprenderlos”.

Tenemos un problema cuando no valoramos útil mirar a las niñas que juegan con bloques infantiles. Al no hacerlo olvidamos que construir es derribar. Así, nos empeñamos en duraciones perversas como esa idea de “pertenencia” de los hijos a los padres, que niega que somos un magma de células que contienen información de todas las comunidades, que son millones, a las que pertenecemos. “La mayor parte de nuestros conceptos provienen de las comunidades en las cuales fuimos criados”, dice Minsky, “incluso aquellas ideas que ‘elaboramos’ nosotros mismos provienen también de comunidades, en este caso, las que tenemos dentro de la cabeza”. Somos una sociedad ilusionada en singularizarse. Nuestra ilusión de individualización infantil se ha financiado con millones de estudios. Toda esa trastornadora literatura de la paternidad-maternidad que institucionaliza un neurótico valor de la vida entendida como una posesión. Así no deben extrañarnos luego tanto malditos juicios por la custodia de los hijos, llenos de chantajes por su propiedad y uso (no sé si disfrute) en resolución a amores posesivos, dinerarios, completamente patológicos. ¡Qué perversidad! Eso de “o te quedas conmigo o te quito a los niños y el coche…”. Pero así estamos…

Ya apunté que para regenerar a las familias, habría que corresponsabilizarse socialmente de lo familiar, politizar la pa-maternidad y estamos lejos. Por ahora solo pringa el papa “Estado”, con facultad para dirimir más que lo íntimo, yo diría, lo intimidado. Cuan lejos estamos aún de que Sonia, hubiera podido, por convenio colectivo contar con una baja para cuidarme a mí a punto de parir sola o a una amiga con cáncer. Mari Luz Ortega, la escritora de la imprescindible Crítica del Pensamiento Amoroso, decía el otro día en un curso de Traficantes de Sueños, que está harta de hablar del amor. Que quiere hablar de la amistad y, sobre todo, quiere que goce de derechos. Sonia, sin ir más lejos, quiso acompañarme a parir. Lo deseaba. Pero no hubo opción alguna. ¿Quién era yo para ella? Nadie. Otra nadie.

Como pompas de jabón.

Dicho esto, quisiera volver a la imagen de la pompa de jabón, para reconocer el saber más profundo desde el que vivo tras concebir a Laia. Dos historias me rondan desde entonces, obsesivamente. Una, me la contó Gerardo, que se la contó Manu, que antes de nacer Laia estuvo con insomnios, porque a una de sus mejores amigas le pasó este asunto terrible: “se” le cayó su bebe desde un cambiador sobre una mesa y murió. No he escrito: su hija cayó, porque su madre no lo vivió así, como un azar. No llegaba al año de edad.

También me vuelve una y otra vez, la historia de otra mujer que “se” logró abonar una in vitro y parió dos niños, y se exigió cuidarlos y debió seguir trabajando -insisto que la fecundación in vitro la tuvo que pagar- y un día se tiró por una ventana. Eso me lo contó mi amiga, Cristela. Sí; en el delirio -que podemos comprar- de concebir la maternidad como opción, esa vida que creemos poder elegir, también nos suicida.

Por ahora, no está en nuestra manos, llegada la muerte, resucitar la vida. De ahí, lo chocante de que como seres humanos, no estemos celebrando todo el tiempo, esa sutileza, “ingrávida y gentil” que es la vida. La vida que no puede garantizarse. Tantas eternidades, en un tiempo presente que se repite durante muchos millones de segundos. Eso es la vida. Aunque como tan bien explica Minsky “tenemos menos conciencia de aquello que nuestra mente hace mejor”. Hay “procesos complejísimos que se están dando en nuestras vidas a cada rato” y que como operan “sin falla”, están celebrándose “silenciosamente”. Y “es principalmente cuando nuestros sistemas fallan que la conciencia interviene”.

