Maternidad no; crianza. Íntimo no; social

Asamblear las crianzas, eso llevo tiempo queriendo hacer, sin saber que era una aberración. Lo escribí anónimo en un artículo “SOStener la vida. Asamblear las crianzas” que mandé a la Pikara Magacine. También lo intenté en un curso de Nociones Comunes. Y no salió. No pudimos, así simplemente, generar un relato colectivo, las personas que allí estábamos, sobre cómo acompañamos a nuestrxs pequeñxs a crecer.

Debatir entre cuidadores principales (padres, tutores…) cómo criamos a “nuestrxs” hijxs con los y las demás es muy raro. Incluso es raro consensuar bien con diferentes agentes el cuidado de nuestras criaturas, sean estos abuelos, trabajadoras domésticas o primas lejanas. Porque si pagamos cuidado, no pactamos sus formas; quien paga manda. Y si es un sobrino quien nos ayuda, también hace lo que padre y madre marcan. De hecho, yo he descubierto una mirada esquiva ante las reacciones apocadas y casi furtivas de los y las demás sobre cómo afrontan padres y madres, la crianza de sus hijos e hijas. Definitivamente no atendemos hasta qué punto criamos a nuestrxs descendencias en sociedad.

Maternar, es privado, familiar, íntimo porque así lo ejecutamos.  ¿Qué opera para que eso sea así?.  Pues una creencia que, como dice Judith Rich Harris es una cosa difícil de cuestionar porque no requiere ser probada. Y esa creencia dice que los padres y las madres son las responsables de su descendencia. Si algo sale mal será su culpa.  Y claro pienso, como para andar asambleando la culpa estamos.

Tendríamos que reconocernos como alcohólicos anónimos de una sociedad que reconociéramos “enfermante”. Tendríamos, también, que convencernos de que quizá esa creencia (que nos hace únicos responsables de nuestra descendencia) y la verdad, no sean la misma cosa.

Judith Harris, en “El mito de la educación” tira del cuento popularísimo de Cenicienta para afirmar justo lo contrario. Que la “familia nuclear” no te puede joder la vida. Incluso en el caso de Cenicienta, por muy cenicienta que fuera su cara  en su hogar, en el palacio todo el mundo la vio como puro oro resplandeciente. Cenicienta, dice Harris, es el relato de la sabiduría popular que desafía las creencias que SE (como dice Tiqqun) nos quieren imponer.

Aunque más que convencer a nadie sobre si padre y madre son, o no son, determinantes en el futuro de sus criaturas, mi propuesta es que queramos y posibilitemos que la sociedad acoja, cuide, atienda y sea atendida por la infancia, de manera diferente.

Las normas lo son porque las seguimos masivamente, si no las seguimos dejan de serlo. Y por eso propongo hacer de la crianza una oportunidad para cambiar la sociedad, para defenderla, para recrearla. Desde la materialidad de nuestras crianzas desafiemos a la sociedad a repensar el lugar de niños y niñas.

Así para empezar he recordado estos programas del Estado Mental Radio. El primero leímos un poema de un amigo de Antonio Bolos Marquez que seguía un texto mío que terminaba diciendo “nos hacemos falta”, que es mi verdad más constituyente. Es cierto, no lo puedo evitar, en cuando siento a cualquiera a mi lado, lo pienso, cuánto nos podríamos servirnos seguro para vivir mejor. Y cuánto nos derrochamos me digo, y me lastimo, porque el derroche, lo estamos pagando.

Dejo aquí este poema…

“Nos hacemos falta… Falta, falta, falta…
Falta tu falta; faltas, nos haces falta tú, tu falda en retaguardia, un abrigo, la bufanda, tu sostén. (S.O.Stén). Ser tú, ella, él… El eco de la voz, la canción rota del final, cuerpo de guardia que canta y canta, vocea, mas falta tu voz recortada, grita la tarde por poniente y se levanta, no descansas…
Alguien dejó escrito: Retaguardia, dijo que, éso, son las últimas tropas que marchan. Cuerpo postrer.
En marcha. Nosotras somos la voz rezagada. Personas que trabajan y no trabajan. Mercancía. Gente de paz, desconocida, explotada, en guardia. Guardas. Guardianas.
Somos las manos desnudas, tu pecho, la voz, o palabra alienada. Eco, eco, ¡eh!…
Pesamos tan poco, tan poco pensamos que tu silencio nos construye. Y estamos ahí, pasamos todo el día cuidándoos, seguimos en el antes y el después. De guardia, retando, hablando, cosiendo, construyendo, trabajando sin trabajo. Amamantamos tu sueño, nuestro descanso postergado, pues tampoco tememos tu ausencia ya que por lejos que te encuentres tu vacío, el espacio que no ocupas, nos rodea. Eres tan nada que tu suelo sujeta”.