Así pues la fiesta de lo corriente nos la perdemos. Como también miniaturizamos, o estigmatizamos casi todo. La muerte, la enfermedad y a estas alturas no tengo duda de que la infancia, también la estigmatizamos. Cristina Vega conecta además como quienes necesitan “ser cuidadxs”, roto lo comunitario, quedan estigmatizados y consecuentemente segregados. Lxs niñxs y lxs viejxs en las familias nucleares con sus pisos y sus amas de casa y sus geriátricos y sus guarderías. Lxs locxs en los psiquiátricos y los CRPS. Estigmatizados para “miniaturizar el riesgo”. ¿El riesgo a qué? -me pregunto- y contesto: a que no trabajemos tanto para -como señala Ignacio Calderon Almendros- “ser fachada”, ocultando nuestras partes traseras”, pasándonos “la vida haciendo ver que soy quien no soy”.

De muy adolescente acudía fin de semana tras fin de semana a un Cotolengo que aún existe en Benimaclet. Era –y sigue siendo- un pedazo de medievo en plena posmodernidad. En plena emergencia de una identidad a normalizar; a mí, aquel lugar, me daba paz. Era una cárcel, sí; pero mi impresión es que aquello era verdad. Recuerdo la cara tranquila de esa niña, con una cabeza tan grande que había de sostenerla con una estructura de hierro que como un vestido le cercaba todo el cuerpo desde el cuello. En el Cotolengo descubrí que lo inverosímil es la normalidad, “su comida sin basura, su fuerza sin debilidad, su vida sin muerte”.

No podrás matarme.

Siempre que pienso en hacer público un texto, refiero a “Mátame si puedes”, el proceso más duradero de la Fábrica de Cine sin Autor. Cuatro años de risas nos regalamos esa colectividad de esquizofrénicos, bipolares y personas tan normales como yo, justo porque nos convertimos en productores de nuestra comedia armamentística. Las personas más estigmatizadas por su peligrosidad, desde su imaginario, ese que tanto asusta, me han permitido vivir lo más divertido que sé que viviré. Mi agradecimiento hacia todas es eterno. Mi desasosiego con una sociedad y unas instituciones que no han apostado por sostener esa colectividad de producción de ficción, no creo que se calme hasta que no lo consiga revertir, o al menos no pare de intentarlo. Entre tanto regalo, como hago ahora, nuestra web serie en cuanto puedo. Ofrezco nuestra potencia para ensanchar la vida, a la que ha de caber, lo enfermo, lo raro, la anormal. Somos eso. Y negarlo nos miniaturiza, nos enaniza. Y así estamos, infantilizados como unos niños idiotas.

Lo que más me indignó del famoso asunto titiriteros fue el uso de la infancia. Celebré de hecho extremadamente un artículo, publicado en el Estado Mental descentrando el foco de la polémica y deteniéndose en esa sociedad pacata que practica el postureo y la sobreactuación con los niños. Vivimos una sociedad que ha hecho de los niños un “objeto de ansiedad” y un nicho de mercado. Al tiempo que nos creemos la sociedad más civilizada con los y las niñas, con todos sus derechos y sus deberes reconocidos, les estamos “escamoteando su existencia”. Y así, con ese, como con otros grupos subalternos, hemos generado un registro ficcional, plagado de eufemismos para velar la realidad en lugar de designarla. Lo mismo que señala Rivera Cusicanqui que se hace con los indígenas, las locas, lo hacemos con la niñez. Y rompemos a les niñes, encarcelándoles en un mundo que les hemos autodesignado, lleno “de obediencia y negocio”. Nuestra descendencia está siendo disciplinada por las máquinas de persuasión más sofisticadas, desde Disney a Minecraft a cualquier reclamo de cualquier tienda remota, aguardan su mirada bajita, frente al último prodigio de zombilandia, monsterhighs o similares. No obstante a eso, no le tenemos miedo. Todos los coles de Madrid celebrando felizmente Halloween y metiendo en la cárcel a unos titiriteros. Bien dice Agamben que todo “comienza con el poder sobre los y las niñas”, que son los primeros en sufrir formas de gobierno. ¿Qué hacer frente a todo esto?

Tretas: de lo utópico realizable a lo histórico invivible.

Para empezar llamo a reconocer la potencia de realización de lo utópico, frente a la impotencia en que nos sume lo histórico cuando es invivible. A ver si me explico. Jesus Olmo en reacción a mi artículo anterior, compartió en mi blog, textos completamente imprescindibles que os animo a leer. Entre ellos recojo la utopía de Huxley: “La isla”. Que nuevamente solo esa sabiduría humana (de la que somos tan poco conscientes) nos llamaría a haber leído más que “1984”.

Leamos pues “La Isla”:

–¿Cuántos hogares tiene un niño palanés?
–Más o menos unos veinte, término medio.
–¿Veinte? ¡Dios mío!
–Todos pertenecemos –explicó Susila– a un CAM: un Club de Adopción Mutua. Todos los CAM están compuestos por quince a veinticinco parejas. Novios y novias recién elegidos, veteranos con niños en crecimiento, abuelos y bisabuelos … todos los miembros del club se adoptan entre sí. Aparte de nuestras propias relaciones consanguíneas, tenemos nuestra cuota de madres, padres, tíos y tías por delegación, hermanos y hermanas por delegación, hijos pequeños y adolescentes por delegación.
Will meneó la cabeza.
–Constituyen veinte familias donde antes sólo existía una.
–Pero lo que antes existía era su tipo de familia. Las veinte son todas de nuestro tipo. –Y como si leyera instrucciones de un libro de cocina, continuó–: “Tómese un esclavo asalariado sexualmente inepto, una mujer insatisfecha, dos o (si se prefiere) tres pequeños adictos a la televisión, hágase un encurtido con una mezcla de freudismo y cristianismo diluido; luego envásese herméticamente en un departamento de cuatro habitaciones y cocínese durante quince años en el jugo.” Nuestra receta es más bien distinta. “Tómese veinte parejas sexualmente satisfechas, con sus descendientes; agréguese ciencia, intuición y humorismo en cantidades iguales; embébase en budismo tántrico, y hiérvase indefinidamente en una olla abierta, al aire libre, sobre una viva llama de afecto.”
–¿Y qué surge de esa olla abierta? –preguntó él.
–Un tipo completamente distinto de familia. No excluyente, como las familias de ustedes, y no predestinada, no compulsiva: Una familia incluyente, impredestinada y voluntaria. Veinte parejas de padres y madres, ocho o nueve ex padres y madres, y cuarenta o cincuenta niños de todas las edades.

No pontifiquemos pues sobre ninguna forma de crianza. No declaremos inocente ninguna. Yo sueño y procuro habitar formas de vida que me permitan no condenar la “familia”, sino que simplemente “tienda a desaparecer” -como señala Albert Meister que sucede en “Beauborg, una utopía subterránea”. Ese inmenso lugar que se abrió bajo el Centro Pompidou, donde “hay muchos niños que nadie sabe muy bien a quien pertenecen”, donde “la característica dominante es la mezcla de edades entre los grupos”, donde “las bases del aislamiento, de la ruptura con los demás, que son los fundamentos de la acumulación y la división entre los seres humanos”, ya no opera, ni activa ninguna de sus formas de dormir, de comer, y de sexualizarse. Hasta el punto de que uno de los habitantes de Beauborg señala una forma del amor que comprendo: “me parece que este es el tipo de relación que tiende a predominar entre nosotros, una relación en la que el amor se disuelve en el todo y que se corresponde con la erotización de la vida en la que todo se vuelve amor”. Yo debo reconocer que en experiencias de vida comunitaria que he podido disfrutar (señalaría una etapa gloriosa para mí gloriosa del Patio Maravillas) eso lo he vivido. Vivir las utopías. Pues sí. Sin destarifos. Así tranquilamente.

Y es que las formas de vida han sido siempre mucho más inventadas de lo que sugiere nuestra obvia realidad presente. “No existe la inevitabilidad mientras haya disposición para contemplar lo que está sucediendo” escriben Marshall McLuhan y Quentin Fiore en “El medio es el masaje”. Allí también hacen referencia a que “El “niño” fue un invento del siglo XVII; “no existía en, digamos, la época de Shakespeare”. Desde ese reconocimiento de poder vivir como hagamos la vida con nuestros cuerpos, eso que llamamos performar, ellos claman contra lo educativo asociado a lo sombrío. Y sí, el niño, la niña sufre formas de gobierno. No se nace niño occidental, se llega a serlo. Nos dice Almudena Hernando, que esos mismos europeos que hasta finales del XIX “instalaban” personas vivas -aborígenes- en los museos (como todavía nos atrevemos a encerrar a los tigres de malasia), también tuvieron costumbre de a los niños vestirles en sus primeros años como niñas. ¿Para qué? Pues para que ser “niña” fuera un estadio que los “niños” superaban. Esa idea patriarcal del progreso que como señala McLuhan, tan estúpidamente lineales nos ha dejado, como seres humanos.