PD: Busco, pues, personas que quieran asamblear sus crianzas. Eso es contarnos y registrar del modo que queramos un relato colectivo sobre cómo criamos hoy. Para qué, pues para interpelar a la sociedad como responsable también, como parte fundamental en la vida de nuestras generaciones futuras. Busco que ese relato salga de criadores primarios, secundarios, terciarios, institucionales… Y sobre todo, pido que hagamos el inmenso ejercicio de imaginarnos qué hacer para que la infancia no esté tan desperdiciada. Escribidme a evafer70@gmail.com

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6 comentarios en “Maternidad no; crianza. Íntimo no; social

  1. Eva, acabo de leer tu texto y me parece una auténtica maravilla. Justo estaba acabando uno que va en la misma dirección, aunque el tuyo me parece mucho más vital, hermosos y apasionado.

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  2. De la novela “La isla”, de Aldous Huxley:

    –¿Cuántos hogares tiene un niño palanés?
    –Más o menos unos veinte, término medio.
    –¿Veinte? ¡Dios mío!
    –Todos pertenecemos –explicó Susila– a un CAM: un Club de Adopción Mutua. Todos los CAM están compuestos por quince a veinticinco parejas. Novios y novias recién elegidos, veteranos con niños en crecimiento, abuelos y bisabuelos … todos los miembros del club se adoptan entre sí. Aparte de nuestras propias relaciones consanguíneas, tenemos nuestra cuota de madres, padres, tíos y tías por delegación, hermanos y hermanas por delegación, hijos pequeños y adolescentes por delegación.
    Will meneó la cabeza.
    –Constituyen veinte familias donde antes sólo existía una.
    –Pero lo que antes existía era su tipo de familia. Las veinte son todas de nuestro tipo. –Y como si leyera instrucciones de un libro de cocina, continuó–: “Tómese un esclavo asalariado sexualmente inepto, una mujer insatisfecha, dos o (si se prefiere) tres pequeños adictos a la televisión, hágase un encurtido con una mezcla de freudismo y cristianismo diluido; luego envásese herméticamente en un departamento de cuatro habitaciones y cocínese durante quince años en el jugo.” Nuestra receta es más bien distinta. “Tómese veinte parejas sexualmente satisfechas, con sus descendientes; agréguese ciencia, intuición y humorismo en cantidades iguales; embébase en budismo tántrico, y hiérvase indefinidamente en una olla abierta, al aire libre, sobre una viva llama de afecto.”
    –¿Y qué surge de esa olla abierta? –preguntó él.
    –Un tipo completamente distinto de familia. No excluyente, como las familias de ustedes, y no predestinada, no compulsiva: Una familia incluyente, impredestinada y voluntaria. Veinte parejas de padres y madres, ocho o nueve ex padres y madres, y cuarenta o cincuenta niños de todas las edades.
    –¿La gente se queda toda la vida en el mismo club de adopción?
    –Por supuesto que no. Los niños crecidos no adoptan sus propios padres o sus propios hermanos. Adoptan otro grupo de mayores, un diferente grupo de pares y dé menores. Y los miembros del club los adoptan a ellos y, a su debido tiempo, a los hijos de ellos. La hibridación de microcultivos: así llaman nuestros sociólogos a ese proceso. Es benéfico, en su nivel, como la hibridación de las diferentes cepas de maíz o gallinas. Se producen relaciones más saludables en grupos más responsables, simpatías más amplias y comprensiones más profundas. Y las simpatías y las comprensiones son para todos los integrantes de los CAM, desde los niños pequeños hasta los centenarios.
    –¿Centenarios? ¿Cuál es el promedio de vida de ustedes?
    –Uno o dos años más que el de ustedes –replicó ella–. El diez por ciento de nosotros llegamos a más de sesenta y cinco años. Los ancianos reciben pensiones, si no pueden ganarse la vida. Pero es evidente que las pensiones no bastan. Necesitan hacer algo útil y estimulante; necesitan personas a quienes puedan cuidar y que las quieran a su vez. Los CAM llenan esas necesidades.
    –Todo esto –declaró Will– se parece sospechosamente a la propaganda de una de las nuevas comunas chinas.
    –Nada –le aseguró ella– podría parecerse menos a una comuna que un CAM. Un CAM no es dirigido por el gobierno, sino por sus miembros. Y no somos militaristas. No nos interesa crear buenos miembros del partido; sólo nos interesa crear buenos seres humanos. No inculcamos dogmas. Y por último, no alejamos a los niños de sus padres; por el contrario, les concedemos otros padres, y a los padres otros hijos. Eso significa que incluso en el cuarto de los niños gozamos de cierto grado de libertad; y nuestra libertad aumenta a medida que crecemos, y podemos encarar una gama más amplia de experiencias y adoptar mayores responsabilidades.

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