Lo que cuida la niña, la vieja y el loco.

Sutileza, pues, ingravidez y gentileza. En mi caso, he tardado mucho en darle valor a mi capacidad de apreciar belleza donde una mayoría social ve inutilidad. Por ejemplo: soy sinceramente feliz viendo a mi madre de ochenta años fregar los platos. Cierto que solo durante mes y medio al año logro dedicarme a eso. Y ya eso me ha costado una biografía en cierto modo vergonzante, que estadísticamente el SEPE presenta como “parada de larga duración”. Y es que suspenderse de actividad adulta para regodearse en las actividades de la vejez, como decisión, no “se” puede.

Habrá quien me dirá que comienza a ocupar el discurso público eso que llamamos “economía de los cuidados” y yo, sin embargo, recelo porque llamar a lo que hago en verano “cuidar” sigue siendo cuanto menos “capacitista” -que es una discriminación que sinceramente tenemos más que pendiente abordar-. A no ser que enunciemos lo que cuida, también, el niño o la vieja o el locx.

¿Estamos dispuestas a reconocer lo que nos sirve que alguien friegue aunque pueda romper toda la vajilla? ¿Dispuestas a descubrir lo que nos cuida alguien que no se sostiene el cuello? ¿O hablamos de cuidar como una relación entre un sujeto pendiente y uno, dependiente? ¿Cuidado es que yo compre la comida de mi madre, y no, que yo pueda observarla en su tambaleante lavar los platos, desde esas manos viejísimas, que evidencian las muchas destrezas que esas manos aprendieron un día jugando?

El construccionista social, W. Barnett Pearce recuerda que la vida es como una fiesta a la que hemos sido invitados pero a la que llegamos tarde. Esa notable metáfora la prosigue recordándonos la innata capacidad que tiene el ser humano de hacerse un lugar en los juegos. “A un niño no hay que enseñarle a jugar juegos”. Sabe. Y para entender el juego social señala “debemos centrarnos en el “producir” y el “hacer”.

Así pues llamo a criar aprendiendo de toda producción o hacer que conlleve esa crianza. Comprendiendo el cuidado multivalente, no jerárquico, sin priorizar capacidades o cualidades más listas o más validas que otras. Llamo también a criarnos socialmente entre todxs durante toda la vida. Comprendiendo la crianza y la vida como una agencia multiforme en que como niñas, adultos y viejas nos ponemos en juego. Erotizando una vida en la que todo se vuelve amor. Amor como el que siento viendo a mi madre fregar los platos. Como en el experimento de Minsky, pero desde las manos de una vieja, entre las que cada agencia (encontrar, ver, asir, refregar, enjuagar, soltar, apilar) es intensamente crucial. La mayoría del tiempo funciona: mi madre logra lavar la vajilla. Aunque de repente no, y caen tres vasos y un plato al suelo. Y se desperdigan en miles de muescas peligrosas para ir descalza por la cocina y hay que barrer. Por eso mi madre llevaba meses sin fregar. Quien la cuida habitualmente ya ha descartado su habilidad para hacerlo. Cuando yo solo viendo eso, pude comprender lo que nos dijo Juan Gutiérrez, a Marta y a mí, un día que le entrevistamos a propósito del programa de radio de vanguardias y retaguardias. Pensar en los cuidados le resultaba desagradable: moralista, autoritario, sostenido sobre la carencia del ser designado como no autónomo, frente al “autorizado” cuidador. Juan manifesto múltiples reparos sobre la potencia del “cuidado” -como diría B. Pearce- para “convocarnos a ser”.

“Ven, seremos”.

Aquí arriba está mi madre, Flor. Su mirada me desafía. La de Laia también. Al lado una foto que celebra que mis padres tuvieron hace años dinero para comprarse una casa. No atesoro videos, ni fotos de mi madre en esa pila. Y sin embargo, insto a recetarnos ratos de ver fregar a quien ya no dejamos fregar. Cuando friega mi madre, te pone en un vilo. Es pura poesía, evidencia todas las destrezas que ya no celebramos. Juro que las manos de mi madre fregando, piensan, porque su automatización falla; sus manos dudan, se asustan y alegran. Mirar a mi madre, detenidamente, fregar, así… Sólo recordarlo me desborda el cerebro en lágrimas que se me derraman por los ojos. ¡Pedazo de pompa de jabón! De puro regalo absolutamente imprevisto, que regala la vida que no “se” permite.

A esos tesoros me agarro, en esos veranos que tanto defiendo. No me gusta, conste, quedar tan rara. En contraste con las familias que acuden a sus segundas residencias, llevando a su lado parejas de su edad y como mucho algún descendiente, mi pandilla de octogenarios (cinco normalmente) más Laia y Deva y, como mucho, dos adultas -cuando mi hermana consigue no trabajar- generamos escenas dantescas. Recuerdo especialmente una: mi tío Manolo, olvidado de que ya no es un niño y jugando con Laia, pierde el equilibrio y se le cae encima. Los dos espatarrados en el suelo, un rato, Laia llorando, él procurando levantarse, mi madre, mi tía y mi padre, a los gritos, y a nuestro alrededor un corro de gente que me mira con desaprobación, expresándome un: así no “se” cuida.

Yo sonrió y resisto hasta que me atrinchero en el bar del jubilado del pueblo donde no manda el verano. Allí, me relajo, y puedo besar a mis viejos y charlar con las cuidadoras inmigrantes y las limpiadoras, que son la gente habitual, de mi edad, en ese bar. De hecho soy como ellas pero en trabajadora estacional, por enchufe de linaje y sin contrato. Y sí, me humilla, y también lo celebro. Escribo, no en vano, desde esa subalternidad que ya habito, de parada de larga duración, de más de cuarenta y cinco, perimenopaúsica, que sale del calor de Madrid a la costa, a costa -valga la redundancia- de cuidar a “sus viejos”. Soy ese ser incorrecto. Existo ahí, y me parece realmente un buen suelo.

Sobre él me alcé uno de esos días, cuando mi padre, como quien no quiso la cosa de repente me suelta: tú vas a pasar de apagar los fogones -que era lo que al parecer decían que hacía de niña-, a “pintar cristales”, que es lo que el dice que hacen los locos. Yo, con una dignidad que nunca antes había defendido en mí, me quedé fijamente mirándole a los ojos y le dije ¿qué me quieres decir, papá? Él, titubeó, -porque entiendo que flipe de que vivir algo tan raro nos haga finalmente tanto bien, a él incluido-, y finalmente me respondió: que loca pero no tonta, que así acabaré. Y me contó un chiste de uno al que se le estropea el coche ante un manicomio y al que un loco le enseña cómo arreglarlo. Un loco, pero que sabe arreglar un coche. De eso va el chiste.

No sé cómo acabaré. Francamente ni idea tengo. Solo aprecio que a veces lo que logro es: ser buena. Buena, pero no tonta. Es más deseo que, tras este texto, esas dos palabras queden menos reñidas. En esa tarea me atareo. Para este próximo verano, ni mi madre aguanta, juro hacer un video de mi madre fregando. Mi madre es la prueba de que Minsky tiene razón, y que es la ignorancia de las destrezas y saberes que constantemente consienten la vida, lo que hace que seamos más conscientes, de lo malo y lo difícil, que es, eso sí, infinitamente más tonto. Minsky señala que ni diez mil microdestrezas permitirían reproducir en un robot lo que supone a un niño llenar un balde de arena. “Las cosas fáciles son difíciles, lo que pasa es que en general tenemos menos conciencia de aquello que nuestra mente hace mejor”.

Ver fregar a mi madre, debería ser obligatorio. Nos haría pensar qué es lo que nos cuida. Pensar muy, muy bien, si preferimos apostar por inventar vajillas menos frágiles para las viejas o pastillas para apagarlas, porque perdieron la visión de un ojo y sufrieron un ictus. Tanto puto “ideal perdurable del yo” se pasa el día infrahumanizándonos, no consintiéndonos en una gran mayoría de las etapas y formas de la vida. Prácticamente parece solo servir ser “adulto”, modo en que tampoco podemos ser, con demasiada frecuencia, a causa de nuestros hijos, nuestras madres y/o nuestros jefes. Tontos, y malos: así nos volvemos por no cuidarnos desde el año cero hasta el cien, sin creernos mucho más que un puro estallido de pompas de jabón.

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